Skip to main content

Las momias mejor preservadas de la historia están en Salta

Crónicas de la Argentina desconocida.
Historia
25 abril, 2019

Al morir el gran Pachutec en 1479, tomó el mando del Imperio Inca el temible Túpac Yupanqui, conquistador de la Tierra del Antiguo Collao. Antes de avanzar, los cuatro incas aliados de la Casa de Tupak, representantes de las familias más encumbradas del Consejo Imperial Andino, resoplaron los antiguos instrumentos sonoros que anunciaban la guerra. Entonces, la legión de 50.000 hombres descendió de las montañas para someter a los habitantes de la provincia del Collao, donde los collas vivían en paz. La guerra entre los poderosos del imperio del norte y la pacífica gente del Altiplano había comenzado.

Tupak olió la conflagración desde lejos. Entendió que la coalición de líderes militares era la que se iba a encargar de la carnicería sin necesidad de que él se manchase de sangre. El antiguo Camino del Inca confeccionado otrora para la paz serpenteaba a lo lejos anunciando vientos de guerra. Se escuchaban los cascabeles en los tobillos de los soldados con un ritmo firme que venía de más allá del horizonte, naciendo entre las torres construidas por los ancestros de Tupak. La luz crepuscular del sábado anunciaba muerte. Un río de perdición que finalmente llegaría a la laguna de Llullaillaco, el lugar sagrado donde los incas creían que hablaban los dioses. Ese día fue uno de los más sombríos que la región había tenido jamás. Pasado el mediodía, cuando normalmente la siesta desplegaba su soporífera resolana, el cielo se oscureció. Parecía que había llegado la noche. Las nubes amenazantes se acercaban rápidas, movidas por vientos que en lo alto se desplazaban como huracanes. Fue casi un presagio para el ejército del Collao. Sus generales supieron que no podrían responder a tamaña coalición.

La crónica de Pedro Cieza de León, escrita un siglo más tarde, asegura que muchos murieron en ambos bandos y sin embargo hasta el final poco importó, porque el objetivo de la coalición inca era llegar a Llullaillaco para escuchar el viento. El jefe colla protegió la retaguardia para que la doncella y los niños más sagrados de su provincia lograsen llegar hasta al refugio que quedaba al este. Una vez que estuvieron a salvo junto a los sacerdotes, guardaron en un relicario los tesoros de la Madre Tierra y descansaron junto a la sacerdotisa del cielo. Pero parece que por el camino del norte esperaban los mejores soldados de Tupak, que habían entrado a la pequeña casa de los dioses asesinando a los hombres que cuidaban a los sacerdotes.

Sin escapatoria, la doncella y los niños, mientras se escuchaban los tortuosos ruidos del fragor de la batalla del Altiplano, se replegaron en la casa buscando un lugar seguro. Aún protegían las reliquias con su cuerpo. Las llevaban como quien lleva a un recién nacido, tratándolas de apartar del terrible pillaje inca. Pero al lugar arribó Tupak en persona con su manto de alpaca y su armadura de cuero pintado. El cabello negro y la talla como la de un titán provocaron el terror de todos los presentes. En la medida que avanzaba, sus soldados gritaban al cielo. Los niños se escondieron tras el altar. Clamaron a sus dioses y lloraron, pero era tarde: estaban en manos del inca.

La conquistade la región del Collao, patria del colla sublevado al poder del inca, fue sangrienta. El imperio de los Andes causó terror además en la nación de los Charca y, posteriormente, en gran parte de Chile. Como cuenta Charles J. Shields, autor de “Perú”, publicado en 2003 por Mason Crest Publishers (Alabama), el comienzo de la civilización en Sudamérica ya había sido violento desde tiempos inmemoriales. La cultura nacida en Caral en el 3500 a.C. era tan afecta a los sacrificios humanos como la de los Mochicas, que se desarrolló durante los siglos I y II. Fueron, al igual que muchos otros pueblos precolombinos, tan sanguinarios como refinados a la hora de levantar sus intrincados templos propiciatorios. El NOA sufrió grandes embates desde la entrada de los ejércitos andinos en 1480. Los collas no pudieron más que obedecer y rendir tributo a Tupak. Lo mismo hicieron todas las tribus que habitaban la región desde Salta hasta San Juan y Mendoza. Sucede que alguna vez, como lo admitió Pedro Cieza de León, el inca señoreó sobre estas tierras. Quizás solo por ese terror inexplicable que causaba ante la gente del Altiplano, la doncella y los niños sagrados se entregaron voluntariamente al sacrificio hasta convertirse en las momias del Llullaillaco, donde las nieves eternas transformaron sus cuerpos en los mejor preservados de la historia.     

Si querés ver más crónicas de la Argentina por Por Sergio Prudencstein podés hacer click acá, acá, acá o acá.

Sergio es un autor e historiador argentino que revisa los movimientos segregacionistas a través de la historia. Ha publicado entre otros libros, Los Escribas de Dios, Los Músicos de Dios, Breve Historia del Mundo y Mitos a Medias. Actualmente es docente de Pensamiento del Siglo XX  en la Dirección de Cultura de la Universidad de Belgrano y escribe para Ediciones Fortnel.

Valoración: 5.0/5. De 1 voto.
Votaste 5, 2 semanas antes. You can change your vote 4 more times.
Espere por favor...

5 Comentarios to “Las momias mejor preservadas de la historia están en Salta”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También te puede interesar

X