Por Mariela Marino
Pocos días atrás, tuvimos la dicha de volver a respirar el aire andino de la muy querida provincia de Mendoza. Pisar de nuevo esa tierra potente y llena de perfume a primavera significó reencontrarnos con muchos recuerdos personales entrañables. Jamás imaginamos que además íbamos a toparnos con un descubrimiento lleno de historia.
Guiados por las indicaciones del celular íbamos rumbo a una visita guiada a una hacienda olivícola centenaria. Transitábamos un típico paisaje tranquilo del departamento del Paraje Tres Esquinas, Cruz de Piedra, Maipú: una ancha calle periurbana flanqueada por gigantes árboles y tradicionales acequias detrás de los cuales se sucedían algunas edificaciones achaparradas recortadas contra un extenso tapiz verde de vides y olivos.
La fenomenal aparición tuvo forma de casa. Pero no era una casa común -común para lo que íbamos viendo en la zona-. Algo muy fuerte había de diferente entre esta y sus tímidas vecinas. Un sello de distinción. Una pila de años a cuestas. Un simbolismo destacado en la fachada, una impronta y un lenguaje velado por la historia y por los vientos terrosos. Frenamos. “Esta no es una casa cualquiera”. Había que averiguarlo.
Antes de 1861
A mediados del siglo XIX, mientras la ciudad de Mendoza se consolidaba como una localidad urbana en expansión, en sus alrededores se venían desarrollando -incluso desde la época de la conquista española- un creciente número de colonias agrícolo-ganaderas dedicadas a las prácticas tradicionales. Las eficientes técnicas de regadío (tomadas de los antecesores indios Huarpes y estos, a su vez, de los Incas) ayudaban a que la producción aumentara auspiciosamente.
En 1858 se creaba el departamento de Maipú. Y con él, surgían nuevos estamentos de gobierno para descentralizar la gestión. Así nació el cargo de subdelegado. Juan Cruz Videla, teniente coronel Jefe de Regimiento IV de Guardias Nacionales, fue quien primero ocupó este puesto para la localidad de Cruz de Piedra en virtud de sus altas aptitudes e intachable capacidad moral e intelectual.
Y todo esto, ¿a qué viene? Viene a que el flamante subdelegado era ya, para entonces, el dueño de esa morada de neto corte rural de fines del 1700. De entrada, la casa fue sede del Cuerpo de la Guardia Nacional. Luego, se le agregó la función de ser el corazón de la subdelegación. La fenomenal casa de nuestra fenomenal aparición. ¡Con razón no era una casa cualquiera! Pero además, a medida que las necesidades sociales crecían, supo cobijar un lindo abanico de otras funciones, todas ellas por y para los pobladores de las cercanías. Se ve que Juan Cruz era un tipo que creía en el progreso de los pueblos gracias a la educación. A falta de escuela en la zona, montó una, pequeñita, -la Escuelita Balcarce- dentro de su propiedad que funcionó, a su costa, hasta que se construyó la primera escuela en el paraje. Y como si con todo ello no alcanzara, la casa disponía de oratorio propio, de estilo neogótico. El mismo servía a los fines litúrgicos y espirituales no solo de la familia sino también de toda la vecindad. Allí se celebraban bautismos, bodas, funerales y todo tipo de eventos religiosos bajo la advocación de la Virgen de la Merced -muy venerada por la sociedad mendocina desde la época colonial- patrona del departamento de Maipú y Generala del Ejército de los Andes.
Terremoto y Pavón
Pero dos circunstancias confluyeron, con poquitos meses de diferencia, en el año 1861. Tales hechos señalaron un hito en la historia de la zona ya que modificaron la fisonomía urbana y arquitectónica y la idiosincrasia sociocultural para siempre.
La primera ocurrió en marzo de ese año: un terremoto con intensidad 7.1 de la escala de Richter borró la ciudad de Mendoza por completo a fuerza de los movimientos telúricos y de los incendios y anegamientos que ocurrieron durante varios días. En una publicación de la arquitecta Eliana Bórmida, la autora afirma algo impactante: “El terremoto dislocó para siempre los frutos de trescientos años de historia porque significó la ruptura súbita de un sistema de relaciones físicas y sociales entretejidas internamente”. Muchos pobladores de la ciudad fueron entonces a buscar cobijo a sus fincas de los alrededores. Como consecuencia, lo que hoy conocemos como Gran Mendoza, comenzó a tener un crecimiento acelerado.
La segunda circunstancia supuso también una sacudida, pero esta vez de índole política y social. Luego de la Batalla de Pavón, se consolidó la unificación del país bajo la figura de Bartolomé Mitre. Las ideas modernas y progresistas tuvieron, en este estado del arte, un terreno fértil: la ciudad de Mendoza se reconstruyó un kilómetro al sudoeste siguiendo las ideas del urbanismo higienista de la Paris del Barón Haussmann (calles más anchas y muchas más plazas y bulevares). Las actividades económico-productivas también dieron un vuelco, en gran parte gracias a la expansión del ferrocarril. Se dejó de lado la agricultura tradicional y la cría para darle toda la carga a la actividad vitivinícola. Explotaron por doquier nuevas obras de infraestructura, edificios que albergaran las nuevas funciones (bodegas, usinas, estaciones, barracas, etc).
Pero volvamos a nuestra protagonista
Toda esta info “dura” precedente, que por cierto reunimos a nuestro regreso, nos ayudó a entender el porqué del eslogan “no es una casa cualquiera” y a sus circunstancias. Toda obra arquitectónica (y humana) responde a las necesidades y cosmovisiones de una época en un sitio determinado.
La casa, que aún hoy está habitada por el bisnieto de aquel primer subdelegado, ocupa un lote de 1800 metros cuadrados pero ciertamente formaba parte de una gran extensión de tierras dedicadas al agro que habían pertenecido a ancestros de muchas generaciones hacia atrás. Pero, ¿qué fue exactamente lo que nos llamó tanto la atención nomás verla?
Palacio y mangrullo
Primero, a diferencia de todas las construcciones de su entorno, la fachada es larga, digamos de unos veinte metros de frente. Y está absolutamente ornamentada con intervenciones propias de los inicios del siglo XX. Posee sillares, zócalos, cornisas, molduras, frontis, semicolumnas y capiteles de un lenguaje neoclásico absolutamente reinterpretado, de acuerdo a la localización. Tal como hacían los egipcios en sus edificios a orillas del Nilo que rendían culto a la naturaleza modelando capiteles con formas naturalistas de flores y palmas, en esta casa aparecen motivos de uvas en racimos, ramas contorneadas y hojas. Los grandes ventanales están protegidos por rejas de hierro labrado de extrema belleza. Pero por cierto, lo que más nos interpela como espectadores es el cuerpo central del edificio que reúne la mayor fuerza de la carga ornamental. Cuenta con un amplio acceso enrejado que da lugar a un zaguán y, lo más llamativo, un cuerpo “mangrullo” en planta alta, con frontis y balcón. Es que cuando la casa se construyó servía, además, como fuerte de avanzada contra los malones de indios Pehuenches que venían del sur.
Antes de irnos, nos quedamos un buen rato contemplándola en escorzo desde la vereda de enfrente. Nos dimos tiempo para comprender el proceso que llevó a que su musculatura vernácula amasada en adobe según la usanza de sus tiempos se fuera cubriendo con una piel “moderna y suntuosa” de fachada europeizante. Entendimos que, como todo organismo vivo, la misma se fue adaptando a los cambios de época con el objetivo de seguir siendo vigente en el devenir de su gente y de su entorno.
Ubicación
Calle Videla Aranda, a 180 metros de esquina Pescara, hacia el este, Cruz de Piedra, Maipú, provincia de Mendoza.
Imágenes: FB Matías Stevanato / Silo.Tips
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