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Saber o no saber.

No queda otra que reflexionar, aprender y crecer como sociedad, si queremos ser el país que creemos ser.
Editorial
23 septiembre, 2019

La muerte de Débora Perez Volpin me sacudió. Ridícula? Quizá. “Quizá”, porque no lo sabemos. No sabemos si estaba enferma de antes. Si falleció por la anestesia o por mala praxis del endoscopista, o lo que sea. Lo nuestro es el no saber.

Débora, Maldonado, ARA San Juan, Nismann, la AMIA, la embajada, María Cash. Ignoramos mil cosas. Literal. Y es tremendo.

Tenemos el problema de no saber desde la primera fundación de Buenos Aires, allá por 1536. No se sabe si Pedro de Mendoza vino a fundar una ciudad, o solo un fuerte. Y así. Repasá cada hito de nuestra historia.

En 1810 se querían independizar de España o solo ningunear al Virrey? San Martín cruzó los Andes enfermo, en mula, o en un blanco corcél?

Después de los colonizadores, que no sabían si venían a quedarse o a saquear, vino la segunda inmigración, a partir de la Constitución Nacional de 1853. Y después la tercera, que nos llenó de “tanos”, “gallegos”, alemanes, polacos y hasta galeses, producto de las guerras mundiales y el hambre.

Ahora tenemos la cuarta, dominada por bolivianos, peruanos, chilenos, colombianos y venezolanos.

Entendamos el mundo del inmigrante, para entendernos a nosotros

Llegás a un país, muchas veces sin siquiera hablar el idioma. En el mejor de los casos (los menos), con algún pariente o amigo previamente instalado. Seguro que sin dinero. Dejando atrás una ocupación que no sabés si vas a poder repetir, o de qué te vas a alimentar.

No solo qué vas a comer, sino también, cómo lo vas a comprar… Qué va a ser de la familia que dejás atrás. Si alguna vez vas a volver… No sabés nada de aquellos con los que te cruzás en la calle. A dónde vas a dormir ni bien te dejen salir del Hotel de Inmigrantes. Encima, venís corrido por el hambre o por la muerte o por ambos. Nada feliz.

Todo eso está en nuestro ADN

Fresco. Vivo. Cómo no vamos a ser el país imprevisible del que reniegan los inversionistas extranjeros? Cómo no vamos a cambiar de rumbo, cada vez que cambiamos de gobierno? Cómo vamos a tener reglas de juego sólidas?

Es difícil. Pero más vale que maduremos pronto. Nos convirtamos en previsibles, estables, confiables. Sepamos ver lo bueno del que se fue y mantenerlo. Seguirlo. Desarrollarlo. Profundizarlo. Armonizarlo con lo nuevo. Que brillemos por nuestro mérito y no por desmerecer al anterior.

No queda otra que reflexionar, aprender y crecer como sociedad, si queremos ser el país que creemos ser.

Si no, no somos muy distintos a esos que parece que bajaron por el estrecho de Bering, de Siberia a Alaska y hasta acá, hace más de 15 mil años. Parece. No se sabe.

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