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Ya venog. Voy al chino

El voy al chino es parte de nuestra vida y es un factor fundamental en nuestras rutinas de compras. Está ahí. Cerca, en todo sentido.

Así somos
Ya vengo. Voy al chino

Cada vez que voy al chino noto que, gradualmente, las sonrisas y los saludos alegres van aumentando. Lo que antes era un “hola”, seco y de pura cortesía, hoy es un “¿cómo estás?” sincero y feliz. Ayer fui a comprar algo que me hacía falta, como casi todos los días, y la china de mi cuadra se superó en simpatía. Desde la caja, mientras atendía a otros clientes, gritó un “¡Hola, amiga!” porque me reconoció, reconoció que yo era esa persona que pasaba por ahí después del trabajo o de camino a algún evento social prácticamente todos los días. Sentí tan franca la actitud de la china que me sacó una sonrisa enorme. 

Porque en un mundo de caras largas, qué mejor manera de empezar el día que una mirada simpática. Es sorprendente cómo una buena actitud de otro puede torcer el tiempo para mejor. Sobre todo cuando tenemos esas jornadas en las que sentimos que todo nos sale mal, que nos despertamos con el pie izquierdo, que no cumplimos con los objetivos. El diferencial que puede generar un "¡Hola, amiga!" es realmente poderoso. 

El supermercado chino, el mercado chino, el súper chino: el chino. Más fácil. Ya nadie necesita que le aclaren cuando con un gentilicio se define toda una actividad comercial. El chino es parte de nuestra vida y es un factor fundamental en nuestras rutinas de compras. Es la pasadita que hacemos de camino al subte, al colectivo o a la oficina. Los negocios suelen tener un tamaño ideal, pocas góndolas pero completas, que hace que rápidamente encontremos todo lo que necesitamos. 

Si me olvidé de comprar algo, voy al chino. Si me da antojo de panqueques un domingo a las seis de la tarde. O si estoy cocinando y me doy cuenta de que me falta un ingrediente. ¿Fiambre para una picada? Voy al chino. ¿Bebida porque recibo a un invitado inesperado? Voy al chino. Estoy en la situación incómoda de quedarme sin algo fundamental como el papel higiénico. Claro:  voy al chino. 

Es que el chino abre más horas, más días a la semana y, en general, es la opción que queda más cerca. Siempre atienden rápidamente, por lo cual queda descartado el tedio de malgastar el tiempo haciendo filas. No se sabe cómo, suelen  rebuscárselas para que la compra sea un trámite rápido y efectivo, garantizando un dinamismo muy importante para los tiempos que corren. Además, suelen tener todos los medios de pago, tarjetas, aplicaciones, efectivo, lo que hace que ni siquiera tengamos el desafío de buscar un cajero automático para hacer las compras. Y ni hablar que siempre cuentan con alguna bolsa salvadora cuando nos olvidamos en casa la bolsa de tela. Y cuando solemos ir al mismo casi a diario, hasta te "fían" alguna mercadería si solo saliste con el efectivo justo y no alcanzaste a cubrir toda la compra (porque, digamos todo, los chinos no están excentos al alcance de la inflación de nuestra economía).

Pero, así como nosotros los adoptamos y a todo lo que viene dentro, paralelamente, los chinos nos adoptaron a nosotros, claro que sí. Lejos quedaron los que simulaban no entender nuestro idioma y cambiaban el vuelto por caramelos. Poco a poco, esos inmigrantes de tierras tan lejanas y costumbres tan distintas fueron creando vínculos. Aprendieron las palabras necesarias. Se relajaron en nuestras costumbres. Dicho de otra forma, se fueron argentinizando. Fueron haciéndose amigos del contacto humano que necesitamos en estos pagos, de los gritos para hablar, de la necesidad  de saludo de llega y de salida. Fueron entendiendo que son bienvenidos y que nos necesitamos mutuamente. 

Fecha de Publicación: 19/04/2018

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