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Historia de los barrios porteños. Vida y muerte separados por un muro en Recoleta

Uno de los cementerios más notables del mundo convive con una intensa movida cultural y comercial, coquetos espacios verdes y mansiones palaciegas. Solamente existe un Recoleta.

Alguna vez fueron tierras anegadas donde campeaban los bandidos y se celebraban romerías que trastornaban la chicha calma de la colonial Buenos Aires. Después llegó el cementerio, el primero público porteño, y la Recoleta se llenó de quintas y árboles, varios que aún se levantan en Plaza Francia. Pero el azote de la Fiebre Amarilla trajo nuevos vecinos, la aristocracia  nacional que tiraba manteca al techo y empedraba transformadora, y construía mansiones envidia de palacetes parisinos y jardines versallescos, como la Residencia Hume de 1890, al tiempo que erigía mausoleos de tintes faraónicos, a pocos metros. Y al igual que la antigua ciudad egipcia de Luxor, cúmulo del poderío de la sociedad y los rituales mortuorios, la Recoleta comenzó a tener un rasgo distintivo que la transformó en un imán irresistible perdurable para porteños y turistas. Por estas calles se popularizó el Tango, entre estos árboles se escucharon los primeros acordes del rock argentino. Fue la fuente de inspiración de literatos y cineastas como también de poetas, y en una mesita del Parque Japonés Baldomero Fernández Moreno retrató la ciudad de setenta balcones y ninguna flor.

Fue la temible Tierra del Fuego, la barriada marginal de los guapos del 900, como la cuna de la reaccionaria Liga Patriótica, que perseguía obreros y judíos en 1919. Cruce del atentado anarquista más grande del país en 1909 y la primavera democrática en el Centro Cultural Recoleta de los ochenta, en un ex asilo para ancianos y dementes. Entre sus incontables monumentos y los edificios art decó que rascan el cielo, Recoleta ofrece umbrales a los mundos de la Argentina.

Pobre Diablo, primer boliche con luces artificiales de la Recoleta

“Tras la muerte de Rodrigo Ortiz de Zárate, Juan, su hijo mayor, heredó las tierras. Según los datos de la época, Juan Ortiz de Garay vendió la chacra al capitán francés Beaumont a cambio de un traje completo de hombre, dado que consideraba que ese lugar no tenía ningún valor. En 1608, el capitán decidió vender esas tierras por una tenaza, una peluca y un abrigo común. Paradójicamente, hoy por hoy, Recoleta es una de las zonas más cotizadas de Buenos Aires”, refiere barriorecoleta.com.ar. Digamos que tampoco tuvieron demasiado relevancia para Juan de Garay en 1580, que solamente asignó 6 de las 65 parcelas fundacionales a la futura potentada Recoleta. Tampoco serán de relevancia cuando María Josepha Basurco y Herrera en el siglo XVII, la mujer más rica de la época, la cede a un matrimonio, Fernando Miguel de Valdés e Inclán y Gregoria de Herrera y Hurtado, que a su vez la donaría a los frailes Recoletos descalzos de la Congregación Franciscana en 1716. Así a esta zona se la llamó de los Recoletos, la Recoleta. Fueron los jesuitas quienes se encargaron de la construcción de la iglesia Nuestra Señora del Pilar, inaugurada el 12 de octubre de 1732 -fecha de celebración del barrio-, aún en pie en la calle Junín, y quienes hicieron el trabajo de nivelar las calles y arbolar los paseos, que serían utilizados en las quintas que empiezan aparecer en los alrededores; en conjunto a la actividad del matadero que funcionaba en las actuales avenida Pueyrredón y Las Heras -en ese entonces calle Chavango, que tenía su origen en el Hueco de Cabecitas, actual plaza Vicente López. A fines del siglo XVIII el agrónomo Martín Altolaguirre planta los primeros vides de la región, en su quinta de las actuales Callao y Quintana.

Describe el iracundo Fray Castañeda, guardián del convento de los Recoletos, en 1816, “siéndome muy bochornoso el ver la plazoleta de este convento cortado por un arroyo, y deseando que el pueblo la tuviera decente para las dos únicas romerías que tenemos del Pilar y San Pedro de Alcántara, he emprendido la obra de componerla por medio de represas haciendo al mismo tiempo practicable la barranca para coches y carretas”, anticipándose a las obras de modernizadoras del intendente Torcuato de Alvear por más de medio siglo. Medio siglo que la Recoleta resultaba más integrada a las plantaciones y la explotación ganadera de la vecina San Isidro que a Buenos Aires. Y todo el aspecto era de oscuros pantanales y peligrosos pajonales sobre barracas pronunciadas en esos caminos; la calle Larga, actual presidente Quintana, o la calle Callao (1822), que terminaba en el río prácticamente, o en el boliche Pobre Diablo, donde se celebró con fuegos artificiales la unificación de Italia en 1870. Y el sonido ambiente era de las lavanderas negras y pobres que se acercaban con la faena diaria, sumados al silbido de labradores humildes. Al año siguiente todo cambiaría por la peste amarilla que mató a un tercio de la población.

Paseo por la historia nacional en un cementerio

En poco más de diez años la Generación del 80 trastocó el paisaje de lo que eran unos desperdigados y empobrecidos alrededores de un olvidado camposanto, inaugurado en 1822 como Cementerio del Norte en tierras expropiadas a los religiosos por Rivadavia, en un vecindario opulento, que transformó la ceremonia funeral en un lujo ostentoso. En cuatro manzanas que ocupa el Cementerio de la Recoleta, denominado así desde la década del 40, y al cual se entra por un pórtico de 1881 que conservó la fachada de 1822 del francés Próspero Catelin -el mismo que diseñó la Catedral de Buenos Aires-, y en 4700 tumbas, se alberga algunos de los apellidos más ilustres de la historia argentina, entre varios, Sarmiento, Mitre, Eva Perón, Quiroga -la Dolorosa de Tantardini que preside su bóveda se considera la primera pieza de arte esculpida del país, “ni siquiera esta escultura pudo escapar a los odio políticos… en una ocasión pretendieron destruirla tirando de ella con sogas y hasta caballos”, acota María Rosa Lojo-; y es un fabuloso muestrario de los estilos arquitectónicos del siglo XIX y XX.