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Historia de los barrios porteños. Puerto Madero, de muelle a barrio

La nueva gema de Buenos Aires, el 8 de marzo su día, celebrando a las mujeres homenajeadas en sus calles, posee una historia menos glamourosa que el presente.

Las 170 hectáreas de Puerto Madero fueron codiciadas y abandonadas en cien años. Con un nacimiento problemático, tanto porque debe el origen a un polémico puerto en 1882, como por la desconexión evidente con el desarrollo histórico urbano porteño, a partir de 1989 la acción mixta estatal y privada dio impulso a una de las zonas más pujantes de Buenos Aires. Donde antes había dock y grúas, símbolos de la riqueza y el trabajo nacional, se instalaron restaurantes y torres, que ensombrecen a la Costanera Sur a sus pies. Por sus avenidas y calles, las mujeres argentinas son al fin reconocidas y valoradas, y el Puente de la Mujer abre los brazos y abrazos. Asimismo espacio de consumo de las clases pudientes y extranjeros, este barrio al poseer casi la mitad del terreno en paseos, y espacios verdes, terminó siendo enclave del descanso de los sectores populares de la ciudad y el conurbano. Todavía en construcción como en mil ochocientos, como lo demuestra el reciente túnel de tránsito pesado, y los proyectos inmobiliarios que avanzan en dirección a la Reserva Ecológica, el barrio de Puerto Madero revela los oleajes, y remolinos negros, de una ciudad sin salida a un mar abierto y limpio.

Desde que Buenos Aires fue Buenos Aires, el puerto fue el gran problema argentino. La creación del Virreinato, las invasiones inglesas, la Revolución de Mayo, el conflicto entre unitarios y federales, Rosas, la federalización, algunos de los jalones que vinculan el ímprobo pero codiciado muelle a los momentos que marcaron el destino criollo. Ya Juan de Garay en 1580 advertía las dificultades naturales por el escaso calado del lecho y había trasladado el atraco al puerto natural ofrecido en la desembocadura del Riachuelo. Y así fue hasta mediados del siglo XIX cuando las autoridades porteñas, instaladas en el antiguo fuerte, luego rodeadas de la proto city financiera y exportadora, pusieron los ojos a pocas cuadras. A la playa desolada y baja donde hoy se asienta Puerto Madero, solamente interrumpida esa tranquilidad diurna por las lavanderas o los botes que esforzadamente arriban con los pasajeros de alcurnia, a cientos de metros a los hoteles céntricos, prudentemente los grandes barcos atracados lejos por temor a encallar en tierras fangosas y oscuras. Los menos arriesgados, optaban por vaporcitos que iban y venían de La Boca, y de allí al Plaza de Mayo, en el precario camino de piedra entre sauces que gustaba a Manuelita Rosas. La Aduana Taylor (1855, hoy sus restos se exhiben en el Museo de la Casa Rosada) y el muelle Santa Catalina (1870), a la altura de la avenida Córdoba y construído por el empresario -y luego intendente- Fernando Seeber, rompían la monotonía del paraje, junto al Paseo de Julio -actual Leando N. Alem-, cita de la clase alta los fines de semana.

En la década de 1870 llegarían proyectos disímiles, enfrentados, que iban a transformar radicalmente el viejo Bajo. Allí desde la Colonia al rosismo las clases populares, y particularmente las naciones negras, solían  realizar festejos y bailes, muchas veces prohibidos y perseguidos por la policía. Además se instalaron astilleros, empleando genoveses inmigrantes, por lo que no era un “espacio despoblado y agreste” como suele repetirse.