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Las voces de los ángeles

Conocé un poco más de los Mbyá, una tribu americana que poseía un don casi sobrenatural.
Historia
historia argentina
22 marzo, 2019

En épocas de la conquista, un caminante, a diario, alcanzaba a recorrer entre quince y dieciocho millas romanas, es decir, el equivalente exacto del paso del peregrino que contaba la iglesia católica a la hora de medir el tiempo de las procesiones. Esto significa que un fiel podía caminar hasta veinte kilómetros diarios. Quizás unos treinta si el camino no era muy sinuoso. Siguiendo estas reglas, muchos jesuitas de Italia, Holanda, Alemania y Suiza, recibieron de sus superiores la orden de recorrer el largo camino que los reuniría en Cádiz. Debían encontrarse con los barcos que los transportarían al Nuevo Mundo. Iban a evangelizar a los indígenas. La travesía por el Atlántico sería peor que el camino a España, especialmente para aquellos que jamás habían estado en altamar. Las náuseas, los mareos, el insomnio, todo se transformaba en una tortura y apenas les quedaba en el estómago algo de lo que comían.

Después de cuatro meses de viaje ininterrumpido donde únicamente veían el mar, desembarcaron en el Río de la Plata. Pero no permanecieron ahí. Se dirigían a un lugar que estaba más allá de Santa María del Buen Ayre. Iban a la llamada Tierra de las Siete Misiones, que incluía las selvas del imponente Iguazú. Decían que allí mismo vivían unas antiguas tribus que se autodenominaban Mbyá. El rumor lo habían esparcido los jesuitas holandeses. Jean Vaisseau era uno de los sacerdotes que habían llegado en la “primera ola evangelizadora”. Vivió entre 1583 y 1623. Se refirió en sus notas especialmente a una virtud que aquellas personas poseían: sus voces eran como las de los ángeles.

Pasado el tiempo, muchas décadas después de estos acontecimientos, el sacerdote suizo Antonio Zepp, a pesar de estar cómodo en su vieja abadía del Tirol, decidió conocer por sí mismo a los ángeles que cantaban en las selvas del Iguazú. Aunque no recibió orden alguna, le pidió a su superior que lo enviara a misionar en ultramar.

Según parece, llevó adelante una tarea inimaginable en el Nuevo Mundo. Los jesuitasde toda Europa eran asignados en las Misiones y Reducciones de las tierras mesopotámicas porque el Papa les había encomendado la labor de llevar hasta ahí la Palabra de Dios. Coincidentemente, muchos de ellos eran Maestros de Capilla. Hacía poco tiempo la Santa Sede había permitido que los hacedores de partituras utilizaran un sistema nuevo para escribir sobre el pentagrama. Se llamaba “polifonía” y lograba mezclar varias melodías que eran armónicas entre sí. Cantadas a la vez durante una misa, aquellas partituras dejaban a los fieles hipnotizados.

La verdad es que, gracias a la descripción de la vida de Zepp hecha por Martha Lucía Monroy en “La educación musical en la colonia” (Universidad de Pamplona, ediciones Redalyc 2006), se puede inferir que el ambiente en el Río de la Plata y el Paraná propiciaba el desarrollo de la música como parte esencial de la evangelización. “El coro fue lo primero que se conformó”, escribe Monroy. “Luego, la música se institucionalizó a través de la fundación de seminarios y conventos”.

Los españoles permitieronque sus compositores fueran parte de la colonización desde sus primeros viajes. El ideal clásico aportado por la cultura de aquellos días tenía en cuenta la relación de los músicos y los conquistadores. Según la leyenda griega de Jasón y los Argonautas, Orfeo acompañó con su lira a la tripulación que iba a buscar el Vellocino de Oro. Tenía la capacidad de encantar a las fieras. Los reyes españoles habían cultivado estas artes desde tiempo inmemorial. Más allá de sus virtudes hipnóticas, útiles para seducir a los aborígenes, la creación musical en la península ibérica fue sobresaliente. En palabras de Martha Lucía Monroy, “durante el siglo XVI, el repertorio de las colonias hispanoamericanas provenía principalmente de las Catedrales de Sevilla y Toledo, donde trabajaron músicos pertenecientes al llamado Siglo de Oro de la Polifonía Renacentista Española”.

 El Padre Zepp entendía este argumento y cuandollegó al Río de la Plata trajo a nuestras tierras instrumentos valiosísimos. Al desembarcar se encontró con Francisco García, representante del cabildo de la Reducción de Yapeyú, que le prometió repetidamente viajar a la tierra de los Mbyá. Pero aquello no sucedió. Zepp permaneció en Yapeyú por mucho tiempo. Mientras tanto, desarrolló su actividad voluntariosa y denodadamente. Las Reducciones eran pueblos que tenían muy pocos europeos, así que trabajó mucho con los guaraníes correntinos, llegándolos a conocer en profundidad. A pesar de todas sus tareas como párroco y educador, compuso sin cesar partituras complejísimas para aquellas voces de ángeles que aún guardaba en el recuerdo. Sin oír lo mismo que JeanVaisseau, únicamente teniendo noticias de esto a través de los libros de música, componía elevadas piezas corales de manera apasionada y las conservaba para un día que seguramente jamás llegaría. Samuel Claro en 1970, para la Colección de Ensayos, publicada por la Universidad de Chile, transcribe las palabras del sacerdote en aquellos tiempos: “los indios fabrican muy buenos instrumentos musicales, entre ellos trompetas, clarinetes, arpas y clavicordios, resultando la producción tan perfecta como los instrumentos que traje de Europa”.

Una mañana calurosa de marzo despertó escuchando un grupo radiante de voces. Tan brillante sonaba que parecía sobrenatural. Corrió por la Reducción y llegó hasta la nave de la capilla. En aquella infinita armonía, Antonio Zepp descubrió su propia música. Observó a los niños que venían de San Ignacio, todos ellos de la tribu de los Mbyá. A Francisco García le habían rechazado quince veces el permiso para llevar al sacerdote a Iguazú, pero durante años sustrajo las partituras que Zepp escribía para hacerlas copiar por sus estudiantes correntinos. Cuando estaban listas, enviaba las copias a San Ignacio, devolviendo sigilosamente los originales al cajón del escritorio del sacerdote. Allí, en la provincia de Misiones, los niños aprendieron a cantar las obras del Padre. Dirigidos por el jesuita Jacques van Custem, el propio Francisco García financió el viaje secreto del coro a Corrientes. Transitaron por el monte a paso de peregrino, como antes habían hecho los jesuitas para llegar a Cádiz. Los niños Mbyá viajaron silenciosamente hasta encontrar el río Uruguay. Una vez en la orilla, una serie de balsas pequeñas los estaban esperando para llevarlos al sur. Después de unos días, llegaron a la Reducción de Yapeyú y entraron a la capilla principal. Se ubicaron en el coro y Jacques van Custem elevó sus brazos como lo hacen los directores. El Padre Zepp escuchó aquello y lo conservó en su corazón hasta el último día de su vida.

Pasados los años, la obra del jesuita creció de modo exponencial. Francisco García por fin le entregó su Carta de Autonomía, otorgada por la Compañía de Jesús en Ultramar. Entonces pudo recorrer y visitar las Siete Misiones Orientales, que incluían parte de Río Grande del Sur. También desplegó su obra en Paraguay y después de cuarenta años de actividad había creado orquestas y coros numerosos de guaraníes que llegaron a cantar, incluso, canciones del Tirol. En 1708 fundó un pueblo, San Juan Bautista del Brasil, seguido por miles de personas que lo ayudaban en su misión. Pero seguramente, el día que murió, un 13 de enero de 1733, aún retumbaba en sus oídos la voz de los niños Mbyá. A pesar de todos sus logros, nada se comparó a aquella mañana de marzo en Yapeyú, cuando aún era un joven sacerdote venido de Suiza. Su música interpretada gracias al auxilio de Francisco García y la batuta de Jacques van Custem, seguramente llegó al cielo. Si en ese momento Dios estaba ahí, debió pensar que eran los ángeles quienes cantaban.

Las siete Misiones Orientales (en negro). Los jesuitas españoles iban a Córdoba a nstruirse. El resto de los europeos, pasaban directamente a las Reducciones o  Misiones Orientales. Al sur, la reducción de Yapeyú (en verde).
Ruinas dela Reducción de Yapeyú. Una reducción era un lugar donde se “reducía” a los indígenas dispersos a un pueblo. El Padre Zepp se instaló allí por algunos años.
Monumento al Padre Antonio Zepp en Brasil.
“La Misiones Jesuíticas son un conjunto de 5 misiones,localizadas en el estado de Río Grande de Brasil, y la provincia de Misiones. Fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1983 bajo el criterio IV, por ser un ejemplo eminente y representativo de un conjunto que ilustra una etapa significativa en la historia humana. Está conformado por las misiones de San Miguel de las Misiones en Brasil, y las de San Ignacio Mini, Santa Ana, Nuestra Señora de Loreto y Santa María Mayor, en Argentina”,  Mayra Mio Papillon “Las MisionesJesuíticas Guaraníes” (Insignia,2018)
Ruta de laMisiones en Sudamérica. Se instalaron según sus nacionalidades desde Canadá,México y Perú, hasta Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y, por supuesto,Misiones.

Sergio es un autor e historiador argentino que revisa los movimientos segregacionistas a través de la historia. Ha publicado entre otros libros, Los Escribas de Dios, Los Músicos de Dios, Breve Historia del Mundo y Mitos a Medias. Actualmente es docente de Pensamiento del Siglo XX  en la Dirección de Cultura de la Universidad de Belgrano y escribe para Ediciones Fortnel.

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