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En el ojo de la rotonda

Los sanrafaelinos gustan de echarse en el verde césped de la rotonda de ingreso a la ciudad. Encuentran una satisfacción difícil de explicar.

En cualquier lugar del mundo, una rotonda no es más que un elemento vial. Importante y muy útil ya que reemplaza a los semáforos, permitiendo un tránsito más fluido. Normas locales mediante, cada uno aguarda su turno y no se generan largas colas que sí suele provocar la luz roja. A veces, la rotonda es una simple obra pública, de cemento y sin demasiados ornamentos. Pero, en otras ocasiones, la rotonda se convierte en una atracción visual en sí, con monumentos, césped y carteles luminosos.

Ese es el caso de la rotonda del ingreso oeste a San Rafael. No debe tener más de 50 o 60 metros de diámetro. En el centro se erige un mapa de Mendoza. Está hecho con luces led y la figura de nuestro mapa político está dividida en 18 granos de uvas, uno por cada departamento que componen nuestra provincia. Todo muy bonito hasta allí.

Esa vieja costumbre

Sin embargo, la fotografía del lugar se ve invadida por los vecinos del departamento. No es que no puedan hacerlo, al contrario, en buena hora una salida familiar o con amigos para hacer un picnic en el parque. Pero en el parque, no en una rotonda. Es que la postal habitual, en verano, desde las 20, más o menos, es la rotonda con su mapa central y decenas de sanrafaelinos echados en el césped con mantel, sándwiches y mate o bebidas en general. Ahí están, disfrutan de un día de campo.

El ruido molesto de los autos y las motos no hacen mella en su placer. Charlan, ríen y comen. No se sienten observados por los automovilistas, cuando más de un auto repite la vuelta a la rotonda para ver y repasar lo que no pueden creer. Han hecho un polo de tertulias de una simple rotonda.

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