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El magnetismo del Castillo de Egaña

Cerca de la localidad de Rauch se esconde un castillo lleno de historias y leyendas.

¿Será que hay lugares que atraen tragedias? ¿Qué determina que una construcción cualquiera sea un feliz hogar o el escenario de una historia de fantasmas? ¿Energías? ¿Pura casualidad? Lo cierto es que existen sitios donde pasan cosas malas. Y, a partir de ellas, se tejen leyendas que hacen que se haga difícil separar mito de realidad. Tal vez, precisamente en eso resida su magnetismo. Hoy queremos invitarte a dar un paseo por el Castillo de Egaña. ¿Vamos?

En el interior de la provincia de Buenos Aires, existen muchas edificaciones de otras épocas que han quedado abandonadas, y que intentan contener entre sus muros desgastados historias de tiempos pasados. Lo que antes fue lujo, hoy es destrucción, como si el devenir de la vida quisiera mostrarnos que lo material es efímero y que el más bello palacio luego será tan solo una construcción gris. Algo así sucede en la localidad de Rauch, a 270 kilómetros de Buenos Aires. Allí se encuentra el Castillo San Francisco, también conocido como Castillo de Egaña.

El castillo se encuentra a unos 25 kilómetros de la ciudad, en un paraje llamado Estación Egaña. Allí, un cartel escrito a mano da la bienvenida a los visitantes. Años atrás, Egaña era un importante punto de conexión con Buenos Aires, ya que hasta allí llegaban en tren cientos de pasajeros de camino a Tandil. Hoy, los foráneos que se acercan al lugar lo hacen movidos por la curiosidad de conocer el castillo, algunos por su interés arquitectónico, otros por lo magnético que tienen las historias de terror.

Un banquete que duró 30 años

La historia de este lugar tiene un vínculo directo con nuestra Revolución de Mayo. Sucede que la obra fue llevada adelante por Eugenio Díaz Vélez, nieto del prócer Eustoquio Díaz Vélez, quien participó en las guerras por la Independencia. La construcción comenzó en 1918, en una de las tantas tierras que había heredado. Dicen que Eugenio –que era arquitecto– no era muy querido por su familia y que era un hombre lleno de caprichos. Pasaba sus días entre su casa de Barracas –donde hoy se encuentra la Casa Cuna– y sus viajes a Europa. Desde el Viejo Continente enviaba materiales para la construcción del castillo y traía nuevas ideas. Muchas veces, una nueva ocurrencia hacía que tuvieran que dar marcha atrás en lo que se había avanzado en la edificación y comenzar de nuevo.

El resultado fue una construcción ecléctica, con una estructura de tres pisos enmarcada en un enorme monte con más de 80 especies diferentes. Contaba con 77 habitaciones, 14 baños, dos cocinas, galerías, patios y un taller de carpintería. El castillo resulta casi invisible desde lejos y aparece ante los ojos del visitante recién cuando se está justo frente a él.

El Castillo de Egaña se terminó de construir en 1930. Como se acostumbraba en la época, un gran banquete fue organizado para celebrar la inauguración. Familia, amigos y el personal doméstico estaban listos para el gran festejo. La mesa estaba servida, pero faltaba el anfitrión, que aún no había llegado de Buenos Aires. Entonces, el telégrafo trajo la noticia: Díaz Vélez había muerto en su casa de Barracas de un infarto. La mujer de Eugenio decidió, entonces, dejar todo como estaba y que los invitados regresaran a Buenos Aires en el tren que debía haber traído a Díaz Vélez. Y así fue: la mesa quedó servida, con manteles, platos y copas.

Cuenta la leyenda que la mesa quedó puesta durante 30 años esperando el banquete que nunca sucedió. Los vecinos dicen que, a través de los vidrios que se fueron rompiendo con los años, se podía ver la lujosa mesa detenida en el tiempo. En 1960, cuando finalmente entraron, muchas de las cosas de valor que había en las habitaciones había desaparecido.

Un lugar de tragedias

Sin embargo, la historia del castillo no termina ahí. A mediados de los 60, la propiedad pasó al Estado y comenzó a ser administrada por el Consejo de la Minoridad. Se transformó, entonces, en un reformatorio. Se realizaron algunas modificaciones edilicias, que se pueden ver hoy mezcladas con los resabios de las lujosas elecciones de Diaz Vélez. Pero parece que la tragedia seguía alojada en el castillo.

A finales de los 70, un joven internado asesinó a tiros a uno de los encargados del lugar. Pocos meses después, el reformatorio cerró, pero entre sus muros permanecen historias de fantasmas y espíritus. Dicen que expertos han detectado allí acontecimientos paranormales.

¿Qué hacer en el castillo?

En 2010, hubo un intento de demolición del Castillo de Egaña, que impulsó la creación del grupo “Por la reconstrucción”, que trabaja en la conservación del lugar. Ellos organizan visitas guiadas al castillo y es posible también aprovechar el lugar para pasar un lindo momento al aire libre. Hay mesas, bancos y un sector de juegos para niños. Los domingos, se abre una cantina donde se pueden conseguir alimentos y bebidas. O, simplemente, es posible acercarse hasta allí y armar un picnic por nuestra propia cuenta en un entorno diferente y encantador.

 

 

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