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Historia de los barrios porteños. Boedo, la fundación mítica del Porteño

Existe un barrio, una avenida, que conjura los arcanos de la porteñidad. Boedo se inventó a fuerza de sus vecinos y la pasión por una cultura ciudadana.

Buenos Aires
Boedo

Boedo no tuvo conventillos como Monserrat o Villa Crespo. Tampoco milongas como Pompeya, San Cristóbal o La Boca. Sin los guapos de Palermo ni una historia que se remonta a los inicios de la Nación como San Telmo. Menos fábricas de hollín y adoquines como Barracas ni mercados multiétnicos como Mataderos y Balvanera. En muchos sentidos, este barrio tatuado en el corazón porteño, “San Juan y Boedo antigua, y todo el cielo”, se pergenió en mesas de café, en teatros e imprentas. Los boedenses, más los vecinos que venían de la calle Florida o la avenida San Martín, parieron una mitología del Sur que reunía altas metas de revoluciones políticas y estéticas, con proa a la comunidad.  Allí Buenos Aires, todas las Buenos Aires del tango, el fútbol, el cortado, las letras, la melancolía y la solidaridad. Y no hace tanto que estos vecinos oficiaron de oráculo, justo cien años cuando Alberto Zamora decide fundar la Editorial Claridad, y nuclea las mejores plumas con conciencia social, en pleno yrigoyenismo. Y cuecen una mística que los poetas de los cuarenta, con Homero Manzi y José González Castillo, elevan al Olimpo de la Porteñidad. Quizá el 30 de enero, apertura de la casa editora que iluminó a las masas con lo mejor de la literatura mundial y la rebelde nacional,  debería erigirse cumpleaños del barrio; no la extemporánea del 25 de julio, que recuerda el nacimiento de Mariano Boedo, un patriota congresal salteño en Tucumán, amigo de Mariano Moreno. En las mesas bulliciosas del Japonés, la Peña Pacha Camac y la Universidad Popular de Boedo, o el silencio de la biblioteca en que Jorge Luis Borges escribió infinitos, parafraseando a Horacio Ferrer, parieron “duendes de Boedo que el cielo de mi ciudad me los sueña”     

Boedo Manzi

“Boedo, evidentemente tenía un embrujo. Situado a mitad de camino entre Mataderos, Parque Patricios y Flores, se convirtió muy pronto en un núcleo con diversiones ignoradas por dichos barrios: glorietas, cines, teatros, circos, cafés. En una palabra, vida nocturna. ¿Adónde vamos esta noche?, se preguntaban los vecinos de Mataderos o Parque Patricios, que querían pasar algunas horas entretenidas. ¡A Boedo!, era la respuesta unánime. Había allí todo lo que puede apetecer la mocedad en tren de juerga o mero pasatiempo. Pero la ubicación geográfica de Boedo no basta para dar una explicación cabal del fenómeno, pues igualmente equidistantes del centro y de los barrios estaban Almagro y Caballito, y, sin embargo, no hubo allí ni asomo de vida nocturna cuando ya Boedo era famoso. Debe de haber alguna razón telúrica para que allí, y no en otro sitio, haya surgido con fuerza tan poderosa una vida intensa, con su movimiento artístico, sus bohemios, sus anarquistas, su gente de teatro, sus escritores, sus músicos, sus poetas, sus payadores”, en esta cita del periodista Silvestre Otazú (alias de Enrique Pérez Marilú) que retrataba los funambulescos veintes, aquellos que se cruzaban Roberto Arlt con Leónidas Barletta, Juan de Dios Filiberto y Guillermo Facio Hebequer pero también las primeras generaciones de hijos argentinos de inmigrantes con las mejores expresiones del cine y el teatro nacional, que el barrio tuvo en cantidad y calidad como Cine Teatro El Nilo (1929) y el Cine Los Andes (1926); y que antes fueron hogares de tablados y carpas de circo criollo.

Boedo

Vecinos de las glorietas donde los payadores prenunciaban el Tango, reina ya en una “avenida proletaria y anarquizante…la avenida de Mayo del arrabal” (Crítica. 1925) Una saga de creadores que se mantiene en el nuevo milenio con nuevas camadas de escritores y dramaturgos del barrio, Fabián Casas y Claudio Tolcachir, y que renuevan el espíritu porteño, que hace a la avenida Boedo bullir los fines de semana con ofertas para todos los gustos y bolsillos. El escritor Olivero Coelho en los primeros dos mil aún percibía la “razón telúrica” de Otazú que explican que la mística boedense siga atrayendo y encandilando, “Desde el interior del Bar Pan y Arte se ve palaciega la avenida Boedo –que ni por asomo tiene los brillos arquitectónicos de las avenidas de Mayo o Alvear; además por la pérdida allí de varios edificios centenarios- En otro tiempo, a una cuadra, había un majestuoso teatro del que guardo en mi biblioteca una foto antigua, El Nilo. Fue demolido y construyeron un hipermercado de electrodomésticos. Sobrevivieron dos sirenas que el visitante atento al entrar puede ver amurallado en los alto, como prueba de que hubo en el barrio una mejor época: el Boedo próspero y exótico, cuando la cancha de San Lorenzo no era un Carrefour” Y sin embargo, las cantos de las sirenas de este puerto sin salida al mar, en la letra de los Manzi y Centeya, siguen llamándote, Boedo.

“El gringo se codeaba con el criollo en una amistad de gorras y alpargatas”

Más curioso es remontarse al deshabitado barrio cuando era una zona anegadiza, plagada de lagunas y gaviotas, que recién empezó a poblarse con la llegada del tranvía eléctrico en 1897, uno de los primeros que exhibió la ciudad, y la afluencia masiva de inmigrantes a lotes baratos en las adyacencias del antiguo Camino de los Huesos, que iba a los mataderos del Sur. Reconvertida en avenida Boedo por una ordenanza del intendente Alvear de 1882. En simultáneo se abren las calles que terminarían de demarcar sus límites mucho antes que un ordenanza municipal lo decretara en 1972, en especial Europa (actual Carlos Calvo), Comercio (actual Humberto Iº), avenidas San Juan, Juan de Garay y  Chiclana, y que permitían llegar al Paso de Gowland (Av. La Plata) o al Paso de Burgos (Puente Alsina). Antes de eso se registran los humildes hornos ladrilleros, las quintas y la extensa propiedad de Curiaco Cuitiño, el temible jefe de policía del rosismo, quien sin embargo fue el primero que hizo civilizado Boedo, nivelando terrenos y rellenando arroyos. Su casa, con un aire a la de su jefe, Juan Manuel de Rosas, en Palermo, permaneció en la avenida Independencia hasta bien entrados los treinta.     

El aluvión inmigratorio fue muy lentamente incidiendo en el crecimiento de tímidas casas tipo chorizo, de no más de un piso, en reemplazo de las pequeñas chacras de los italianos, y la naciente industria zapatera y de comercio de electrodomésticos hacía lo suyo, dándole el aspecto comercial que conocemos en la actualidad. El escritor José Luis Núñez Palacio describe la época de Boedo antes de su puesta mitológica, Boedo antes de Boedo, “Casas bajas e iguales con sus dos patios divididos por el comedor y una sala que ocupaban la modista o el barbero, inquilinos pobres nacidos de la pobreza del barrio. En las esquinas, el almacén y la botica, y aquí y allá, herrerías y corralones, donde el gringo se codeaba con el criollo en una amistad de gorras y alpargatas” Y que tenían sus escasas diversiones en los primeros novecientos en el Bar El Capuchino –uno de los tantos que impusieron esta preparación de café en los porteños-, aquel de los pocos de verdaderos guapos que conoció Boedo, donde Manuel Aróstegui estrenó “El Apache Argentino” y “El Cachafaz”, pilares de la explosión popular del Tango en la Vieja Guardia, que bailaba el célebre Benito “Cachafaz” Bianquet, vecino de Boedo, con Elsa O´ Connor, “vos sos la piba sin tiempo/milonguera de alto rango…/con esa estampa de porteña de una pieza”, taconeando las palabras para otra compañera del Cacha, Carmencita Calderón.

Bajo la luna suburbana que alumbró la mesa del café eterno

Nada de lo que venía sucediendo anticipaba el Boedo del “tango, fútbol, plástica, música, letras, peñas, bares y teatros”, resume Esteban Ierado en perfil.com. Para ello hay que recurrir a la fuerza de las voluntades de clases medias y bajas que eclosionaron en los veinte, que ensalza Mario Bellocchio, editor barrial del periódico Desde Boedo, “las raíces culturales de este barrio….están firmemente consustanciadas con toda acción colectiva de carácter barrial…..Se incorporan a aquel sentimiento solidario del proletariado de nuestro ayer”, en palabras recogidas por Haydée Chiocchio y Liliana Zuntini.

A estos sectores populares apelaron y forjaron los intelectuales el Grupo Boedo, de efímera existencia, y aún más fugaz paso por el barrio y sus cafés, nucleados alrededor de la editorial de Zamora en Boedo 837/39, y, años más tarde, los poetas y músicos del Tango que crearían los sonidos y los versos definitivos del género, en la Década Dorada de los Cuarenta. En los mismos cafés. Artistas de izquierdas o populares que suscribieron un programa social que excedía el papel o el disco, patente en el lema de Claridad, “La literatura –y reemplace por la expresión que guste- no es un pasatiempo del barrio, no: es un arte universal cuya misión puede ser profética o evangélica…la literatura –idem anterior- para el pueblo debe ser sincera, valiente”  Tanto como los versos que aseguran escribió Manzi, afirman las alas del deseo,  en la mesa del Canadian, antes Aeroplano, Nippón, hoy Esquina Homero Manzi de San Juan y Boedo, que ve en una luz de almacén, el recuerdo y el dolor de ya no ser, pero también lo “que me llena de nuevo el corazón” Una identidad común, hecha de calles, barro y pampa,  lunas suburbanas y amores enterrados en la memoria, que no solamente talló un sentimiento barrial, sino a la ciudad entera, ante el mundo. El Boedo papuso, canyengue, con ojos de pebeta de arrabal y corazón cordial, se molió pues, servido humeante, en cafés.

Los de atrás vienen conmigo

A esta confabulación literaria y tanguera, con más de 70 tangos que mencionan a Boedo,  falta el ingrediente pasional del fútbol.  Los primeros jugadores del Santo, San Lorenzo de Almagro –aún no tenían su cancha en avenida de La Plata- nacido en un oratorio de la calle México 4050, compartían mesas y billares –otro orgullo de Boedo-  en el desaparecido Dante de Boedo 745. Allí hervía la bohemia intelectual, Álvaro Yunque, Alberto Vacarezza y Elías Alippi, González Castillo, y los dirigentes anarquistas y socialistas. Decía el músico Ildefonso Pereyra de cómo se  fue construyendo el imaginario barrial, a partir de los primeros años del siglo XX, “Es la imagen de un emprendedor cultural, de un socialista tradicional, de una persona luchadora y difícil de convencer con argumentos banales. Sin dudas pareciera que el terreno simbólico convertido en tradición obliga o empuja a los que trabajamos en este presente”, ponderaba el creador de la Unión de Orquestas Típicas- UOT.

Boedo Cafe Margot

Muchas de las fábulas que inventaron a Boedo, impregnadas en paredes de viejas barras, cines y teatros, han sido barridas por la piqueta. Pero reviven en el Café Margot –antes el Trianón de tantas letras ciudadanas-, en la cortada San Ignacio y Boedo, inicio de un paseo de esculturas; la Esquina Osvaldo Pugliese a unos metros; o la singular tarea de la Junta Barrial que señalizó los solares históricos como la casa del Primer Santo Argentino,  Héctor Valdivielso Sáez, o los hogares de los enormes Castillo, José y Cátulo. De ambos poetas, dramaturgos y gestores, sus auras y luchas permanecen  y florecen en las instituciones barriales que rescatan la identidad y bienes de la cultural barrial. Una geografía sentimental y contestataria  de Boedo que va más allá de la inundación y el paredón virtual y real. O mejor, representados los boedenses y su barrio en las palabras del filósofo Ierardo, “La conciencia del mundo injusto, y el deseo de crear, de querer saber más”. 

 

Fuentes: Soncini, A. L. El barrio de Boedo. Buenos Aires: Centro de Estudios Internacionales. 1984; Lomba, A. (coord.) Boedo. Un barrio con historias. Buenos Aires: GCBA. 2006; del Pino, D. A. Buenos Aires. Los Café. Buenos Aires. Librerías Turísticas. 1999; Chiocchio, H. Zuntini, L. Boedo: los mitos heredados y los construidos en Encontro2010.historiaoral.org.br

Imágenes: Turismo Buenos Aires

Fecha de Publicación: 25/07/2022

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