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Historia de los barrios porteños. Villa Crespo, mi conventillo querido

Uno de los más populosos de Buenos Aires contiene las mayores pasiones porteñas, el tango, el fútbol y la amistad. Sus calles laboriosas bailan multicolor las melodías de Paquita y Celedonio de la mano de Adán Buenosayres.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires

“Barrio piringundín, barrio malevo/donde aprendí a mancar la vida maula/en mis días papusos de purrete/compadrito y piernún, callao y taura” arremete Celedonio Flores, el poeta de Carlos Gardel y la generación que inventó el Tango canción, en homenaje a su barrio. Por allí se paseó la alta cultura de la primera mitad del siglo XX, los Marechal, González Tuñón, Borges, Arlt, rumbo al imán de la Librería de Manuel Gleizer. Por acá, la música ciudadana tuvo a Paquita Bernardo y Osvaldo Pugliese como sus titanes desde la esquina de Triunvirato/Corrientes y Cannig/Scalabrini Ortiz, con el corte y la quebrada, entre famosos cafés y pizzerías. Pero lo que se olvida en general es que el barrio es uno de los bastiones del mundo del trabajo que hizo a Buenos Aires.

Fábricas y fábricas que se apostaban en el “barbijo de un rostro malevo” (González Tuñón), el Arroyo Maldonado que cruza de punta a punta la ciudad por la avenida Juan B. Justo, y que tuvo, y aún tiene, a maltraer a la ciudad de fuertes lluvias y huelga de espacios verdes. Tan identificado con el mundo del trabajo, lo que algunos consideran la primera villa urbana con la federalización de 1880, que su día homenajea el apadrinamiento del intendente Antonio Crespo a la enorme Fábrica Nacional de Calzado, que iba de Warnes a Corrientes, entre Scalabrini Ortiz y Juan B. Justo, el 3 de junio de 1888. Que llegó emplear a miles de inmigrantes y fue líder de la industria nacional. El barrio de trabajadores de mil lenguas que Alberto Vacarezza elevaría con el sainete a los rasgos que tallan nuestra cultura, “Un patio de conventillo/un italiano encargado,/un goyega retobado,/una percanta, un vivillo;/dos malevos de cuchillo,/un chamuyo, una pasión,/choques, celos, discusión,/desafíos, puñalada,/aspamento, disparada,/auxilio, cana, ¡telón!” Villa Crespo sigue respirando éste aroma de conventillo multicolor, en calles arboladas de empedrado  y, también conserva, aquel ímpetu de progreso entendido en comunidad que el Megafón de Marechal enarbolaba contra los señores de la muerte.

 

 

El barrio está íntimamente ligado al arroyo Maldonado, muchas familias tradicionales de la Colonia e Independencia como Balcarce o Nazar instalan sus estancias de las afueras en los alrededores de la Chacrita de los Colegiales, actual Cementerio de Chacarita, con la necesaria cercanía del Maldonado -que refiere a la leyenda de la mujer que escapó del contingente fundador de Pedro de Mendoza-. En la actual avenida Corrientes, antes el Camino de los Muertos, comienzan a asentarse tímidamente los casas de los obreros de las curtiembres, que a partir de 1885 aparecen a la vera del indómito arroyo. Un recuerdo de los tiempos fundacionales es el mirador de 1875, construído por la familia pionera Comastri, que aún se encuentra dentro de la Escuela Técnica Ing. Enrique Hermitte, en Loyola 1500.

“Me dice que es cierto/que el tango nació en Villa Crespo”

Sería en 1888 que el Intendente Crespo demarcó la zona a urbanizar, planificado una futura plaza, la estación, la seccional policial, la escuela y demás edificios, la primera en la novísima ciudad, y esto alentó a los rematadores a denominarla Villa Crespo. Sin embargo, tuvo que pasar bastante tiempo para que se lo reconozca así, ya que durante  años el barrio fue llamado “San Bernardo” por la iglesia (1896) de la calle Gurruchaga, otra obra de bien público donada por el dueño de la Fábrica Nacional, Salvador Benedit. La curtiembre La Federal -que utilizó estructuras que participaron de la feria mundial que inauguró la Torre Eiffel en 1889-, los talleres metalúrgicos de Maspero, la fábrica de textiles Dell’Acqua, la Caja Mercantil (origen de la banca cooperativa), y muchísimas otras industrias y comercios alentaron el crecimiento explosivo del barrio, en las primeras décadas del siglo XX. En el escudo multicolor queda impreso al aluvión étnico, además de su fuerte pregnancia en el trabajo, el comercio y la cultura, aunque en el registro popular se pone más en relevancia a la comunidad judía, que recién llega escapando de la persecusión anterior a la Gran Guerra. De Rusia, Polonia y Ucrania son la mayoría que originan que al barrio se lo denomine por décadas Villa Kreplaj, destacando una de las comidas típicas de la colectividad.

 

 

“¿Dónde están aquellas chinas y esos hombres/vinchas rojas y sombreros que Requena conoció?”, se lamentaba Mercedes Simone en los veinte, recordando un barrio “bordado de delitos” que había cambiado de fisonomía creciendo en la cultura del trabajo. Que ya no tenía a los malevos como el Títere, a quien Jorge Luis Borges dedica unas coplas, “en cada esquina lo anda acechando el mal rato”.  Quien iría al rescate emotivo de aquel mundo sería el Tango, “El viejo farol de la esquina,/de luz mortecina,/me dice que es cierto/que el tango nació en Villa Crespo”, en los versos de Salvador Lamas. Que nacía en los cafés que bullían en avenida Corrientes, Celedonio Flores escribió “Mano a mano” en el Café La Pura (avenida Corrientes 5565), parador de los carreros rumbo al Mercado del Abasto, y Paquita Bernardo, de las primeras bandoneonistas, la primera que dirigió su propia orquesta, la descosía en La Venturita y el San Bernardo. Cuando a los 21 años Paquita formó un sexteto, en el piano estaba Osvaldo Pugliese, el inmortal autor de “La Yumba” y más de 600 tangos -una instalación artística lo recuerda en su esquina de Scalabrini Ortiz y Corrientes, donde dicen funcionó la primera pulpería en 1830. Lamentablemente el histórico pasaje Mangiante, a la altura de Camargo 569, no existe más, lamentable porque allí nació Bernardo, quien falleció prematuramente a los 25 años, dejando un imborrable legado para las futuras artistas “La Flor de Villa Crespo”. Como tampoco existe más el ABC de Córdoba y Scalabrini Ortiz, templo de Bernardo, Pugliese, Aníbal Troilo, y lo mejor de la década dorada del género en los 40´.

Pugliese Villa Crespo

“Arroyo Maldonado, cuneta rea,/agua-fuerte brutal de mi barriada,/hablar de Villa Crespo y no nombrarte/es tirar las palabras a una zanja.../Es decir que a este barrio milonguero/como a vos lo ha tapado la ignorancia...” se quejaba Celedonio sin comprender una Villa Crespo donde se podían comprar semillas de girasol, baclaváy pizza. Y que en los treinta ya había entubado el Maldonado y acercado el centro con el subterráneo, aunque las luces de la ciudad no eran necesarias viviendo en Villa Crespo, “entre Juan B. Justo y Scalabrini Ortiz había sobre Av. Corrientes, que entonces se llamaba Triunvirato, varios locales gastronómicos por cuadra, entre bares, cafés y glorietas. Nada que envidiarle a la Av. Corrientes del centro. Las glorietas, como La Victoria de Rossini, que se convertiría en el famoso café La Victoria, eran estilo “recreo”, con jardines, mesas al aire libre, juegos para chicos y espacio para bailar”, en Amovillacrespo.com.ar.

Se llama Villa Crespo

En esa época predominaron los conventillos y que hacían convivir hijos de distintos pueblos. Uno famoso barrio fue el Conventillo Nacional,  con sus 112 piezas, aunque no el primero ya que los obreros de los curtiembres habitaban otros desde el 900; varios levantados con los ladrillos que se cocían en las mismas curtiembres. Construído el citado en 1918 (con entrada por Serrano 148-158 y salida por Thames 152), conocido luego como El Conventillo de La Paloma, es un ícono de la cultura porteña porque inspiró a un hijo dilecto del barrio, Alberto Vacarezza. Mucho del mito de Villa Crespo deviene del creador del sainete, un observador sagaz de las costumbres y los sueños de los hombres, y que se condensaron en la pieza “El Conventillo de la Paloma” (1929), más de mil representaciones, catapulta de la carrera de Libertad Lamarque. A pocas cuadras en 1904 nacería el Club Atlanta, no solamente de blasones en el fútbol, sino de una intensa vida cultural y social. Y mucho tango, Miguel Caló, Juan D’Arienzo, Alfredo De Angelis y Pugliese, entre otros, animaron los míticos carnavales, y Juan Carlos Copes fue uno de los bailarines que lustraban la pista bohemia. Villa Malcolm -surgido el microbarrio de otro benefactor crespense, Juan Malcolm- y El Fulgor, aún abiertos, son otros clubes de linaje tanguero y amplias miras sociales.

Atlanta

 

“La piqueta del progreso/San Bernardo no se rinde”, en la letra del tango de Ricardo Bruno de 2013, denota los cambios operados en el nuevo milenio, que vio un resurgir comercial de Villa Crespo, reconvertida con outlet y casas de gastronomía gourmet. Movida modernista que trajo aparejada quejas de los vecinos debido a que en comunicaciones oficiales, y de inmobiliarias, se promocionaba el barrio como Palermo Queens (sic). En palabras de otro vecino dilecto, el escritor Leopoldo Marechal, que estudió en una escuela frente a la curtiembre El Federal y trabajó en una fábrica de cortinas en la calle Lavalleja,  y que mejor definen al barrio que no se rinde, “entre las mil ciudades que abajo (en la Tierra) perfuman el éter con el humo de sus chimeneas existe una: se llama Buenos Aires ¿Es mejor o peor que otras? Ni mejor ni peor. Sin embargo, los hombres han construído allá un barrio inefable, que responde al nombre de Villa Crespo

 

Fuentes: Del Pino,  D. A. El barrio de Villa Crespo. Buenos Aires: Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. 1974; Nogués, G. Buenos Aires secreta. Buenos Aires: Sudamericana. 2003;  Garasa, D. L. La otra Buenos Aires. Buenos Aires: Sudamericana. 1987.
Imágenes: Turismo Buenos Aires

Fecha de Publicación: 03/06/2022

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