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Mirar para arriba o simplemente mirar

“Salís de casa por Avenida Cabildo y, lo de siempre, en la calle y en vos. Cuando de repente…”

Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Arquitectura porteña

Resulta que días atrás me robaron el celular en el lugar más seguro del colectivo (o sea: no hay lugares seguros en los colectivos). Desde entonces, evito sacarlo de la cartera y me dedico a (volver a) mirar el pedacito de ciudad por el que viajo cada día camino al trabajo.

Así, retomo aquella vieja costumbre que aprendí de la voz no de uno, sino de varios, profesores de la facultad (FADU-UBA) que insistían con el cuento de que a las ciudades se las conoce mirándolas y, especialmente, mirándolas hacia arriba. Porque convengamos que muchas veces el nivel cero, ese que hace contacto con los pasos de los transeúntes, está muy intervenido y contaminado con la puesta en escena que hacen los locales comerciales para llamar más la atención.

Hago consciente la cualidad extremadamente irregular del perfil frentista que tiene toda la avenida en ambas manos. Imagino la línea escalonada que se dibujaría si delinera los contornos construidos con un fibrón de grueso trazo negro. Por momentos vería mucho cielo, o los edificios de más atrás; por otros, tendría un telón alto de fachadas de edificios de departamentos (y oficinas) de tantos estilos como épocas en las que se crearon.

Es por encima de la planta baja donde las construcciones suelen conservar la pureza y la originalidad con la que fueron concebidas inicialmente. Dije “suelen”. Por sí o por no, pondré dos ejemplos que se me cruzan justo ahora, más allá de esta ventanilla derecha a la altura del 1600 de Cabildo, mano al centro.

A pocos metros de una de las esquinas se levanta un inmueble pintado de gris acero, con dos grandes aberturas con balcón en la planta alta. Y es como si las grandes puertas ventanas se expandieran más allá de sí mismas gracias a un tratamiento en los revoques que se presentan con resaltos formando figuras geometrizadas que las abrazan. Por encima, y haciendo de baranda de la terraza, aparecen más resaltos y más geometría, varias guirnaldas derramándose de unos grandes copones y en el centro de la composición: ellos. Dos querubines pícaros y regordetes que miran, divertidos, cómo la gente queda afuera del techo en la cola del Metrobús (algo del todo llamativo, por cierto). Pobrecitos, también lidian con los cables aéreos y el fierrerío de las patas de un gran cartel de publicidad que les perturba y ensombrece los juegos en la azotea.

 

 

Un poco más allá, aparece una casona del mismo porte pero de otro estilo. Un ejemplar de un Art-Déco típico de Virasoro -aunque en rigor no sé quién lo diseñó- que está del todo ciego y apenas respira. Porque lo que pasó es que a las aberturas las tapiaron, de arriba abajo y de bote a bote (¡y para peor tuvieron la mala idea de instalar un extractor de aire en uno de esos paños!). Quedan de ellas, de las aberturas,, solamente sus perímetros escalonados en varios planos rematados en puntas de triángulos.

 

 

Así se suceden las cuadras con infinidad de curiosidades: hay localcitos petisos apretadísimos entre dos edificios de doce pisos. Por su incomodidad, me recuerdan a las figuras manieristas de Miguel Ángel de la Capilla de los Médici en Florencia. Hay edificios prismáticos materializados completamente en vidrio y acero, hay galerías comerciales con gigantes y temerarias marquesinas en voladizo, hay locales de comidas rápidas absolutamente exentos de sus vecinos. Una pizzería de antología volvió a encender su horno después de varios meses; hay bancos, bares y mercerías. Y cajones de naranjas y coliflores en una vereda que alguien dejó delante de una persiana metálica todavía baja.

Hasta que llega el ansiado lote vacío en el que, hasta hace poco, existió un algo que fue demolido. En las medianeras quedaron impresos como fósiles los rastros de los ambientes precedentes. Huellas de losas y tabiques, estampadas en relieve, fragmentan el plano como un cuadro de Mondrian: las plantas y locales, las texturas y colores de las paredes que cobijaron las venturas y desventuras de sus viejos moradores, las capas arqueológicas de pinturas y empapelados, los patios, los baños azulejados, la pátina de la vida que fue y ya no será.

Maldito suceso el del robo de mi celular. Bendita la hora de volver a apreciar con ojo curioso y crítico las calles de la ciudad. Ciudad hoy de color otoñal, clima invernal y plaga estival. “Rara, como encendida”.

Fecha de Publicación: 16/05/2024

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