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San Martín y Rosas: una amistad de americanos

La polémica sobre Rosas oscurece tanto el Combate de la Vuelta de Obligado, como el vital apoyo del Libertador, en un conflicto crucial para Latinoamérica.

Historia
San Martín y Rosas

1838 no era un año particularmente bueno para José de San Martín, que había visto recrudecer su deteriorada salud en Grand Bourg, a seis leguas de París. La compañía alivia sus dolores, su querida hija Mercedes, el cuñado Mariano Balcarce,  las nietas y las visitas de amigos sudamericanos como Miguel de la Barra o el mismo Rey Luis Felipe, que en una oportunidad afirmó, “tengo el vivísimo placer de estrechar la diestra de un héroe como vos; general San Martín…me congratulo que seáis huésped de la Francia y que en este país libre encontraréis el reposo de tantos laureles”, en un gesto de relevancia para la trama posterior, y que explica la estatura de San Martín en Europa.  

1838 tampoco era un año bueno para Juan Manuel de Rosas. Rodeado por enemigos internos, los unitarios y sus propios antiguos aliados estancieros, más la intromisión francesa en Uruguay, asuntos hogareños concitan sus preocupaciones. Su Evita, Encarnación Ezcurra, la revolucionaria del 33, la jefa espiritual de la Mazorca, está moribunda. La alegría de la reciente mudanza a la quinta de Palermo de San Benito resulta opacada por la agonía de su amada esposa “Esa santa era la esencia de la virtud sublime y el valor sin ejemplo…no se ha quejado durante la enfermedad. Su cadáver parece santificado” escribe Rosas a la viuda del caudillo Estanislao López “El hombre recio, el gaucho viril, cierra la puerta para que no lo vean llorar” comenta su biógrafo Manuel Gálvez, y el pueblo elije usar el cintillo federal en señal de luto.  

Y mientras en Montevideo Alberdi pide que se use la escarapela tricolor francesa, y que se invada el suelo argentino para derrocar al “monstruo de Rosas”, tras la ocupación a la isla Martín García en octubre de 1838, el Padre de la Patria, el General San Martín,  escribía diciéndole al Restaurador de las Leyes que si hay guerra “yo sé lo que mi deber me impone”. El genial estratega americano de sesenta años se presta bajo las órdenes de Rosas, “si usted me cree de alguna utilidad…tres días después de haberlas recibido me pondré en marcha para servir a mi patria honradamente en cualquier clase que se me destine”, lo que provoca una sensación  de alegría “incontenible en Rosas…lleva la carta con orgullo entre sus manos en todo momento” El gobernador de Buenos Aires excusa al Libertador de semejante esfuerzo y afirma que sería una lástima que retorne a la Patria por temor a una guerra que “no sucederá”, sabiendo todo lo contrario pero evitando un duro trance al Criollo Más Grande del Nuevo Mundo.  

Unos meses más tarde, en momentos en que Rosas hábil negocia diplomáticamente con los franceses, y endurece las represalias en el Confederación a los opositores, San Martín enviaba a otra carta, “lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido, se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor a la que sufríamos en tiempos de la dominación española. Una felonía tal, ni el sepulcro puede hacer desaparecer” Alberdi huiría disfrazado de soldado francés, y amparado por Garibaldi en 1843,  ante el sitio del aliado de Rosas, Manuel Oribe, sobre un Montevideo mayoritariamente con franceses y argentinos, “dejé el fusil…y elegí atacar a Rosas en todo el mundo” redactaba el tucumano en la comodidad parisina.  Para Sarmiento, Alberdi, el inspirador de la Constitución Nacional,  será “el primer desertor de la causa argentina”

Rosas y San Martín en sintonía fina

Aquella primera carta que tanto enorgullecía al gobernador de Buenos Aires, incluso San Martín lo halagaba con un “respetable general”, fue una de tantas que se enviaron durante los años posteriores. Por el lado de San Martín debemos buscar los justificativos de esa amistad en un pensamiento que no era nuevo, y que ya había asomado en Guayaquil: la necesidad de terminar con la anarquía que asolaba la tierra recientemente independizada, aunque fuese con “mano dura” El Libertador tenía la opinión  que solamente Rosas era capaz de liderar un proceso de unidad, y que era su paso autoritario clave en un  futuro republicano, algo que le recordaría a Sarmiento para la furia del sanjuanino, “tan tirano no puede ser si tiene al pueblo de su lado y gobierna hace tantos años” Pensamos que aquellos años previos  a la integración nacional hacía falta algo más que un estado –inexistente- represor o una Aduana poderosa. Necesitaba Rosas el apoyo de líderes del Interior, de los caudillos, y de las distintas clases sociales, ricos y pobres, que vieron unos acrecentadas sus fortunas, con medidas proteccionistas, y otros protegidos con unos incipientes derechos sociales –Rosas impulsó desde el otorgamiento de tierras a los sectores humildes a los carnavales sin segregaciones.   

“Hace cerca de dos años escribí a Usted que yo no encontraba otro arbitrio para cortar los males que por tanto tiempo han afligido a nuestra desgraciada tierra que el establecimiento de un gobierno fuerte; o más claro, absoluto”, decía en referencia a la Revolución de los Restauradores del 33 que volteó a Balcarce y dio la suma del poder a Rosas, “que enseñase a nuestros compatriotas a obedecer las leyes. Yo estoy convencido que cuando los hombres no quieren obedecer la ley, no hay otro arbitrio que la fuerza. 29 años en busca de una libertad que no solo no ha existido sino que en este largo periodo, la opresión, la inseguridad individual, destrucción de fortunas, desenfreno, venalidad, corrupción y guerra civil ha sido el fruto que ha recogido la Patria después de tantos sacrificios: ya era tiempo de poner término a males de tal tamaño y para conseguir tan loable objeto yo miré como bueno y legal todo gobierno que establezca el orden de un modo sólido y estable; y no dudo que su opinión y la de todos los hombres que aman a su país pensarán como yo” sentenciaba en 1835 a Tomás Guido,  tres años antes de remitir la primera misiva a Rosas, y remataba con una advertencia a sus futuros tergiversadores, “usted sabe que mi presencia cercana a Buenos Aires en el año 29…hizo que todos los demagogos, ambiciosos e intrigantes se escuden detrás de mi nombre para sus fines particulares”

El señor de las Pampas, como llamaban en Europa a Juan Manuel de Rosas, desde la juventud tuvo una profunda admiración por San Martín. Lo conmovía el amor a la patria, la Patria Grande americana, y los vínculos afectuosos que entabló con los gauchos, negros e indios. Durante el tiempo que Buenos Aires hostigarían a San Martín con el mote de “traidor de la patria” por no unir su espada a la guerra fratricida, años rivadavianos, Rosas nombraría desafiante a sus estancias San Martín y Chacabuco. Más tarde bautiza la nave insignia de la Armada Argentina Ilustre General San Martín –la misma que piratearían los franceses en 1845-, pese a la solicitud de Almirante Brown de llamarla Restaurador Rosas.

El Restaurador de las Leyes agradecerá las actitudes solidarias de San Martín en Europa, en contraposición a otros argentinos que se ofrecen servilmente a las cortes con la posibilidad de invadir el país y derrocar a un “tirano” En varias oportunidades desea un destino diplomático para un hombre que unió un Continente y San Martín declina respondiendo que es solamente un militar. Tal es el respeto que San Martín profesa a Rosas, pese a que reconoce resignado que se apoya en la violencia porque “si no se hace respetar…se lo merendarán como una empanada”, que en el testamento de 1844, meses antes del Combate de la Vuelta de Obligado, decide legar el sable que lo acompañó en la gesta de la independencia americana, “ le será entregado al general de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”, en un sapo que la historia tradicional argentina nunca digirió –y ocultó.

 “Los argentinos no son empanadas que se comen con la boca abierta”

A la par que los diarios de argentinos antirrosistas en el mundo acusan al Libertador, “se ha envanecido con glorias que debió a la suerte y al esfuerzo de otros (sic)” de Florencio Varela o “era de los que en la causa de América no ven más que la independencia del extranjero, sin importarle nada de la libertad (sic) de Valentín Alsina, San Martín decide mover sus resortes desde Nápoles, donde acude a mitigar los dolores de un cuerpo que guerreó desde niño.  Desde allí escribe una serie de cartas a Jorge Dickson, nuestro cónsul en Londres, y que éste publica en la prensa inglesa con los cañones aún humeantes del Combate de la Vuelta de Obligado. Amparado en el enorme respeto que proyecta su figura de Libertador americano y genial estratega militar, reconocido mundialmente, afirma que no duda del espíritu “pacificador” de los ingleses y franceses (je) pero que las potencias no deben contar con la desunión, “no dudo que en la capital podrá haber un número de enemigo personales de él –se refiere a Rosas- , -pero- estoy persuadido de que ya sea, por orgullo nacional o por temor, o por la prevención heredada de los españoles contra los extranjeros, cierto es que todos tomaran parte activa en una lucha, resistencia…hasta el infinito…además, se sabe que el alimento principal del pueblo es la carne…que como los caballos… y todos los medios de transporte se pueden retirar fácilmente al Interior…se puede formar un vasto desierto, impracticable el pasaje para un ejército europeo” enfatiza causando un profundo efecto en la opinión pública y que presiona contraria de una mayor intervención militar –que probablemente hubiese sido insostenible para los patriotas de la Campaña del Paraná.  Unos días después del Combate de la Vuelta de Obligado, y cuando los europeos sufren en carne propia el fervor anticolonial, San Martín escribe a Rosas satisfecho,  “los argentinos no son empanadas que se comen con la boca abierta”, y considera la lucha de Rosas “tan trascendente como la de nuestra emancipación de España”. 

Y San Martín sigue peleando hasta la muerte por la libertad americana, en todos los frentes. Cuando peligra el acuerdo de paz en 1849 entre la Confederación Argentina y los potencias mundiales, Francia e Inglaterra, agotadas en una guerra que sus ciudadanos no comprenden, a miles de kilómetros y humillados supuestamente por un “bárbaro gaucho”, un San Martín enfermo vuelve a utilizar sus contactos políticos y convence al ministro de guerra francés, otro admirador de su genio militar, de que una invasión contra los argentinos sería costosísima y de una duración incalculable, “el gaucho jamás ha sido cobarde” La asamblea francesa vota por el cese de fuego, “no hay un gobierno en Europa tan bien formado como el de Rosas” admiten, y los argentinos emigrados en París, junto a brasileños y franceses, abren una oficina de reclutamiento para invadir el país y deponer al rosismo –que es clausurada en 1851, sería más efectiva la de Río de Janeiro previa a Caseros…

En mayo de 1850 escribe San Martín a Rosas, uno de los pocos americanos que colabora económicamente con los escasos ingresos del Libertador, “no quiero quitarle el precioso tiempo que emplea en el beneficio de nuestra patria”, dice con humildad el enorme argentino, Rosas hace que lean dos veces las líneas, escondiendo la emoción, “como argentino me llena de verdadero orgullo el ver la prosperidad, la paz interior y el honor restablecidos en nuestra querida patria…todos estos progresos…en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos Estados se habrán hallado…-deseo de salud- y    que al terminar su vida pública –una sutil sugerencia de San Martín, un liberal republicano-, sea colmado del justo reconocimiento de todo argentino” La historia sería otra.    

 

Fuentes: Lafforgue, J.-Halperín Donghi, T. Historias de los caudillos argentinos. Buenos Aires: Alfaguara. 1999; O´ Donnell, P. Juan Manuel de Rosas, el maldito de nuestra historia oficial. Buenos Aires: Aguilar. 2001; Pasquali, P. San Martín confidencial. Correspondencia personal del Libertador con su amigo Tomás Guido (1816-1849). Buenos Aires: Planeta. 2000

Fecha de Publicación: 20/11/2020

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