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Buenos Aires - - Miércoles 18 De Mayo

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Historia de los barrios porteños. Pompeya, paredón y más que después

Barriada populosa íntimamente ligada a los acontecimientos que hicieron la ciudad, Pompeya creció con aroma de Tango y sudor en la frente, a la vera del ejemplo comunitario de la imponente Basílica.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Pompeya

“Se alzaba, materialmente, entre pantanos, baldíos bajos, terraplenes y montañas de basura o desperdicio industrial….lagunas oscuras, veredones desparejos…trenes cruzando las tardes, faroles  rojos y señales verdes, tenía su poesía”, anotaba Homero Manzi en la contratapa de la partitura “Barrio de Tango” (1942), uno de los tantos artistas que canta a estas cuadras que aún conservan la estirpe orgullosa de barrio-pueblo, Pompeya. Cuadras que exhiben como pocas las huellas y vivencias de la Ciudad. Por el paso y camino de Burgos, avenida Amancio Alcorta, pasaron los invasores británicos en 1807, se disparó el último tiro de la Buenos Aires separatista de 1880 y ocurrieron las matanzas de la Semana Trágica de 1919. El poeta del Tango vislumbraba estas historias en Pompeya, “más allá la inundación”, inmortaliza “Sur” de Manzi-Troilo, desde el primer piso del Colegio Luppi de la calle Tabaré. Postales que quedaron en la memoria de Homero, “la esquina del herrero, barro y pampa”, y que definieron, en su genio, la identidad porteña. Porque más allá de la inundación, en algún baile entreverado de hijas del Pueblo de las Ranas en 1870, de la milonga se pasó al Tango derecho viejo de Villoldo y Arolas.

“Sos el cuadro bravo de la ciudad” diría otro poeta arrabalero, Carlos de la Púa,  que parece dialogar con una estrofa del grupo punk 2 minutos de los noventa, “relucían las cadenas/relucían las navajas”, dentro de un disco rockero que reflejaba la invariable dura vida en ambos márgenes del Riachuelo, mediado por Puente Alsina.  Barrio industrial y obrero, olor de río inmóvil y fantasmas de curtiembres y matarifes de chanchos,  que alumbró un alma vecinal, sin discriminación, que también hizo a Buenos Aires, “La gente era muy unida, muy de ayudarse unos a otros. Si uno estaba en problemas, siempre había quien le arrimara algo. A las cinco de la tarde todo el mundo salía de las fábricas -yo no recuerdo en el barrio a gente que haya trabajado en oficinas- y a las cinco y media, en verano, ya estábamos en la vereda tomando mate o íbamos a visitar a algún amigo, a algún paisano. Había muchos extranjeros, como nosotros y nunca nadie nos discriminó”, reconocía  Pablo Smith al diario La Nación en los dos mil, voluntario del Museo comunitario Manoblanca, que “acuna de recuerdos que acuna el bandoneón”. Otra vez el poeta mayor de Buenos Aires, Manzi, “ ¡Porteñito!... ¡Manoblanca!.../Vamos ¡fuerza, que viene barranca!/¡Manoblanca!... ¡Porteñito!/¡Fuerza! ¡vamos, que falta un poquito!”

Barrio de Tango

Conocida la zona de bañados desde la época de Pedro de Mendoza, por Pompeya y Parque Patricios pelearon indios y españoles en 1536, estas tierras que llegaban al Pueblo de Flores eran poco apreciadas por las continuas inundaciones, que barrieron todo a su paso por casi 400 años. Sin embargo dos de las familias más poderosas españolas, los Rojas y los Acevedo, tenían sus tierras, explotando la ganadería, anticipo de los saladeros que transformarían la fisonomía de barro a chimeneas. Según Arnaldo J. Cunietti-Ferrando el primer vecino auténticamente fue un soldado español, Domingo Díaz, que se estableció en una loma en 1728, en la bajada actual del Puente Alsina, y plantó los primeros árboles frutales, durazno, manjares de aquellos tiempos de la polvorienta ciudadela. Vendió al alférez Bartolomé Burgos la propiedad en 1744, quien controlaba este codiciado puesto de entrada de mercaderías legales  -y de las otras- por tierra y por río.  Por décadas sería conocido por paso y camino de Burgos. Previo paso por un filántropo virreinal como Francisco Álvarez Campana, impulsor de escuelas y establecimientos protofabriles en la zona, compra las mismas tierras el vasco Enrique Ochoa en 1820, que dedicado a la exportación, no solamente promueve el primer Puente Alsina (1857), erigido de madera autóctona luego de dos proyectos frustrados de mampostería de Enrique Pellegrini, y con el cobrador de peaje Martín Yrigoyen, ambos padres de futuros presidentes argentinos;  sino que da el primer impulso comercial y social a la zona con la industria pecuaria, particularmente la porcina –los chanchos fueron una postal de la Pompeya finisecular-. Graserías, curtiembres, fábricas de velas, de chancherías y chacinados fueron las fuentes de trabajo de los primeros inmigrantes a partir de 1860. Uno de ellos sería el italiano Santos Luppi, que levantó una curtiembre modelo en 1869, punto de referencia del sudoeste con su gigantesca chimenea y 30 mil metros cuadrados de talleres –del Barco Centenera y Esquiú-, y que mejoró la vida de sus vecinos con obras públicas, fundando la escuela con su nombre, que cerrada en 1927, formó a Manzi, Francisco Rabanal, Raúl González Alcorta, y varios destacados ciudadanos de la aldea que se transformó en megalópolis.   

Hacia el sur del Puente Alsina, camino a los Viejos Corrales, crecería el Pueblo de las Ranas, que llegaría a 3000 habitantes en el 900, pegado a las vías del Ferrocarril del Oeste, cercano al Riachuelo, y bordeando las actuales avenidas Vélez Sársfield y Sáenz. Gente marginada que vivía de los residuos urbanos desperdigados en la Quema -actual Parque Patricios-, hoy llamaríamos recicladores, y que se reunían en la fonda/prostíbulo de Mecedoro, a 300 metros del  Puente Alsina; para algunos cuna del Tango. Otros señalan ese punto mítico en la pulpería María Adelaida, en las actuales avenida La Plata y Corrales; que competía con la más célebre de La Blanqueada, en las ahora avenidas Sáenz y Roca, hogar de payadores y cuchilleros como el Isidoro Acevedo del poema de Jorge Luis Borges. Pobre en lunfardesca pasó a ser Rana; y había cientos en el barro y casuchas de Pompeya.

Pompeya Av Saenz

“Me apuntala toda la vida”     

La incorporación de Pompeya en 1887 a la Capital Federal, por ser anexa al partido de Flores, y las obras de nivelación de 1889, eliminando lomas y pestilentes arroyos,  mejoran las condiciones de la barriada-pueblo que aún se denominaba, indistintamente, de Los Corrales, Puente Alsina, del Bañado o Bajo Flores. Por entonces el capellán capuchino de las Damas de San Vicente de Paul, el italiano Darío Broggi, daba misa en condiciones míseras en una capillita de la calle Teuco y Tandil, dependiendo de la parroquia de San Cristóbal. Su determinación de elevar el nivel espiritual y educativo de los rudos feligreses, con el apoyo de la presidenta de las Damas, Adelaida Z. de Ayerza, hacen que el 14 de mayo de 1896 –día del barrio- se instale la piedra fundamental  de la futura Basílica de Nuestra Señora de Pompeya, una de las joyas del neogótico con sus espectaculares vitrales, en la esquina de Esquiú y avenida Sáenz. Colegio y dependencias impulsaron desde ese rincón olvidado la aparición de nuevos caseríos, instaurando el corazón barrial que, con la protección de la Virgen del Rosario, pasaría a llamarse de Nueva Pompeya. Una guerra de celos entre el cura de San Cristóbal y los capuchinos terminó en 1901 con el alejamiento de estos verdaderos benefactores. La obra recién concluiría en 1905 con el aporte del Estado, que finalmente se sumaba a las decenas de sacrificados donantes; varios del Círculo Católico Obrero, que empezó a funcionar allí mismo en 1899. Pompeya tenía y tendría una larga tradición de clubes, asociaciones y sociedades de fomento, con un precursor en la Asociación Cosmopolita del Bañado, y luego en la Fomento de la Parroquia de San Antonio, que promovió la primera reunión de todas las sociedades de fomento en 1923. Las terribles inundaciones de 1900, 1911 y 1913, que convirtieron a la iglesia de la avenida Sáenz en un centro de refugiados, motivaron la formación del Comité de Agitación de Nueva Pompeya. Estos vecinos promovieron denodadamente las obras de rectificación y contención del Riachuelo, recién realizadas en su mayor parte en los cuarenta.  Como colofón, en 1938 el viejo puente Alsina, que había sido reemplazado en 1910 con arcos hierros de Vasena –a metros tendría su depósito de carbón, sitio de una balacera contra obreros y vecinos en enero de 1919-, tuvo su modernización bajo los tintes neocoloniales de la arquitectura estatal de los treinta. En principio se le confirió el nombre del golpista del 30, Uriburu, pero el habla popular restituyó el tradicional Alsina – desde 2015 el Congreso de la Nación lo denominó Puente Ezequiel Demonty,​ en conmemoración de un joven víctima de brutalidad policial en 2002-​        

“Y que querés que le haga, a veces pienso en aquel barrio…era Pompeya en donde me crié y digo de mi madre la voz puesta en un cuento donde el mundo era de aire, luz y estrellas”, narra el poeta Julián Centeya, recordado en la Esquina de los Poetas de avenida Centenera y Tabaré; uno de muchos que se inspiraron en estas cuadras ranas, dramaturgos, cineastas, escritores y artistas. Desde Adolfo Bioy Casares a Pio Collivadino, pasando por Alberto Vacarezza a Abraham Vigo, la musa mistonga vino de “un callejón de Pompeya/y un farolito plateando el fango”, sonando de fondo el “claroscuro de guitarras”. Este espíritu tanguero pervive en Pompeya y, a la vez, sin desfallecer, la solidaridad, que levantó el centenario barrio Colonia Obrera a metros del Riachuelo, y que retrata en 1920 Evar Méndez en la revista Caras y Caretas, en la figura del maestro Juan Funes, “Hay en Buenos Aires una escuela admirable entre todas. Es la más pobre, la más sucia; no hay otra en un barrio peor, más inmundo, más infesto; no hay otra en mayor abandono; no tiene terreno ni casa propia y existe entre la basura, la ceniza y el humo. Es la escuela rantifusa, la miserable escuela de la Quema. Almafuerte le hubiera dedicado un himno”, cerraba el periodista y escritor, promotor de los martifierristas, que destacaba la tarea sin mirar a quien, desinteresada, del vecino de Pompeya. Al igual que los panaderos italianos Lomazzi y Magnani que repartían pan cada vez que el agua crecía. Y el hambre apretaba. Barrio-pueblo de puertas forjadas en la fraternidad.  “Pompeya es mi esposa/la que va conmigo y me apuntala/toda la vida”.     

 

Fuentes: Martin, L. J. El barrio-pueblo de Nueva Pompeya. Buenos Aires: Cuadernos 63 MCBA. 1989; Cunietti-Ferrando, A. J. El Paso de Burgos y el barrio de Pompeya en revista Historias de la Ciudad. Una revista de Buenos Aires. Año VIII  N° 45. Buenos Aires. 2008; Suárez, M. El establecimiento de los capuchinos en Nueva Pompeya en Colección de Estudios Históricos de la Ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires. 1991

Imagen: Turismo Buenos Aires

Fecha de Publicación: 14/05/2022

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