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El Reposo del Guerrero de la Patria. San Martín y sus últimos años

Documentos y voces olvidadas para un anciano San Martín, uno lleno de vida y alejado del luchador vencido, ése que nos enseñaron en la escuela ¿Memorias aparecidas en un diario francés?

Historia
San Martin ultimos años

El señor de San Martín era un hombre mayor de noble aspecto, de una alta estatura que ni la edad, ni las fatigas, ni los dolores físicos habían podido doblegar. Sus rasgos eran expresivos y simpáticos; su mirada penetrante y viva; sus modales llenos de afabilidad; su instrucción, una de las más extendidas; sabía y hablaba con igual facilidad el francés, el inglés y el italiano, y había leído todo lo que se puede leer. Su conversación fácilmente jovial era una de las más atractivas que se podían escuchar. Su benevolencia no tenía límites. Tenía por el obrero una verdadera simpatía; pero lo quería laborioso y sobrio; y jamás hombre alguno hizo menos concesiones que él a esa popularidad despreciable que se vuelve aduladora de los vicios de los pueblos. ¡A todos decía la verdad! Su experiencia con las cosas y con los hombres daba a sus opiniones una gran autoridad pero también sabía tener tolerancia", impreso con la firma de Adolph Gérard, en el número 121 del periódico L´Imparcial de Boulogne Sur Mer, del 22 de agosto de 1850. Habían pasado pocos días del Paso a la Inmortalidad de San Martín, el 17 de agosto, y se publicaba del Gran Capitán lo más cercano a unas memorias, que se resistía a escribir pese a los pedidos de amigos, Tomás Guido, o visitantes ilustres, Juan Bautista Alberdi. Prefería la compañía de sus familia, o los trabajos de carpintería, o la huerta, hasta que la salud lo permitió "Mi juventud fue sacrificada al servicio de los españoles, mi edad media al de la Patria, creo que me he ganado mi vejez", repetía mate en mano en la campiña francesa, que en vez de yerba salía con café o té. Feliz y activo, no con la tristeza ni la pasividad de manual, y siempre dispuesto a levantar el sable por América, porque “en el último rincón de la tierra en que me halle estaré pronto a luchar por la libertad”.

Analizando esta pieza fundamental del pensamiento sanmartiniano, oculta a la vista de todos en una publicación local contemporánea, y con la firma de la “mano ajena que me auxilia”, es decir el joven abogado, periodista y bibliotecario Gérard, quien le alquilaba el segundo piso de la propiedad del 105 de la Grand Rue desde enero de 1849, queda patente el motivo. Con la seguridad de que es una traslación de las palabras del Libertador, una suerte de -repetimos- verdaderas memorias, en varios pasajes desmiente, refuta o confirma las toneladas de investigaciones, artículos y discusiones sobre el prócer. Esa “sucia chismografía” que tanto aborrecía. Existen significativos pasajes en donde taxativamente surgen las conexiones del laureado oficial realista San Martín con los ingleses, hijos de una Corona que deseaban sublevar América en sus guerras coloniales con España, o el pensamiento político del Campeón de Los Andes, ni monárquico ni republicano, sino pragmático en las coyunturas y las identidades de los pueblos, pese a que se definía liberal, o sea contrario a los absolutismos o dogmatismos, sean terrenales o religiosos,  “Partidario exaltado de la independencia de las naciones, sobre las formas propiamente dichas de gobierno no tenía ninguna idea sistemática. Recomendaba sin cesar, al contrario, el respeto de las tradiciones y de las costumbres, y no concebía nada menos culpable que esas impaciencias de reformadores que, so pretexto de corregir los abusos, trastornan en un día el estado político y religioso de su país: 'Todo progreso, decía, es hijo del tiempo'. (…) Con cada año que pasa, con cada perturbación que padece, la América se acerca más aún a esas ideas que eran el fondo de su política: la libertad es el más preciado de los bienes, pero no hay que prodigarla a los pueblos nuevos. La libertad debe estar en relación con la civilización. ¿No la iguala? Es la esclavitud. ¿La supera? Es la anarquía", reflexionaba el texto en sintonía a su apoyo a Juan Manuel de Rosas, a quien veía además de un patriota que defendía su Patria de las invasiones extranjeras de Francia e Inglaterra, el único hacia 1850 que podía contener las guerras civiles, y organizar legalmente a la Confederación, sin dejar claro de repudiar los excesos y los asesinatos de la Mazorca. Otro motivo del silencio de este documento para la triunfante Generación del Ochenta.
También porque confiere entidad a la famosa "carta de Lafond", referida al encuentro de Guayaquil entre Bolívar y San Martín del 27 de julio de 1822, y negada sistemáticamente por la historiografía oficial, debido a que la explica, y así desarma el supuesto misterio y las confabulaciones, “una carta mantenida secreta hasta estos últimos años, y que es como un testamento político (…): 'He convocado, le decía, para el 20 de septiembre -de 1822-, el primer congreso del Perú; al día siguiente de su instalación, me embarcaré para Chile, con la certeza de que mi presencia es el único obstáculo que le impide venir al Perú con el ejército que usted comanda… No dudo de que después de mi partida el gobierno que se establecerá reclamará vuestra activa cooperación, y pienso que usted no se negará a una tan justa demanda'", transcribía Gérard, y acotando que había hecho los esfuerzos necesarios para acoplarse al paso arrollador del venezolano, y que la “vanidad” de Bolívar había frustrado la unidad de los Libertadores. Y de toda América.

 San Martín

Lejos de su tierra mendocina, al servicio de la Patria, el amor de las nietas

“Paso, en la opinión de estas gentes, por un verdadero cuáquero; no veo ni trato a persona viviente; vivo en una casa a tres cuadras de la ciudad. Ocupo mis mañanas en la cultura de un pequeño jardín y en mi pequeño taller de carpintería; por la tarde salgo de paseo, y en las noches, leo algunos libros y papeles públicos; he aquí mi vida. Usted dirá que soy feliz; sí, mi amigo, verdaderamente lo soy. A pesar de esto, ¿creerá usted si le aseguro que mi alma encuentra un vacío que existe en la misma felicidad? Y, ¿sabe usted cuál es? El no estar en Mendoza. Prefiero la vida que hacía en mi chacra a todas las ventajas que presenta la culta Europa” le escribía a su compadre Guido desde la tranquilidad de Grand Bourg, extrañando su pequeña hacienda que había dejado de dar dividendos, al igual que el alquiler de una casa cedida por el gobierno de Buenos Aires, por la razón de la continúa depreciación del peso argentino. Luego de algunos años de zozobra en Europa, tampoco pagaban las pensiones y sueldos por su grado militar Chile, Perú y Argentina, San Martín, y su familia de Mercedes y Mariano Balcarce, consiguieron estabilidad con la ayuda del hombre más rico de Francia, y viejo conocido del correntino, el español Alejandro María Aguado. El General se dedicaba a caminar tranquilo por los suburbios de París, en donde compró un departamento en la calle Saint-Georges, con el pago de los sueldos atrasados por gestión de Rosas y su cuñado Manuel Escalada, y a la lectura de los clásicos de la Ilustración, Rousseau y Voltaire los preferidos, y ejecutaba muy bien la guitarra, una destreza que había iniciado en su juventud.

“Tenía delirio por sus nietitas - María Mercedes y Josefa Dominga (Pepita)-, cuya única maestra era su madre Mercedes…que se preocupaba en que no perdieran la lengua argentina”, comentaba Florencio Varela, y valida la siguiente anécdota de un abuelo muy presente, que solía jugar con las niñas revoleando el bastón, calzado de un bicornio de papel en la cabeza, “el General San Martín siente que sus nietas lloran, le pregunta a Mercedes su hija “¿Por qué lloran las nenas?” – dice Carlos Miguel Gómez, suboficial del Ejército que custodia el hogar del prócer en Francia, en la revista Noticias-  y Mercedes le dice que habían sacado para jugar la medalla de la Batalla de Bailén -uno de las distinciones que más atesoraba, otorgada por el Rey de España en 1808-, y que ella se la quitó para guardarla, por eso las nenas lloran. El General San Martín le dice que “si esa medalla no sirve para calmar el llanto de sus nietas tiene muy poco valor, y que se la dé para que jueguen”, en tiempos que el Rey Luis Felipe de Orléans,  solicitó conocer personalmente al famoso general José Francisco de San Martín, estrechar su mano, y expresarle su "admiración por vuestra labor en la liberación de América"

“En sus últimos tiempos, en ocasión de los asuntos del Plata [el bloqueo anglo-francés del Río de la Plata en tiempos de Rosas, en los cuarenta del siglo XIX], nuestro Gobierno se apoyó en su opinión para aconsejar la prudencia y la moderación en nuestras relaciones con Buenos Aires; y una carta suya, leída en la tribuna por nuestro Ministro de Asuntos Extranjeros, contribuyó mucho a calmar en la Asamblea nacional los ardores bélicos que el éxito no habría coronado sino al precio de sacrificios que no debemos hacer por una causa tan débil como la que se debatía en las aguas del Plata" aparece en otro fragmento del artículo de Gérard, alejándose de la concepción del oscuro silencio del exilio, que si bien podía trocar en melancolía por un terruño al cual siempre deseó regresar, no arrojan la postal de un inactivo anciano. Todo lo contrario. En Gran Bourg y París,  San Martín frecuenta los altos círculos sociales, algo que explica cómo pudo influenciar a la asamblea francesa y la valía de su palabra por los laureles de estadista, y su residencia, en palabras de Sarmiento, era paso obligado de los compatriotas de la Patria Grande que querían acercarse, rendidos a la leyenda, “el monumento que los americanos solicitan ver allí es un anciano de elevada estatura, facciones prominentes y caracterizadas, mirar penetrante y vivo,  en despecho de los años y maneras francas y afables”, cerraba el sanjuanino en 1846 su semblanza . San Martín hacía pocos meses había sido dado por muerto en Italia, por su mucamo, tras un nuevo ataque de epilepsia, y  fue salvado por Gervasio Antonio de Posadas, nieto del director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata en 1814, y futuro funcionario de los presidentes Mitre y Sarmiento.

San  artin firma

Los últimos años del Criollo Más Grande del Nuevo Mundo

El mecenas Aguado falleció por un accidente cerebro-vascular mientras visitaba sus minas de carbón, Bernardo O'Higgins, su viejo hermano de armas, moría en el exilio, y Pueyrredón, camarada masónico y clave en sus campañas emancipadoras, y que estaba junto a él en Italia cuando casi fallece, dará el último aliento en San Isidro, el 13 de marzo de 1850. San Martín con más de setenta años era de los pocos héroes de la Indepedencia vivos -recordemos que de sus mil quinientos granaderos, formados desde 1813, menos de 200 regresaron a Buenos Aires en 1824, libertadores de un Continente. Durante 1849 la ya endeble salud del Criollo Más Grande del Nuevo Mundo cayó en picada; a la operación fallida de cataratas, se agregó un nuevo contagio del cólera, que ya había sufrido en 1832, lo que agravó aún más sus crónicas dolencias gástricas. La pérdida parcial de la visión le impedía realizar una de sus pasiones, la lectura, a la que recurría a su amigo Gérard, o la hija Mercedes, quien una nublada mañana del 17 de agosto de 1850 procedió a la habitual lectura de diarios, con énfasis en las pocas noticias de lo que pasaba en su querida Argentina. Finalizado el almuerzo sintió unos fuertes dolores en el estómago, y se recostó, falleciendo a las tres de la tarde en compañía de su hija, su yerno, el doctor Jordán, médico personal, y el encargado de negocios de Chile en Francia, Francisco Javier Rosales.

“Siguiendo sus deseos, sus restos mortales serán transportados América para descansar cerca de lo de su mujer”, algo que recién se cumpliría en 1880, en gestiones del presidente Avellaneda y Sarmiento,  y que no se cumpliría ya que José descansa en la Catedral y Remedios en el Cementerio de la Recoleta, “embalsamado y colocado en una cuádruple ataúd – dos de plomo, una de abeto y uno de roble- con autorización del intendente de la ciudad y gracias al permiso de Abad Haffreingue, su cuerpo fue provisoriamente depositado en una de las capillas subterráneas de la iglesia de Notre Dame de Boulogne -otra cosa que hubiese disgutado al General, férreo anticlerical, que yace sin embargo en la Catedral Metropolitana- sus restos así quedarán, hasta el momento su traslado a Buenos Aires, donde le esperan los honores debidos a su mérito y a la importancia los servicios por el rendidos a la Patria”, remataría Gérard, sin saber que la figura enorme del por entonces poco conocido en el mundo, San Martín, iba treinta años después a detener unos días una nueva guerra civil en Argentina, previa a la federalización de Buenos Aires. La casa de Grand Rue sería adquirida en abril de 1936 por la República Argentina y frente, a metros de la casa, en la playa, se encuentra emplazada la estatua del Gral. San Martín, inaugurada el 24 de octubre de 1909, y que los boloñeses la bautizaron  “la estatua milagrosa” Durante la Segunda Guerra Mundial todo el puerto de Boulogne Sur Mer quedó destruido, base de los alemanes, y  “lo único que quedó en pie fue la estatua de San Martín” Las últimas palabras que se recuerdan de Libertador las dijo en francés, en los brazos de la mendocina Mercedes, C'est l'orage qui mène au port, “Es la tormenta que lleva al puerto" Como diría su Lancero, Tomás Guido, en el recinto del Congreso Nacional de 1857, cuando todavía San Martín era vapuleado por la “sucia chismografía”, que aún persiste en la crítica dañina, que masón, que rosista, que indio, que hijo natural, “demos ejemplo de que sabemos venerar el recuerdo de los padres de la República Argentina”, y argumentando el pedido de un monumento, “¿Tendré por ventura, para fundar mi proyecto, que numerar los timbres de aquel insigne Guerrero?” ¿Tendremos?

 

Fuentes: González Arrili, B. Historia Argentina. Buenos Aires: Nobis. 1964; Capdevila, A. San Martín, el pensamiento vivo. Buenos Aires: Losada, 1950; Buseniche, J. L. San Martín Vivo. Buenos Aires: Eudeba. 1963; Gerard, A. San Martín, J. Bartolomé, G. Memorias de José de San Martín. Basado en lo relatado por el Libertador en Boulogne Sur Mer. Buenos Aires: Ediciones Históricas. 2018.

Imégenes: Cultura.gob

Fecha de Publicación: 17/08/2021

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