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Navegando la Antártida, por consejo de Mariano Curiel

Mariano Curiel es un guía polar, de familia de marineros, conoció la Antártida en 2003 y desde entonces es su mejor embajador. Un viaje a la Antártida siguiendo sus consejos.
Turismo
antártida
| 05 abril, 2020 |

El cielo azul profundo te abrazará mientras el crucero se desliza en aguas espesas. «Buenos días, damas y caballeros, bienvenidos a la Antártida», dirá el capitán del barco desde el puente de mando, cuando llegues a las Islas Shetland del Sur. Un imponente iceberg, coronado por una colonia de pingüinos de pico rojo, te observará. El color que predomina es ese azul intenso y blanco profundo que sólo se ve contemplando el glaciar Perito Moreno en Santa Cruz.  

Mariano Curiel es un guía polar como se definió al presentarse. Con esa humildad que tienen los que hicieron grandes cosas, me cuenta que fue el primer argentino en cruzar Groenlandia sobre grampones y esquíes. De Oeste a Este, tirando 90 kilos en trineo, junto a europeos.  

Mariano cambio su modo de vida en 2003 instante en que piso suelo antártico. En ese momento comprendió que, en ese lugar “no apto para humanos”, estaba su futuro. En estos años transcurridos participó en 200 expediciones a la Antártida y, como en nuestro invierno no tenía mucho por forjar, hizo otras tantas al Ártico. También es fundador y vicepresidente de la Polar Tourism Guides Association (Asociación de guías de Turismo Polar). 

“El turismo Antártico está regulado por la IATTO (Asociación de Operadores de Turismo Antártico) creada en 1991” me cuenta Muriel. La misión de esta organización es «abogar y promover la práctica de viajes seguros y ambientalmente responsables a la Antártida», todo dentro de lo que el Tratado Antártico estipula. Y otra definición que me marcó y me ayudó a querer realizar esta aventura fue cuando me dijo que iba a encontrar “naturaleza en estado puro” sumado a que “cada pasajero que llega a la Antártida se transforma en su embajador”. 

Itinerario de un viaje inexplicablemente maravilloso 

Se parte desde Ushuaia, en la Isla Grande de Tierra del Fuego. Un par de días se necesitan para cruzar el Pasaje de Drake, tal cual lo anticipa Mariano, “surfeando aguas turbulentas”. Pero el casco innovador y estrecho del barco alivia el mareo y corta las olas en lugar de golpearlas directamente.  

Todos vestidos con parkas rojas, provistas por la naviera, los pasajeros están listos para desembarcar y emocionarse. La noche anterior, porque así lo estipula IATTO, el equipo del crucero informa sobre cómo interactuar con la vida silvestre y qué hacer para minimizar el impacto del humano en el ambiente antártico. Los equipos de expedición “cuentan con especialistas en diversas áreas como historia, biología marina, geología, glaciología y climatología”. Entre las reglas que se indican está la de mantenerse siempre a más de 5 metros de la fauna, sin interferir ni interactuar. Y también conservar todos los sitios visitados como se encuentran al llegar, sin dejar rastros. Antes de bajar tripulación inspecciona todo lo que cada pasajero lleva puesto, aspirando y cepillando para eliminar partículas extrañas como la suciedad o semillas para proteger el ambiente originario de la Antártida. “Con el cambio climático las condiciones del continente cambian y uno puede llevar, sin saberlo, semillas de plantas que crecen en Tierra del Fuego”.  

Se bajan contingentes de 100 personas, por lo que “te recomiendo contratar expediciones con cruceros pequeños” para que la espera del descenso no resulte eterna y estés más tiempo en el continente. Una vez en tierra, se sigue un rastro de banderas rojas que marcan el camino. Sin darte cuenta te podés enfrentar a la criatura más grande jamás vista en tu vida: un elefante marino de 2 toneladas reposando sobre en el hielo. Al otro lado del camino tendrás a una curiosa foca de Weddell, levantando la cabeza como si posara para las fotos.  

Un grupito de pingüinos, sentados en la cima de un afloramiento rocoso, con “un océano cubierto de icebergs y enormes montañas nevadas de fondo”, miraran como diciendo “qué foto te estoy regalando”. 

Se continua por un sendero, que conduce a una colonia de pingüinos Emperador, que alcanza el metro veinte de altura. Junto a ellos, los Papua, identificables por una franja blanca situada en la cabeza arriba de los ojos, que, en miles, preparan sus nidos para la temporada. Los verás caminar de un lado a otro, deslizarse sobre sus panzas y levantar rocas con sus picos.  

En el segundo día, te despertarás con un cielo azul que cambiará tu vida, una leve brisa helada dará cuenta del lugar donde te encuentras. Mas tarde, la proa del crucero enfilará al Sur para atravesar el estrecho de Bransfield, el lugar donde conocerás el llamado sonido antártico. Una melodía única, una música que hechiza a todos los pasajeros que se acercan a ella. Es el regalo que hacen las ballenas Minke, una especie que ronda los 7 metros de longitud, de camino al territorio helado. 

Más tarde, se atraca cerca de la Península Antártica, “es el momento de navegar con los Zodiac (botes inflables) entre los icebergs”. En un momento se detendrá el motor y flotarás en completo silencio, disfrutando de la paz y la belleza de la Antártida mientras gigantescas masas de hielo y algunas focas leopardo se moverán a tu alrededor.  

El paisaje que se encuentra en ese lugar es fascinantemente desigual al de las islas, ya que se experimentan vistas asombrosas de enormes icebergs y una geología única que rara vez se ve en otra tierra. El clima te recompensará con una puesta de sol encantadora como ninguna que hayas visto antes. La brisa se irá volviendo viento mientras el sol se desliza poco a poco hacia el horizonte mientras cambia sus galas coloridas. El anochecer se desvanece en un ocaso de eternas horas, cambiando lentamente el cielo y los glaciares de un azul brillante a un rosa de otro mundo.  

En el tercer día se utilizan nuevamente los botes para llegar a hielo firme, “es la única forma de hacerlo ya que no hay puertos para amarrar”. Provistos de raquetas de nieve caminarás hasta la cima de un pico que domina las cadenas montañosas circundantes, sus crestas estarán coronadas con cascadas de tenues nubes. Aún más atractiva será la oportunidad de visitar otra colonia de pingüinos, donde verás a los de Barbijo, muy parecidos a los protagonistas de Happy Feet, andarán de un lado a otro a lo largo del hielo. Más tarde, ese día, remarás kayaks junto a ellos mientras nadan a las sombras de los glaciares.  

En tu último día en la Antártida, regresarás a las Shetland del Sur allí, quien lo desee, puede hacer un bautismo en aguas polares. La inmersión dura interminables diez segundos, pero el recuerdo queda certificado en un diploma que entrega el capital del crucero. Después a calentarse con un buen baño y dos tazas de chocolate caliente. 

Al día siguiente dejaras ese fantástico lugar y te dirigirás al Norte, una vez más cruzando el legendario Pasaje de Drake. El regreso aturde y subyuga, se siente dueño de todo lo que te rodea porque todo estará dentro tuyo, los sonidos que escuches te despertarán los recuerdos de lo que te rodea, dentro y fuera, fuera y dentro. Tendrás una última cena a bordo mientras disfrutas la presentación de unas diapositivas especulando en lo que harás en tu próxima aventura antártica. 

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