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Ir a la secciónBuenos Aires - - Jueves 20 De Agosto
Algunos los llaman trabajadores golondrina: es que solo aparecen en temporada de cosecha, emulando a esas aves, que hacen estancia de paso, según el clima y las disponibilidades de alimentos. Los cosechadores dejan familia, estudios, otros trabajos y pertenencias para instalarse en la viña y aportar algo más, desde lo económico, al seno familiar.
El trabajo comienza con el mes de febrero. Se presentan en una viña con una gorra, un par de tijeras y un tacho. Son 8 horas a pleno sol. Los cosechadores parten con el tacho al hombro, se inmiscuyen entre las vides. Deben ser ágiles y rápidos para llenar el tacho con las uvas, lo más rápido posible. Al cabo de algunos minutos la tarea está realizada. Entonces desandan su camino y llegan al camión. Allí descargan la fruta, reciben una ficha de la persona conocida como “fichero”. La guardan en el bolsillo, y a llenar otro tacho. Es cíclico. Al cabo de la jornada, intercambiarán cada ficha por el valor que se ha pactado de antemano. Eso se repita varias veces al día, todos los días desde principios de febrero hasta finales de marzo.
Sin embargo, detrás de los cosechadores están sus historias particulares. Son personas de cualquier edad y género, la actividad no distingue en ese sentido. A veces, familias enteras se trasladan a alguna zona en particular para trabajar la finca. Algunos dejan sus estudios y el inicio de cursado para poder sacar algún rédito económico. Otros llegan solos, dejando a su familia y condenándose al ostracismo de una sociedad que no les da más trabajo que la precariedad de la construcción.
Son los artistas que mueven los hilos de la gran marioneta que es la Vendimia. Toda una fiesta, espectacular y magnífica. No obstante, detrás de toda esa parafernalia están los cosechadores, que generan el primer eslabón de la gran cadena de comercialización que es el vino, dejándose solo migajas de ese pan de campo que tendrá precio de exportación y enriquecerá a los bodegueros.
Fecha de Publicación: 09/03/2020
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