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Historia de los barrios porteños. El Barrio, su historia es Leyenda

Los porteños se adueñaron de los viejos vicus coloniales, simples agrupaciones de casas y etnias, y la reformularon para siempre en verdaderas repúblicas, con límites que no son geográficos ni urbanísticos, sino espirituales y sociales.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Barrios porteños

¿Qué es el barrio porteño? Esta oblicua pregunta viene animando desde hace lustros las academias y los salones, los cafés y las calles de los porteños, puestos a explicar al mundo uno de sus diferenciales que más los enorgullecen. Porque quien visite La Boca o Belgrano no tendrá las sensaciones y los olores de adentrarse en simples límites administrativos. Más bien percibirá los pasajes, arcanos y mitos de verdaderos pueblos-repúblicas ubicados en el imaginario, perfectamente recortados en el alma y la verba de sus vecinos, que dan la identidad única ante los extranjeros. Al viejo dicho, “Garay fundó Buenos Aires y los porteños los barrios”, los criollos desde la época colonial dieron razón erigiendo su Gran Aldea de sueños, fracasos, dolores y grandes esperanzas. Quien quiera explicar un barrio como Boedo deberá releer a Juan José de Soiza Reilly, el maestro de otro fundador porteño, Roberto Arlt, quien la diferenciaba claramente de los otros por su carácter “criollo, triste, inquieto, arisco, febril, pendenciero, inocente e iconoclasta” en 1931. En la otra esquina, para las despistadas autoridades, recién fue barrio Boedo en ¡1972!  

¿Qué es el barrio porteño? Por supuesto, no un mapa extemporáneo e incoloro de comunas. Es todo una geografía emocional y vivencial, murallas invisibles, una aventura hecha de varios, que el azar y la voluntad los arrojaron a la vera del Río de la Plata. Un barrio porteño solo se delimita y reconoce en el alma y la vida de un porteño.

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Barrio, pa´ mí

“¿Qué es un barrio al fin de cuentas? Pues algún potrero donde comíamos finucho o pateábamos la pelota y la vieja nos llamaba a comer. Es el lugar de nacimiento donde aún vive la madre y donde se come”, definía el antropólogo Rodolfo Kusch, sosteniendo el por qué la ciudad del plano de los funcionarios “no nos convence” porque son las cuadras “pa´ los otros no pa´ mí…una ciudad sabia, con sus rincones entrañables, en la que lloramos y reímos…-que- mantienen el nexo y el sentido de la vida…esas cuatro cuadras que uno siempre recorre”, desestimando cualquier caprichosa jurisdicción municipal -¿qué tienen que ver el obrero Parque Avellaneda y el campero Mataderos, unidos con tinta leguleya?-

Curiosamente, las distintas ordenanzas de Buenos Aires que confieren nomenclaturas desde 1769 –aunque se viene respetando asombrosamente el orden impuesto por Rivadavia en 1822- , no se ocupan de definir a qué se llama barrio. Buscando la etimología, en la España de la reconquista a los moros empezó a llamarse “barrios”, del árabe “barr”, afueras, a las poblaciones sometidas que quedaban marginales de los “centros” urbanos históricos y políticos. Esta proyección de un centro poderoso, imán, tentador, y una periferia satélite, inferior, inmaculada, quedará impresa en el memoria colectiva rioplatense de los siglos; si no basta ver la letrística del tango y el rock argentino de antagonismos entre las luces del Centro y el humilde Arrabal – otra acepción arábiga, si bien no es exactamente lo mismo que el barrio, ya que designa arrabal más bien a los extramuros, más marginales, imposible.     

Barrios porteños: primera generación, el olvidado nacimiento colonial

Recién hacia 1729 aparece la palabra barrio en un documento virreinal, “Explicación de las quadras y distancias que tiene Buenos Ayres”, para las apenas 20 manzanas cuadradas que irradiaba el Fuerte. Y los primeros barrios que los porteños denominaron fueron el Alto de San Pedro, el Barrio Recio y el Barrio de San Juan, alejados de la plaza y el cabildo. De todos modos los nombres para ellos alternaban entre arrabal, cuartel, parroquia y alcadía debido a que en 1734 otro bando fija los cuarteles para identificar los amplias zona alejadas de la Plaza Mayor, ligando por siempre los nombres de la dueños de las tierras como Gaona, y las parroquias, como los barrios de Santo Domingo o de la Merced. En el fondo, estas medidas tendían a demarcar responsabilidades de propietarios ante un eventual contrabando por sus terrenos. Cada uno de estos contaba además con alcaldes, desde las reformas del progresista Virrey Vértiz (1778-1784), y ellos tuvieron un papel fundamental durante las Invasiones Británicas y la Revolución de Mayo, tanto para acendrar el espíritu patriótico, como para prefigurar el ser porteño aquerenciado a sus cuadras. Porteño que en esos años de la Independencia era sinónimo de argentino.

Juan Francisco Aguirre, que visitó la ciudad capital virreinal, dijo en la antesala del siglo XIX que a pesar de la medianía edilicia y el accidentado desarrollo del ejido urbano –que se mantendría en peligroso desnivel, zanjas, arroyos y lomas hasta el fin del rosismo- “Buenos Aires tiene visos de las ciudades de primer orden, con un horizonte de expansión”. Algo de esta ilusión de grandeza habría cuando se pasó de 1530 escrituras en 1773 a 9000 en 1800, que hizo brotar nuevos barrios alejados como el del Retiro o San Juan. Las capillas y oratorios privados como las de Montserrat o Piedad, levantadas por familias patricias que las transformarían en iglesias, empezaron a nuclear nuevos barrios con visos de pueblos en el sur y el oeste.

“Es una maravilla ver como se está reedificando –señal de alarma, Buenos Aires borrando el pasado como síntoma-y fabricando casas de nuevo, todos los días y en todos los parajes” alababa el Virrey Arredondo un impulso que los gobiernos patrios no detendrían, con las azoteas que reemplazan los techos de teja, incluso en los paisajes salvajes más alejados como en el Pueblo de Flores. Con la ciudad federal que repartía 62 mil almas en 29 cuarteles o barrios, desde las más residenciales como el San Miguel a los más distantes, La Boca, la ciudad separatista (1852-1859) reagrupa los vecindarios en once, con el lento crecimiento hacia el oeste en Balvanera, Almagro y Caballito.

Barrios porteños: segunda generación, modernización y futuro del bueno

El barrio porteño moderno se cocinaría al calor de las masas inmigratorias, que lentamente irían perfilando el rasgo característico de los nuevos vecindaruis, algunos pueblos antes como el de Belgrano anexado en la federalización 1880, y otros horneados en el progreso de las comunicaciones ferroviarias, girando en torno a estaciones de tren y tranvías, Chacarita y Villa Urquiza, o el esfuerzo pionero de familias como Devoto, Soldati o Luro. Son las instituciones barriales las que toman la iniciativa urbanística, distinta a la época anterior de autoridades eclesiásticas o municipales, y dan una enorme autonomía social, cultural y espiritual, a esos muros contra los cuales “es inútil lanzar dados o golpear destrozándose las manos”, en palabras de Estela Canto, y que explican los sentimientos de Kusch citados: esas cuatro cuadras el barrio donde quedará marcado a fuego por la memoria tanguera. Para el porteño, de Palermo o de Barracas, la Parte es mucho más que el Todo. Siempre supo que el mapa nunca fue el territorio.

No son los cien barrios de la estampa inmortal cantada por Alberto Castillo, son 48 con la incorporación de Puerto Madero; y que tuvieron durante la dictadura de Onganía en 1968 y 1972, y la reorganización comunal a partir de Mauricio Macri en 2007, distintos intentos de ordenar y nomenclar, base también a la constitución de la ciudad autónoma vigente desde 1996, sin que los porteños se enteraran. Buenos Aires como en los tiempos de los virreyes. En parte lo explica Mario Sabugo, “los barrios, por su parte, si bien carecen de funciones específicas, representan culturalmente las identidades ciudadanas. Los vecinos se reconocen a sí mismo en los barrios; y no sucede lo mismo con las circunscripciones. Si se desea que las comunas sean socialmente animadas por un sentimiento de pertenencia comunitaria y territorial, la matriz barrial parece la más aconsejable, y se deberían establecer sus áreas por agrupación de barrios contiguos con simpatía geográfica, histórica y cultural” Una asignatura pendiente que potenciaría barriadas que persisten en ser construíadas carne y cemento con argamasa de imaginación y letras, antes Borges y Ezequiel Martínez Estrada, Homero Manzi y Eladia Blázquez, hoy Eduardo Sacheri, Leo Oyola y Claudia Piñeiro, y siguen las poéticas vivas. Quizá habría que hacer a las ciudades a escala Barrio y transformarlas para vivirlas, de una buena vez:

“Se cumplió la belleza de la no-historia; se suprimieron los homenajes a capitanes, generales, abogados, gobernadores en los que no se recuerda el nombre de ninguna magnífica obra de madre, ninguna gracia fantástica de niño, ni suicidio sin luz de joven atontado por la vida: se dejó su muerte a los muertos y se habló sólo de lo viviente: la sopita, el mantel, el sofá, la lumbre, el remedio feo, los zapatitos, la escalerita, el nido, la higuera, el pino, el oro, la nube, el perro, ¡Pronto!, las rosas, el sombrero, las risas, las violetas, el tero (...) plazas y parques con los nombres de las máximas vivencias humanas, sin apellido: calle de la Novia, el Recuerdo, el Infante, el Retiro, la Esperanza, el Silencio, la Paz, la Vida y la Muerte, los Milagros, las Horas, la Noche, el Pensamiento, Juventud, Rumor, Pechos, Alegría, Sombras, Ojos, Paciencia, Amor, Misterio, Maternidad, Alma. Se deportaron todas las estatuas que enlutan a las plazas, y su lugar quedó ocupado por las mejores rosas; únicamente se sustituyó la de José de San Martín por una simbolización del ´Dar e Irse´”, en “Museo de la novela eterna” (1925-1967) de Macedonio Fernández. Otro fundador que comprendió la llama ancestral, escondida en calles confidenciales y livianas, veredas anchas y frescas, donde las casas de ventanas abiertas son como linternas en filo, del San Buenos Ayres de los Barrios.

 

Fuentes: Piñeiro, G. Barrios, calles y plazas de la Ciudad de Buenos Aires. Origen y razón de sus nombres. Buenos Aires: Instituto Histórico de Buenos Aires. 1997; Barela, L. Sabugo, M. Buenos Aires. El libro de los barrios. Buenos Aires: Instituto Histórico de Buenos Aires. 2004; Gorelik, A. La grilla y el parque. Espacio público y cultura urbana en Buenos Aires. 1887-1936. Buenos Aires: Universidad de Quilmes. 1998

Imágenes: Buenos Aires.gob

Fecha de Publicación: 21/10/2022

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