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El Cruce de los Andes, tras la huella de San Martín - Parte II

En esta segunda parte te contaré las diferentes experiencias que viví en este inolvidable viaje, que aún me emociona al recordarlo.

Turismo

La jornada extraordinaria de ascenso que vivimos merecía un buen descanso, más aún los caballos y las mulas que nos trajeron hasta el Refugio del Ejército Argentino. Todos, bien comidos, nos fuimos a dormir al tiempo que las montañas desaparecían con el manto de la noche. Quise intentar llevar a mi memoria lo vivido, pero caí, sin quererlo, en los brazos de Morfeo.

Por la mañana desayunamos y, luego izamos la bandera y cantamos Aurora junto al subteniente Espíndola, jefe del destacamento, y la tropa. Decidimos despúes hacer senderismo hasta una laguna próxima al Refugio Real de la Cruz. Una hermosa caminata de poco más de tres kilómetros que realizaríamos a paso lento, de esa manera la altura no nos jugaría una mala pasada. Para llegar al lugar hay que vadear un arroyo, una tarea difícil, ya que no había un sitio claro, seguro y firme para hacerlo. Con la ayuda de Beto, nuestro vaqueano, lo logramos y seguimos subiendo.

Cruce de los Andes
La caminata comienza.

El espejo de agua se llama Laguna Escondida, un lugar inimaginable a más de 3500 MSNM. A poco de llegar detuvimos la marcha, cerramos los ojos y comprendimos la inmensidad de esa montaña que la noche anterior nos robo parte de los sueños ocupando su espacio y haciéndote pensar en ella, en como seria, con que te encontrarías, como respondería el cuerpo, porque el alma esta insuflada de emoción y ganas.

Los sentidos se agudizan en la altura, el sonido del viento acariciando los pastizales, el canto de las aves que nos indican la hora de la mañana, el sonido del agua horadando las piedras del arroyo, son melodías que nos acompañan. Un aire liviano y fresco consuela la caminata. El calzado golpea el suelo y otras veces lo acaricia. Siempre es lo mismo, pero nunca es igual. En ocasiones ni pesan. Su ritmo marca el compás de la música que nos rodea, un riachuelo, un cencerro de la mula, un pájaro y una lagartija rozando los arbustos como nota discordante.

Cruce de Los Andes
El objetivo está cada vez más cercano.

Una de las cosas más curiosas de las montañas, me doy cuenta, es su capacidad de unir a personas que, de otra forma, quizá no hubieran compartido ninguna experiencia personal. Las charlas durante la caminata ayudan con ánimo a llegar a destino. El protagonismo no está invitado a esta fiesta. Cada uno tiene claro que esto lo hacemos por nosotros. Es una forma de rodearnos de gente estupenda, manteniéndonos en forma y haciendo cosas que el resto de la gente tilda de locuras.

Cruce de Los Andes
Llegamos a la Laguna Escondida.

El camino en el mapa se entendía más corto. Esta subida no parecía tan empinada. Ya queda menos. El tiempo pasa, voy según lo previsto y la sonrisa rápido asoma en mi boca. El cansancio parece no haber existido nunca. En ese momento solo estás ahí. Tu existencia parece tan efímera entre aquellas montañas mirando la laguna, que los pensamientos se desbocan. Cuántos nos replanteamos nuestras vidas a partir de los tres mil metros. Cuántos reordenamos nuestras prioridades o reconducimos nuestros anhelos.

Beto, preparó una exquisita picada hecha con productos artesanales que llevaba en la alforja de la mula. Pan casero, quesos y fiambres. Un deleite completo, con semejante paisaje.

Descansamos un rato y disfrutamos del espacio encantado que habíamos alcanzado. Cargamos en nuestras retinas lo más que pudimos se ese paisaje y regresamos lentamente al Refugio.

La camaradería en el refugio

Muchas reflexiones, pensamientos y emociones se viven en la jornada, estar lejos de casa, de la rutina de la vida vertiginosa, nos llevó a juntarnos todos para compartir charlas y canciones luego del almuerzo.

Una veredita lateral de la construcción fue el mejor escenario, para que la guitarra sonara hasta el atardecer, acompañada con un bombo legüero, que llevaba grabadas los nombres de su dueño: Alejandro Suardi. Antes de tocar los primeros acordes nos cuenta que fue realizado especialmente para él y por un bombista santiagueño muy reconocido.

Así sonaban una tras otra las melodías de nuestro cancionero popular argentino, las de Atahualpa, Di Fulvio, Los Chalchaleros, entre muchos otros. Piezas musicales ejecutadas con alta calidad y precisión.

De pronto, sin darnos cuenta, las estrellas comenzaron a cambiar el color del cielo. Era el momento de prepararse para la cena, para descansar y cargar energías. La jornada siguiente, sería, sin saberlo aún, lo mejor del viaje, llegar hasta el límite con Chile. El tan anhelado hito.

Por la noche se armó una sobremesa de truco, y el espectáculo de Alejo de la Torre, quien llevó su órgano para cantar las canciones de su autoría, nos envolvió de magia.

Fecha de Publicación: 29/03/2020

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