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El secreto del Monte Kent

La Batalla del Monte Kent en Malvinas dejó algo argentino de vida entre tanta muerte. Que ni los ingleses ni los kelpers podrán ni querrán sacar.

Historias de gente
Brote

Con sus laderas bajas y escarpadas el Monte Kent tiene, por su ubicación, un gran valor estratégico. Su cara nordeste domina la capital del archipiélago. La oeste le corta el paso al único camino que une San Carlos con Puerto Argentino. Y desde el lado sur, su ladera que finaliza en Darwing, desciende hasta convertirse en una enorme planicie. De muy rala vegetación, con montículos de piedra que sobresalen aquí y allá. Como trozos de chocolate blanco en un postre de dulce de leche y menta.

Apenas pusimos pie en Malvinas, el General Menéndez le ordenó a mi coronel y este al capitán de mi compañía, tomar el monte. Armar una base de operaciones, y defenderla “cueste lo que cueste”.

El suelo era duro y pedregoso, y cavar el vivac nos demandó varios días. Las raciones de comida y los pertrechos llegaban desde Puerto Argentino, pero con el sobrevuelo de los Sea Harriers ingleses empezaron a saltearse y tuvimos que pasar hasta tres días a mate cocido de yerba vieja.

El capitán mandó al ranchero y a dos soldados a que bajaran a la capital, buscaran el pañol de cocina y consiguieran unos cacharros y algo de alimento.

Todos los días inteligencia militar cambiaba de opinión con respecto al desembarco inglés. Y por eso varias veces tuvimos que levantar el campamento y volverlo a armar en otra ladera. Me conozco el Monte Kent de memoria.

Una noche habíamos terminado de cavar las trincheras en la cara sur. Y mientras cenábamos sentados en el piso espalda con espalda semienterrados en el barro, el cabo vino a avisarnos que nos preparáramos para movilizarnos. Aparentemente el desembarco sería en San Carlos y teníamos que movernos al oeste.

El soldado ranchero era un santiagueño enorme, franco y apacible. Nunca tenía quejas ni reclamos, pero con tantas idas y vueltas ese día pidió ayuda. "Ustedes solo llevan el Fal, dos cargadores y se quejan. Yo ando de aquí para allá con las cacerolas y la comida." Y sin decir nada más, cavó un gran pozo, tiró adentro las cacerolas, el cucharón, la parrilla, las papas y el arroz. Solo dejó afuera las pocas latas de viandada que aún no se habían consumido. Tapó todo con tierra y le puso encima una gran piedra blanca y junto a ella clavó un grueso palo de espinillo. Mientras se ponía el casco y se colgaba el fusil, me miró tranquilo, levantó los hombros y me dijo: "Hasta un santiagueño se cansa de tanto ir y venir... Lo dejo todo acá y mañana cuando volvemos me ahorré un viaje."

El primero de mayo

Los ingleses amanecieron tirándonos con todo para ablandar nuestras defensas y quitarnos reacción. Mientras ellos desembarcaban en San Carlos y armaban la cabeza de playa.

Fueron tres días que el cañoneo y la metralla no nos dejó sacar la cabeza de las trincheras. Con ese ataque era imposible que llegara el aprovisionamiento y ya hasta la yerba vieja se había acabado. Tres días de tener la boca seca por la falta de agua, pero más aún por el espanto de las explosiones. El ruido de las bombas nos hacía temblar todo el cuerpo. Y el estómago vacío parecía ser de piedra, que en cualquier momento podría rajarse. Aprendimos por el zumbido de las bombas a adivinar cuando caerían cerca y cuando no. Pero estábamos tan débiles y duros de frío que apenas podíamos movernos. Éramos soldados inutilizados por el hambre y el frío. Lentos y aterrados habíamos perdido toda posibilidad de defensa. La mitad de la compañía quedó allí, conscriptos, ajenos a la tarea de matar.

Al cuarto día, el capitán ordenó que nos replegáramos hacia la cara sur del Monte Kent. A cortarle el paso a tropas enemigas que venían desde Darwing.

Apenas llegamos a lo que quedaba del antiguo campamento, el santiagueño desesperado por el hambre y la culpa agarró una pala y se puso a buscar la comida enterrada. Pero con el bombardeo y la nevada todo había cambiado. Estaba como loco, ya había cavado media ladera cuando el cabo dio la orden de juntar las cosas y replegarnos a Puerto Argentino. Teníamos que prepararnos para la embestida final.

Dejamos tirado todo el armamento pesado. Las pocas fuerzas que nos quedaban eran necesarias para caminar. Abandonábamos el Monte Kent sin haber disparado un solo tiro.

Mientras bajábamos me llamó la atención un ramillete de flores blancas que se destacaban contra el árido suelo malvinense, lo miré de reojo al santiagueño, le señalé el lugar e hice fuerza para sonreír.

"Che santiagueño, no busques más; ahí tenés tu bolsa de papas."


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Fecha de Publicación: 01/05/2020

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Comentarios


Por: Bob 01 mayo, 2020

Excelente y conmovedora! LAs Malvinas son nuestras y es un orgullo como combatieron nuestros heroes

Por: Bruno Acosta 01 mayo, 2020

En respuesta a Bob

Marce que buen relato, gracias por compartirlo.

Por: Andrés Robles 01 mayo, 2020

Muy emotivo y descriptivo! Uno se puede sumergir en tu relato y casi verlo! Me encantó lo de "hasta tres días a mate cocido de yerba vieja" Gran abrazo Marce!

Por: Kique 06 mayo, 2020

En respuesta a Andrés Robles

Marce, gracias por mostrar que las guerras no tienen sentido ni la razon de ser. Fuerte abraso

Por: patricia 01 mayo, 2020

Qué buena historia Marcelo!! Muy emocionante. Te felicito.

Por: Cristina 01 mayo, 2020

Marce, que buen relato, muy descriptivo, me emociono la descripción del ramillete de "flores blancas" siempre hay lugar para una sonrisa. Te felicito!!!!!!

Por: Lupe 01 mayo, 2020

En respuesta a Cristina

Linda historia!!! me sacaste una sonrisa.

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