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Historia de los barrios porteños. Era de palacios y rascacielos

Hubo una Buenos Aires que soñó con palacios de cuentos y rascacielos de película. Aún en pie, son los guardianes de la memoria que sorprende con ponernos en pausa, y mirar al frente. Y contrafrente.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Edificio Kavanagh

“Gran ciudad, animada, ruidosa, de movimiento intenso, febril, mirada desde los balcones de un hotel” , se admiraba con la vista el sociólogo español Adolfo Posadas circa 1930, uno de los innumerables extranjeros que se maravillaban con la megalópolis, que se extendía majestuosa e iluminada, a la vera del Río de la Plata. Acodado en la baranda de uno de los hoteles exquisitos de la avenida de Mayo, el Hotel Castelar (1928), observaba el “océano de edificios que conquista las pampas” Y entre esas desafiantes construcciones porteñas, iniciadas a un ritmo sin comparación con otras ciudades del Hemisferio Sur entre 1880 y 1930, sobresalían al visitante, magnánimos palacios, superiores a muchos de su modelos franceses, y rascacielos, que competían con los que poblaban Manhattan. Y ponderando estos ilustres huéspedes, reyes, periodistas, escritores y viajeros de todos los pelajes, aseguraban que otras capitales avanzaban en línea a una tradición, o una estética integral, pero el viejo damero español porteño se había transformado en un inusual compendio de la arquitectura contemporánea. De vereda a vereda, nomás.

Alrededor de la plaza que había sido barraca de barcos negreros, Plaza San Martín, se puede apreciar a las moles que contradicen la gravedad, el esplendoroso Kavanagh (1936),  y mansiones dignas de Versalles, la mansión Paz (1909), hoy Círculo Militar. Un museo a cielo abierto, de la ingeniería y la construcción, de la imaginación y el deseo de eternidad de los hombres, con solo dar una vuelta al respiro verde de Retiro.

Circulo Militar

Mucho de los cambios en la Gran Ciudad venían de la mentalidad de arrasar los vestigios del pasado colonial, o independendista, que se relacionaba con todo lo perimido, la barbarie. La civilización tenía cuna europea, sea en el estilo neorrenacentista, que llegó primero a Entre Ríos en 1848 con el Palacio San José, y el neoclasicismo posterior, de la Ecole de Beaux Arts de París que se multiplicaba en las hectáreas latifundistas y las cuadras de zona Norte citadinas. Fue la Francia imperial donde las clases dominantes, las familias terratenientes, buscaron inspiración y empezaron a erigir suntuosos palacetes a partir de la plaza Retiro, que perdería su aura arrabelera y marginal, portuaria y ferroviaria. Las espectaculares mansiones sobre la avenida Alvear se emplazaron en las barracas al río, asimismo, antes humildes quintas.

En Plaza San Martín, cumbres del clasicismo francés

El corazón de esta explosión, que remedaba los oropeles de Tullerías aunque adaptados a muchos menos cuadrados, lo que fue una prueba de ingenio para los arquitectos e ingenieros extranjeros y criollos, resultó sin dudas la Plaza San Martín. Allí surgieron tres residencias de estilo francés que aún asombran; lástima que en la intendencia transformadora de la dictadura de Ongania se demoliera la perteneciente a la familia Ortiz Basualdo (arquitecto Julio Dormal. 1903, desaparecida en 1969). Afortunadamente se conserva la “obra cumbre del clasicismo francés a nivel mundial” de Mercedes Castellanos de Anchorena (arquitecto Alejandro Christophersen.1909), con sus 120 habitaciones, alguna vez tentado como residencia presidencial, y que hoy funciona sede de Cancillería. Opuesto yergue el imponente el palacio de la familia Paz (1902) -sede del Círculo Militar y Museo-, obra del francés Louis Sortais y el argentino Alberto de Gainza, que reproduce a escala el Palacio Louvre de París. Al célebre ebanista francés Percheaux llevó ocho años tallar en nogal las figuras de la realeza francesa (sic), que recubren la increíble “Galería de Honor”. Las familias patricias argentinas, las que “olían a bosta”, gentileza de Sarmiento, buscaron sus ancestros en dinastías allende mares. Y épocas. 

El gigantismo, el exhibicionismo, dentro de los límites imprecisos del gusto francés, que pronto iba a sobrecargarse en los “nuevos ricos” y provocar una reacción de sobriedad de las familias patricias -simultánea a las crisis económicas de entreguerras-, sirvió a su modo, como identificación y diferenciación de las élite, mensaje dentro de la sociedad  en general. Muchas embajadas del presente, Brasil, Francia o Estados Unidos, fueron hogares respectivamente de Celedonio Pereda -que se inspiró en el Museo Jacquemart-André en París en 1914-, Daniel Ortiz Basualdo (arquitecto Pablo Pater. 1912, en Cerrito y Arroyo) y la familia Bosch Alvear (arquitecto René Sergent. 1910, en avenida Libertador)

En Europa no se consigue

“El barrio de las residencias comienza junto a la plaza San Martín, que es un trozo de parque inglés -coda del masterplan centenario de Carlos Thays, que plantaría dos millones de árboles para contrarrestar la marea de ladrillos y asfalto que se venía-, y se extiende hacia el norte a la Recoleta y a la Avenida Alvear. Escuchad estos nombres de calles: Esmeralda, Cerrito, Perera, Callao, Juncal y Arenales”, advertía Jules Huret en 1909, el famoso cronista y entrevistador galo, y nos hace de agente de viaje al Granero del Centenario, “Todas ellas están pavimentadas con adoquines-el asfalto había llegado en 1895 a una cuadra de Bartolomé Mitre y, en 1909, ya sa habían adoquinado y asfaltado casi 6 millones de m2; con adoquines que venían de Tandil y Olavarría, el Uruguay y Europa- y algunas bordeadas con plátanos…en tal barrio se levantan las suntuosas moradas de la gente rica bonaerense: los hoteles - petit hôtel para una sola familia- de los Alvear, Anchorena, Bary, Casares, Cobo, Unzué, Quintana y Pereyra. Varios de ellos están circundidados de jardines de magnolias, pinos, palmeras, plátanos y cercados por verjas…si sólo se atiene al aspecto general de las fachadas, podría creerse en el barrio parisino de Plaine-Monceau. Las casas tienen idéntico aspecto de riqueza, son de estilo similar, más bello y atrevido. Los arquitectos se han permitido tentativas que no se atreverían en París”, destaca el periodista de la imaginación y capacidad de los arquitectos argentinos, Juan Buschiazzo, Ernesto Bunge y Héctor Ayerza, que con extranjeros como Segent y Gustav Heine, realizaron joyas que resisten orgullosas al paso del tiempo. Y las palas mecánicas.

“Andando el tiempo usted verá su ideal realizado: Buenos Aires poseerá algo así como la Wallace Collection de Londres, un museo de Artes Decorativas”, profesaba Sergent a Matías Errázunz, en momentos que diseñaba el hogar familiar que contiene muebles Luis XVI, relojes de San Petesburgo, esculturas de Rodin y pinturas de Fragonard. Hoy, tal como vaticinó el arquitecto galo, es el Museo de Arte Decorativo de la avenida Libertador 1902. Pocos de estos característicos palacios han sobrevivido, fuera del radio céntrico, incluso en la avenida Alvear desaparecieron varios por los racionalistas departamentos de los cuarenta, y el Palacio Errázuriz (1911) brilla con luz propia en Palermo, pese a que se inspira en el Petit Trianon del Palacio Versalles. “Es copia fiel del gran salón del hotel Soubisa, en París”, anotaba Don Matías en 1937 en su diario sobre su mansión “ejecutada casi toda en Francia”, “Las múltiples arañas que lo iluminan evitan el recargo y le dan un toque de exquisita femeneidad” Errázuriz regalaba el testamento de una época que había muerto.

Pinta el cielo de gris cemento, Buenos Aires

La crisis de 1929, pese a que arribaría recién con fuerza en la siguiente década, impactó en la fiebre de las mansiones, trastocándola en fiebre de rascacielos. Así lo testimoniarían Roberto Arlt y Ezequiel Martínez Estrada en literatura y Xul Solar en artes visuales. Y como resultado de la especulación inmobiliara, que protegía los capitales en inversiones de pronta recuperación y materiales más accesibles, pero también de la obsesión urbanística nacida en las teorías de Le Corbusier - Charles-Édouard Jeanneret-Gris-, el rascacielismo arrollador terminaría por cancelar la herencia hispánica, al menos en los barrios residenciales y la city. No fue un proceso espontáneo, tal como parece a algunos. Mientras se levantaban las mansiones en barrios adinerados, entre 1897 y 1908, se construyeron en Buenos Aires casi cien mil edificios. Así antecedieron a los rascacielos, al Plaza Hotel (1909) de la Plaza San Martín, que contó con la primera escalera mecánica, la Galería Güemes (1915) de la calle Florida, teatro y cabaret fundamentales en el nacimiento del Tango, el gótico-romántico Palacio Barolo (1923), plagado de referencias a la Divina Comedia del Dante y con un faro giratorio sobre sus dieciocho pisos, en avenida de Mayo, y el Palacio Mihanovich (1929), en la calle Arroyo, que fue el punto más alto al finalizar los Locos Veinte. Para Jorge Liernur, retomando a Le Corbusier, la primera edificación que merece el nombre de rascacielos se encuentra en Ugarteche 3370, Palermo, obra de Antonio Vilar, 1929.

1936 sería el Año del rascacielismo. Un proceso iniciado en 1913, con la apertura de avenidas, diagonales y las nuevas técnicas de construcción, acabaría dando la fisonomía vertical a las grandes arterias porteñas, no solamente a la avenida de Mayo, sino que importantes arterias como Entre Ríos, San Juan, Santa Fe y Pueyrredón. Las casa chorizo daba paso al departamento, la horizontal a la vertical. La ampliación definitiva de la avenida Corrientes, necesaria para una ciudad que rozaba los dos millones de habitantes -que en 2019 se volvió a achicar de Callao a la avenida de 9 de Julio, con más de tres (sic)-, contempló el nacimiento, casi simultáneamente, de dos gigentes del acero y hormigón: el Comega de 21 pisos en Alem y Corrientes, y el Sáfico, de 26 pisos, el primero de más de cien metros habitable, en avenida Corrientes 540.

 

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La perla de cemento estaría un poco más allá, con una edificio que obligó demoler dos manzanas enteras, las últimas de impronta barrial frente a la plaza San Martín, y que insumió tres largos años, para finiquitar la estructura de hormigón armado más elevada del mundo, con sus 32 pisos y 120 metros de altura. El Edificio Kavanagh aún hoy es una maravilla de la ingeniería moderna con sus 90 mil m3 y sus 1.600.000 ladrillos. Iniciado al mismo tiempo que el Rockefeller Center de New York, del cual comparte varios detalles estructurales y de diseño, difiere fundamentalmente debido a que en el caso norteamericano se buscó un espacio que condense oficinas. En el nuestro, una renta segura para la señora Corina Kavanagh, ya que se pensó exclusivamente en los futuros -ricos- inquilinos. Ya no daba el cuero para el petit hôtel pero podían alquilar ostentosos y modernos departamentos. El estudio Sánchez, Lago y de la Torre no escatimó nada del lujo de los treinta y cuenta el Kavanagh, entre otros detalles de alta gama, de un pionero sistema de acondicionamiento, parquet de Eslovenia, baños de novedosas baldosas antideslizantes de vitrolite, y mármoles importados.

Fin del bus histórico por la ciudad de los palacios y rascacielos. Una manera de continuar, a manera de bonus, con las tramas que hicieron la ciudad; como la anterior nota que recordaba a los primeros vecinos porteños, querandíes y guaraníes, antes de los españoles y paraguayos de Mendoza y Garay. Para volvernos a subir a este colectivo turístico de maravillas arquitectónicas, unicamente debemos caminar sin rumbo, respirar el verde regalo de Thays, cada tanto levantar la mirada, y rehacer el cuento de Buenos Aires.

 

Fuentes: Liernur, J.F. Arquitectura en la Argentina del Siglo XX. La construcción de la modernidad. Buenos Aires: FNA. 1999; Moreno, C. De la casa chorizo al chalet en El Diario íntimo de un País. 100 años de vida cotiadiana. Buenos Aires: La Nación. 1999; Molinari, R. L. Buenos Aires 4 siglos. Buenos Aires: Tipográfica Editora Argentina SA. 1980.

Imágenes: Turismo Buenos Aires

Fecha de Publicación: 04/10/2022

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