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Buenos Aires - - Miércoles 09 De Septiembre

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Rosario: la mística, la arquitectura y el pulso urbano

El aire de Rosario sabe de mística y ofrece el perfume mestizo de lo que fue, lo que es y lo que será.

Santa Fe
Rosario

La encuentro más linda de lo linda que la recordaba. Hace trece años, el adolescente que me acompaña era apenas un bebé siempre dormido en su huevito en el auto familiar. Hoy escucha trap y empieza a entender las diversas cualidades urbanas y los pulsos sociales. Pleno furor futbolero en esta tierra de campeones de América y del mundo.

Con él, todo empieza (y termina) con el fútbol por eso es el Estadio Marcelo Bielsa el primer destino que elegimos. El Parque de la Independencia, en el cual se encuentra el templo mayor del Club Newell`s Old Boys de Rosario, es un manto tejido de un pic-nic tras otro. Son vacaciones de invierno y el clima es templado, ideal. Las visitas están canceladas por obras pero un estadio siempre es un estadio y el hormigón exterior escalonado tapizado de rojo y de negro no deja de impresionar desde la cercanía de la toma fotográfica.

Caminamos por el Boulevard Oroño que es una pintura: una confluencia de arquitecturas señoriales en la diversidad de estilos que nos dio por estas regiones la transición entre los siglos XIX y XX. Construcciones que, en su gran mayoría, albergan hoy coquetos centros médicos, de estética y de cuidado personal con algún bar por azar y ninguna heladería, al menos en estas cuadras que recorremos. Varias palmeras, canteros de especies variadas y alguna que otra escultura tamizan las vistas de la vereda de enfrente, que es igual de elegante, es igual de bonita.

Pero como Rosario es una ciudad con orilla, a ella vamos, porque siempre las orillas traccionan, atraen, nos abren el horizonte y los sueños. Cumplimos rápidamente con la explicación escolar de la topografía de barranca, la importancia de la hidrovía para el comercio y los límites entre provincias para abandonarnos en lo que el río ofrece: sonido líquido que corre a velocidad crucero, la paciencia rotunda de los pescadores de toda edad, el vuelo de algún ave cuyo nombre no conocemos, el paso de una mole naviera sin carga, la orilla chata y verde de enfrente. Y cada cual se hunde en sus pensamientos por un rato que no es ni largo ni corto porque perdemos la noción del tiempo.

 

 

Hasta que le toca el turno al Monumento Nacional a la Bandera (de los arquitectos Ángel Guido y Alejandro Bustillo) que lo siento como una proa hacia el agua, lo siento erguido en su hidalguía, lo siento noble en su misión de honrar a nuestra bandera, como siempre lo sentí. A mi compañero le resulta casi indiferente. Es evidente que la transmisión de ciertos valores en las escuelas ha cambiado.

Nos vamos a Puerto Norte, donde se despliega con holgura un presente corporativo, gastronómico y hotelero de diseño en instalaciones que tuvieron un ajetreado pasado portuario que terminó mudándose más allá. Y en la zona vemos un incesante crecimiento de brotes blancos de varios pisos con vista al Paraná y al este y al sol de la mañana, con abundancia de amplísimos balcones y fachadas ajardinadas.

Y toda la ribera tan bien aprovechada que da envidia: a un parque, le sigue otro; en el siguiente un museo o un centro de entretenimientos para los más chicos; a un lado una casa de té divina, al otro el típico carrito que ofrece algodones de azúcar de color rosa, que, antes de terminar de crecer, mi adolescente quiere probar por primera vez. Y lo acompaño en el enchastre. Todo es luz y verde y reflejo fluvial y alegría ciudadana. La ciudad está alegre. Los ciudadanos están alegres.

De regreso al hotel hacemos escala en el mítico bar El Cairo. Hablamos del porqué de la presencia fotográfica y escultórica de Fontanarrosa y de su trayectoria en la cultura local y nacional. De las de Messi y Di María no hace falta decir nada, desde ya. Y pensamos en voz baja y en voz alta en esas otras tantas personalidades de la cultura que dio esta ciudad a nuestra identidad argentina.

 

 

El día siguiente resulta radiante y nos vamos hacia el norte para ver de cerca el Puente Rosario-Victoria y meter los pies en el agua desde las playas de La Florida. Por la tarde, luego de un sabroso almuerzo con vista al río, visitamos el Acuario del Río Paraná: un centro de divulgación e investigación alrededor de la fauna ictícola y del ambiente circundante que funciona en un potente y sintético edificio de hormigón visto que, nos cuentan, fue diseñado por profesionales del Ministerio de Obras Públicas de la provincia.

El atardecer es para un rincón céntrico encantador: Al 1500 de la calle Córdoba y con la Plaza Pringles como punto de partida, arranca el Paseo del Siglo. Literalmente es un sueño en colores brillantes en el que se solapan el buen gusto, comercios muy bien puestos, la animada vida callejera, las ferias, los espacios verdes, exponentes arquitectónicos (públicos y privados) de valor patrimonial muy cuidados, cafeterías a cual más apetecible y un dejo de postal urbana europea de esas que nos gustan, y mucho.

El último día cierra con la visita guiada al otro templo, el de la mitad más uno rosarina. El Gigante de Arroyito tuvo ayer un partido internacional contra el Inter de Porto Alegre. Quedan vestigios de sus uvas y sus botellitas tiradas por todo el vestuario visitante.  Lo mismo pasa en las tribunas en las que unos cuantos trabajadores limpian y ordenan los restos del triunfo local. El césped, sin embargo, es una alfombra que disimula con profesionalismo los embates de hace apenas unas horas. Desde temprano, nos dicen, su celoso cuidador ha comenzado a enmendar sus heridas y ya luce, casi, como si nada.

Volveremos, Rosario, a ser de nuevo, al menos, una porción pasajera de tu entrañable mística.

Fecha de Publicación: 07/08/2024

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