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Historia de los barrios porteños. Retiro, santuario de la vida en tránsito

En pocas cuadras condensa los claroscuros de la Reina del Plata. Suntuosos palacios y rascacielos, nudo ferrocarrilero de la Nación, y finas avenidas, además es zona de alto tráfico y densidad humana, hábitat de la populosa Villa 31.

La Torre Monumental vigía desde 1916 los humores y las vértigos de Buenos Aires. Recibe a diario a miles de transeúntes que escalan por Plaza San Martín, donde el Libertador entrenó al ejército que liberaría un Continente, al corazón financiero e empresarial porteño; mientras otros tantos deambulan en los comercios y bares de sus monumentales estaciones ferroviarias, rumbo a sus destinos en orbes desarmadas. Terminales de colectivos de subte y colectivos, urbanos y transurbanos, movilizan a cientos por bellas arterias que conjugan palacios de esplendores inacabables, con tesoros de la arquitectura de vidrio y hormigón. Museos virreinales y teatros colosales, edificios que traen reminiscencias de grandes construcciones en el mundo, de todas las épocas, desde la Antigüedad a las grandes marcas burguesas, y monumentos en una apretada síntesis de los hombres que hicieron una Nación, algunos de los hitos salientes junto a mitos de rivalidades femeninas que llegan al cielo, y tres sargentos valientes reduciendo en un pelotón realista. Y si sumamos el Hotel de Inmigrantes a la Torre, uno hogar del futuro de generaciones de argentinos, el otro referencia de una capital nacional con pasado de colonia, en Retiro el inagotable movimiento es señal de nuevos arribos, nuevas esperanzas.   

Sobre su pasado existen dos versiones. Una es que el mismísimo Juan de Garay instaló una cruz para delimitar el fin del ejido urbano en 1580. La otra, más en sintonía con el sueñero Jorge Luis Borges, vecino de Retiro al igual que el autor del “Santos Vega”, Rafael Obligado, habla de un criminal Sebastián Gómez, que venido con Pedro de Mendoza, eligió como pena vivir ermitaño y dedicado a la religión en este paraje desolado, solamente visitado por canoeros charrúas.  Y cuando llegaron los paraguayos de Garay, a fundar Buenos Aires, se encontraron medio siglo después con la cruz de Sebastián. Ya en 1608 este paraje se empieza a conocer de la Ermita de San Sebastián y será un punto de referencia de retiros espirituales. Ese mismo siglo el gobernador de la ciudad, Agustín de Robles, decidió construir la casa más suntuosa del momento, con más de cuarenta habitaciones, que prefiguraría el lujo y ostentación de las residencias de fines del siglo XIX y principios del XX como el Palacio San Martín, hoy Cancillería, propiedad de los Anchorena; el Palacio Pereda, cuyos propietarios en 1920 poseían hectáreas que sumaban tres provincias, hoy sede de la Embajada del Brasil; y el Edificio Mihanovich, con fuertes reminiscencias en su cúpula del Mausoleo de Halicarnaso, en Asia Menor. Fue un 30 de junio de 1696 que el Virrey del Perú, Conde de la Monclova, autoriza a construir la gran mansión al gobernador colonial, en las actuales Maipú y Arenales. Por ello este día se reconoce como el Día del Barrio de Retiro.

Torres y plazas de Retiro, salpicón nacional

Volviendo a los tiempos virreinales, esa residencia de lujo del gobernador, que empieza llamarse la Quinta del Retiro, pasa a manos de esclavistas ingleses de la South Sea Company en el siglo siguiente. Allí Manuel Mujica Láinez ubica el maravilloso y terrible cuento de “La pulsera de cascabeles”, a pasos de la ex Torre de los Ingleses, un obsequio de la comunidad británica por el Centenario de la Revolución de Mayo aunque inaugurada en 1916 debido al luto por la muerte del rey Eduardo VII. El carrillón de bronce de esta torre de estilo palladino, imperante en la Inglaterra del siglo XVI,  replica a la abadía de Westminster, y la campana pesa siete mil kilos, elevada en el terreno que ocupaba la vieja estación de gas. Otra curiosidad es que representa en su simbología el poderío del imperio británico con la vecindad de la casa del pintor uruguayo Pedro Figari por Marcelo T. de Alvear al 700, que resaltó la cultura afroamericana, y que cercana, se halla el tótem de la vapuleada tribu esquimal Geeksen, en la Plaza Canadá, también donada por británicos. Y frente a la plaza de la Torre, el gran Cenotafio Malvinas, que recuerda a los caídos en el conflicto bélico de 1982 por las Islas Malvinas y Atlántico Sur contra Gran Bretaña.    

La Plaza San Martín, que luego de la Plaza de Mayo quizá sea la de mayor significación histórica nacional, fue cambiando de nombres a partir del desuso de la Plaza de Toros en 1801 -se demuele finalmente en 1822 aunque tiene su importancia porque obligó a pavimentar Florida, la primera de la Ciudad-. Pasó de llamarse Campo de la Gloria, en recuerdo de la defensa de Buenos Aires en 1807 contra los invasores británicos, a Campo de Marte, solar de entrenamiento del Regimiento de Granaderos de San Martín. Allí el homenaje con el monumento al Libertador, obra del francés Louis Daumes en 1862, rematada la base en 1912 por el alemán Gustav Eberlein. Hasta bien entrado el siglo XIX era un barrio de extrema peligrosidad, con prostitutas y malandras de toda calaña, tal cual la vieron en su acampe los ejércitos de tres países, al mando de Justo José de Urquiza, y que habían derrotado a Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros, en 1852.

Llega el progreso y algo más

Todo cambiaría con la inauguración de las líneas ferroviarias, la primera el Ferrocarril de Norte en 1862, antecedente de las estaciones centrales de los trenes Mitre, Belgrano y San Martín -la primera fue en su época la mayor construcción metálica del mundo y la primera electroneumática de Latinoamérica-; la consagración de la plaza  San Martín en 1874, diseño de Eugéne Courtois ampliado en 1933; y la subsiguiente edad de oro de los palacios y rascacielos porteños, que se coronan con espléndidos exponentes como el Plaza Hotel, y el Kavanagh de ciento y cinco departamentos. No hay ninguna constancia de la malicia de Doña Cora Kavanagh de erigir esta mole, el primero en hormigón armado más alto de Sudamérica, inaugurado el edificio inteligente en 1936, ya que obstruye la vista desde el palacio Anchorena, la actual Cancillería, de la Basílica Santísima Sacramento. El Palacio era de su enemiga Mercedes Castellano de Anchorena, la benefactora a la sazón del templo. Pero que las hay, las hay.

Durante la construcción del Kavanagh se instaló la gigantesca cruz que recibía los manifestantes del Congreso Eucarístico Internacional, que en 1933 se calcula superó los tres millones en las calles. Venían por las avenidas Santa Fe y Alvear, que apuntan o desembocan hacia la plaza San Martín, y permiten observar en muy pocas cuadras, en paralelo a sus laterales Arroyo o Juncal, una lluvia de estilos arquitectónicos de los últimos tres siglos.

El Palacio Noel (1922) en la calle Suipacha al 1400, sede del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, uno de los mayores acervos del mundo en arte colonial y casa de una fabulosa colección de instrumentos musicales junto a un bello jardín, se destaca de su entorno por un estilo neocolonial. A unas cuadras, en la intersección de Córdoba y Libertad, el Teatro Nacional Cervantes (1921) también recupera el pasado español porque a pedido de sus gestores y financistas, los actores María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, replica el Colegio Mayor de San Ildefonso de Alcalá de Henares en España.

Vendaval de presente

Aquellas y otras invitaciones a diferentes tránsitos y velocidades, desde las torres espejadas de Catalinas a las paredes multicolor de la Villa 31 -barrio vulnerable-, que el escritor Marcelo Cohen captura como antes lo habían hecho Roberto Arlt y Beatriz Guido. “Como otras veces en mi vida fui aquietar la cabeza a Retiro, el santuario de la vida en tránsito. Y ahora los verbos de esta historia cambian de tiempo. Acá estoy, en un vendaval de presente”, avanza Cohen en la crónica “Retiro. La estación”. En un barrio de Retiro que es ojo de huracán y cifra porteña que no cesa.

 

Fuentes: Retiro, testigo de la diversidad. Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires. Cuaderno Nro. 3. Buenos Aires. 1998; Zigiotto, D. M. Las mil y una curiosidades de Buenos Aires. Buenos Aires: Norma. 2008; AAVV. Buenos Aires. La Ciudad como plano. Buenos Aires: La Bestia Equilátera. 2012.

Imagen: Turismo BA

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