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Mercado del Progreso: comprar distinto

En una esquina clave del barrio de Caballito, un viejo mercado urbano trajina, desde su sólida vigencia, lo pintoresca de los hábitos cotidianos de compra y venta de productos frescos para llevar a casa.

Entré al mercado de Caballito, ese mercado que siempre me recordaba los mercados de las novelas de Carolina Invernizio. Un obeso salchichero con cara de vaca, a quien había molestado inútilmente otras veces, me gritó al tiempo de enarbolar su cuchillo sobre un bloque de tocino.

—Ché, mandáme doscientos kilos recorte especial, pero mañana bien temprano, sin falta a treinta y uno.

Había ganado cuatro pesos, a pesar de rebajar un centavo por kilo.

He aquí arriba un fragmento extraído de uno de los capítulos de la primera novela de Roberto Arlt “El juguete rabioso” (Ed. Latina, 1926). En ella, el mercado sirve de ambientación a muchos de los pasajes del libro. Y llegué a él, porque antes llegué al mercado y, aún antes, al barrio de Caballito.

A acompañar a alguien a hacer un trámite una tarde de sábado helado, llegué de casualidad a Caballito. No más estacionar me topé con él, -el mercado- y me dije: esto es importante, esto me gusta, de esto quiero saber. Supe primero mirándolo con lentitud y sorpresa. Supe luego enmarcándolo con la cámara. Y supe más oliéndolo por dentro, preguntando precios y comprando varios paquetes de coco en escamas.

Por iniciativa del entonces presidente Miguel Juárez Celman, el Mercado del Progreso fue construido por la Sociedad de Progreso de Caballito. Se inauguró en 1889 con toda la pompa y las fuerzas vivas presentes. Dicho acontecimiento cambió el pulso mercantil del barrio para siempre.

Pero esa fachada… Esa fachada no es de 1889…

Se ubica justo frente a la emblemática Estación Primera Junta de la Línea A del subte sobre un lote más o menos cuadrado en la esquina de Av. Rivadavia y del Barco Centenera, con entrada por ambas calles. Unos cuantos locales a la calle y unos cuantos más puestos internos componen la oferta de productos gastronómicos de buena reputación. Algunos de ellos emplean a varios trabajadores movedizos y ruidosos que hacen de la exhibición y venta casi una puesta en escena teatral. Y la gente hace cola en ellos, para ver y, sobre, todo, para comprar.

El interior se organiza gracias a corredores ortogonales muy bien ventilados dispuestos alrededor del centro que remata en una “cúpula” poligonal vidriada que ilumina cenitalmente ese corazón. Debajo de ella había una fuente con agua limpia que se renovaba constantemente para mantener la limpieza y la frescura. Los puestos se alinean entre las arquerías y columnillas metálicas de la estructura. Por un tema de asepsia, las paredes se pensaron azulejadas y las mesadas, de mármol. La cubierta, que de a ratos es metálica y de a ratos transparente, completa la directa referencia material y conceptual a los mercados de París: funcionales e higiénicos.

Pero esa fachada…

¡Claro…! ¡No podía ser la original de 1889! O mis calendarios estilísticos se habían puesto todos patas para arriba. Me hablaba en lenguaje Art-Déco, me gritaba, casi. La tipografía tan cinematográfica que leía “Mercado del Progreso” parecía la placa inicial de cualquier película de Mirtha Legrand de los años 30. Buñas, relieves geométricos, amplios aventanamientos verticales, cornisas prominentes, todo aplicado sobre muros claros, hacían el resto. Se echó mano al catálogo de época para decorar la fachada de la planta alta que, por sobre los locales a la calle, se pensó para viviendas particulares.

La ciudad celebra que sigan existiendo estos sitios donde el hecho de comprar se convierte en una experiencia del todo especial. Pero para concluir, mejor traer un poquito al hoy el clima de antaño que compuso Arlt:

Así eran las disputas con los individuos carniceros y ciudadanos vendedores de pescado, gente ruda, jaquetona y amiga de líos.

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