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Librerías de Buenos Aires. Historia de los templos de la pasión porteña

Con un número que supera la cantidad de librerías por habitante desde México a Río de Janeiro, las librerías porteñas tienen buenas nuevas, secretos y joyas que son patrimonio de la todos, de la mano del buen librero.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Librerías de Buenos Aires

Las librerías de Buenos Aires son los umbrales a otros mundos, a nuevas perspectivas, y nos hacen mejores. Sin ellas, si muchas sacaran sus mesas de saldo de la calle, y embalarían fatal sus tesoros de papel, seríamos realmente pobres, en un solo decretado instante. Eso ya lo sabían Roberto Arlt y Manuel Mujica Láinez; Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnik; Néstor Sánchez y Batato Barea. De viejo, de cadena, boutique, tienda de café-libro, pasan las maneras de llamarlas, pero quedan los libreros y los lectores. En una ciudad que es la capital del libro de Latinoamérica y con nada que envidiar a New York y Madrid. ¿Exageramos? ¿Dónde nació el pensamiento que haría una Nación? ¿Dónde Jorge Luis Borges pudo soñar con el Aleph? ¿Dónde se pudo conseguir una Biblia de Gutenberg que actualmente se exhibe en el Museo Británico de Londres? ¿Dónde encuentra el narrador de Umberto Eco de “El nombre de la rosa”, la inhallable Comedia de Aristóteles? ¿Y dónde queda la librería que el National Geographic señaló la más linda del mundo? Tache Buenos Aires y, por favor; más book, sea papel, digital o audiolibro, menos fakebook/ tikfaketok, diría otro gran lector, Luis Alberto Spinetta. Y esperemos que ningún mandón, que ajusta números del almacén y mata sueños en molde de varias generaciones, haga inalcanzables a los libros porque, “de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”. Lo dijo un tal Borges, un milagrero de Palermo, de su querida Librería Ciudad de la Galería del Este, al mundo.

Como para empezar ya que estamos por la calle Florida, en la -hoy desolada- Galería del Este y su -desaparecida- librería donde Borges pasaba tardes y tardes, Gabriel García Márquez firmó la primera edición de “Cien años de soledad” en 1967, y Ray Bradbury, en los 80, también solicitó dedicar ejemplares.

Una prosapia dorada que arrancó mucho antes en la ciudad si bien hasta bien entrado el siglo XVIII no conocía de librerías. Es que pasó tiempo para que los habitantes del Río de la Plata tuvieran imprentas, proveedores de libros, librerías y libreros. Los porteños, por ejemplo, habían quedado muy rezagados con respecto a las misiones jesuitas, donde funcionaban imprentas, y se imprimían libros en guaraní y en otros lenguas nativas. Justamente la expulsión de la Compañía de Jesús hizo que 1780 llegara desde Córdoba la famosa imprenta de los Niños Expósitos, de dónde saldrían los primeros libros y publicaciones que alimentaron la Revolución de Mayo. En aquel tiempo, lo habitual era que los libros se ofrecían junto con otros productos como medicinas y comestibles.

Librería y Revolución

Uno de los primeros nombres que aparecen dedicada a la comercialización de libros es Joaquín Silva y Aguilar, que tenía su local en la actual calle Suipacha, y que fundamentalmente los vendía a las autoridades virreinales y de la curia. En 1785 se establece La Botica, en la esquina de las actuales Alsina y Bolívar, y que pondría a la venta pública desde tabaco y botas a facones y libros. Allí empezó a comprar Manuel Belgrano, que constituyó una de las mayores bibliotecas de su época, y aunque murió en la pobreza, donó todo ese material a la Biblioteca Nacional. Junto con el creador de la bandera, varios de los revolucionarios de Mayo, como Juan José Castelli y Bernardo de Monteagudo, pasaban por lo que sería llamada la Librería Del Colegio, frente al colegio San Carlos, frente a la Manzana de las Luces, frente al actual Nacional Buenos Aires.  Y que hoy, denominada Librería del Ávila desde 2003, es una de las librerías más antiguas del mundo, aún en funcionamiento con sus dos plantas, y quizá la más completa relacionada con la historia argentina y porteña.

Fue en otra librería que el proyecto de los revolucionarios criollos iba a tomar forma de Nación. En 1833, Marcos Sastre abre la Librería Argentina, en la calle Reconquista al 50, y ofrece novedosos sistemas en la difusión del libro porque inventa la librería circulante, con la posibilidad de por suscripción leer libros, en el mismo local, o en las casas -los Cané y los Rodríguez Peña, de los primeros en suscribirse. Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez, y particularmente la voz de esa generación del 37, Esteban Echeverría, serán los motores espirituales e intelectuales de esas tertulias en el Salón Literario, que durarían lo que duró la tolerancia del Restaurador de las Leyes, Juan Manuel de Rosas. Casi cuatro años que sentaron las bases para la futura Constitución Argentina, inspiradas tanto en el socialismo romántico echeverriano, como en el liberalismo alberdiano; ambas ideas que venían allende mares. Y en libros.  Y pudieran ser conocidas, leídas y discutidas por el esfuerzo del librero-pintor Marcos Sastre; que además exponía una pequeña galería de pinturas en la misma sede, la última en la calle Victoria 59 -hoy, Hipólito Yrigoyen.  

Libros por kilo

Después de la caída de Rosas, el español Benito Hortelano es una figura central con su Librería Hispano-Argentina, al igual que Carlos Casavalle y la Librería de Mayo; dónde Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento, y tantos otros intelectuales y políticos. bordaban la generación del 80, y consolidaban la definitiva organización nacional. Eran los años que José Hernández, autor del poema nacional Martín Fierro, también tenía su local, Librería del Plata, y Florentino Ameghino abría otra científica, homenajeando su descubrimiento arqueológico, El Glyptodon.

Hacia el novecientos el punto neurálgico de las librerías era la calle Florida. Las librerías de Arnoldo y Balder Moer y la de Espiasse constituían los dos santuarios de peregrinación de intelectuales y artistas. Una de las innovaciones de estos libreros, además de las presentaciones de libros y conferencias, serían las vidrieras dedicadas a un único autor. En uno de los locales de Moer, el que dejó en los treinta, se establecería otra célebre, la Librería Cervantes.

En 1930, en medio de las tantas crisis que amenazaban en hundir el campo editorial en plena expansión, Juan Torrendell, el increíble editor de Tor -el sello más popular argentino del siglo XX-, en la calle Maipú vendía libros por kilo, generando una suculenta discusión entre los escritores, y un gracias totales entre los lectores.  Borges, dicen, fue de los pocos que defendió la estrategia comercial. Jorge Luis que se arriesgaba a Villa Crespo, allá en Triunvirato el 500, y en una modesta librería, luego editorial, que no solamente publicaría las primeras obras del gran escritor argentino, sino que a varios otros notables, Leopoldo Marechal, Eduardo Mallea y Raúl González Tuñón. Tertulias cumbres en la librería de Manuel Gleizer, en las cuales Arlt era un especial invitado, mientras inventaba la novela nacional contemporánea.

La librería más linda del mundo, Buenos Aires

Como bien dice Álvaro Abós, Florida será el kilómetro cero del libro, que se extenderá por las principales arterias y callecitas. Por Avenida de Mayo habrá algunas históricas, la recientemente desaparecida Librería de las Luces, o muchas de viejo, de las cuáles la única que sobrevive es El Túnel. Al 700 ofrece un abanico que puede sorprender a más de un bibliófilo. A la altura de Congreso, cuando Rivadavia continúa la avenida de Mayo, la universitaria librería Eudeba sostiene el legado de Boris Spivacow, “Libros para todos” y “Libros para ser libres”. Yendo hacia Retiro, en Casares Libros, se pueden encontrar libros del 1700 en adelante. A propósito, un siglo atrás, en la librería de viejo de Rafael Palumbo, que retrataría sombrío Arlt en “El juguete rabioso”, un cliente avispado revolvió y revolvió, y se llevó por 80 pesos un polvoriento libraco, que perteneció a Gabriel Carrasco. Y luego lo vendió por 10 mil libro al Museo Británico. Era la Biblia de Gutenberg, más de cinco siglos impresa. Y Buenos Aires, en la pasión lectora, la atesoraba.

Yendo por Corrientes aún perduran varias que construyeron lo que se llamó la librería más larga del mundo. Ya no están Fausto ni Lorraine, que alimentaron la mítica noche porteña que brilló entre el treinta y el sesenta, y que sufrieron cierres y clausuras en la dictadura, que quemó millones de libros,  aunque Gandhi, Losada y Hernández bosquejan la senda de grandes libreros como Antonio Zamora. Desde Boedo al 800, en los veinte, Zamora inundó el país con los libros de Claridad, uno de los proyectos culturales más importantes realizados desde una librería. Un ejemplo social que prosigue en las decenas de librerías que nacieron en las últimas décadas, la editora-librería Eterna Cadencia en Palermo; las más pequeñas en departamentos, una excelente en nuestra literatura independiente es Ocio,  en Loyola 892; o la magnífica Gran Splendid-El Ateneo. Cita en la avenida Santa Fe, esta librería se considerada la más grande de Sudamérica, según la revista National Geographic es también la más linda del mundo -construída en 1903 como cine-teatro Nacional-, y The Guardian la señaló entre las mejores y más completas del planeta, con sus más de 20 mil libros, todos casi a mano del lector.

Conocé la corte de los milagros en tu librería

“Hay librerías, sí. Entrá, como hacer la prueba, y comprá en esas que dicen: nos vamos o compren ahora, tres libros por 10 pesos. Entrá en esa que parece que nunca cerrarán. Vas a conocer el corte de los milagros del libro” confesaba un librero gigante, el también poeta Héctor Yanóver. Don Héctor, que desde los sesenta en Norte, nodo de escritores y lectores de la avenida Las Heras, podía decirle alguien, “Por casualidad...”,  y sin dejarlo terminar, “Por casualidad nada. ¿Usted no sabe que yo soy Ese que leyó todos los libros?” Esa pasión librera, esa pasión lectora, tan porteña, que las sirenas atlas del “todo vale” quieren avasallar.

Otra vez, el Señor Palabras, Don Jorge Luis, protege la corte del milagro argentino, la corte del libro que late en las decenas de librerías en Buenos Aires, inusual en la región, y que se explica debido a que los porteños defienden que “-el libro- conserva algo sagrado, algo divino, no con respeto superticioso, pero sí con el deseo de encontrar felicidad, de encontrar sabiduría”  Un mínimo de felicidad en cada página, si se garantiza el alcance de todos.

 

Fuentes: Librerías de valor patrimonial de Buenos Aires. Buenos Aires: dgPat. 2003; Herzovich, G. Kant en el kiosco. La masificación del libro en la Argentina. Buenos Aires: Ampersand. 2023; Szir. S (coord.) Ilustrar e imprimir. Una historia de la cultura gráfica en Buenos Aires. 1830-1930. Buenos Aires: Ampersand. 2015

Imagen: Freepik

Fecha de Publicación: 29/01/2024

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