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Roberto Grela y Edmundo Rivero iban a Palermo para luego tocar en El Viejo Almacén

Roberto Grela y Edmundo Rivero, dos emblemas del tango y la milonga, también resultaron protagonistas de una curiosa anécdota.
Tango
| 26 febrero, 2019 |

Roberto Grela y Edmundo Rivero, dos emblemas del tango y la milonga, también resultaron protagonistas de una curiosa anécdota allá por la década del ’80 en la que dejaron en evidencia su pasión por el turf. 
Ocurrió en un atardecer de junio de 1983. Frío, niebla y hasta algunas gotas desde el cielo. Grela estaba junto a Rivero en la tribuna del Paddock a la espera de la largada de la la novena carrera en el Hipódromo de Palermo. 

Los dos permanecían en silencio, mirando hacia las gateras para una prueba de 1.400 metros. Ni uno ni otro pronunciaban palabra.  
Corrían 12 caballos, de los cuales uno venía desde Rosario, ciudad donde había muy buenos ejemplares de la corta distancia. El jockey era Oscar Zapata, un prolijo piloto que por aquellos días ganaba seguido. 
Grela hizo dúo con Anibal Troilo en un disco histórico por la enorme calidad de los dos para interpretar el tango tradicional. También hizo una versión super original del tango «Las Cuarenta», de Francisco Gorrindo. Rivero le puso la voz y fue un éxito arrasador. 
Grela nació en el barrio de San Telmo y murió el 6 de septiembre de 1992 a los 79 años. Fue el último gran guitarrista del tango. Rivero, su amigo, nació en el barrio bonaerense de Valentín Alsina y falleció el 18 de enero de 1986, a los 74 años. Dos próceres de un tango bien popular en aquellos años. 

Ambos miraban la largada de aquella carrera que ganó Soleado a 20 pesos, tras venir desde atrás, atropellar en los últimos 300 metros para entrar al disco ante los gritos de un Grela que cuando lo vio definir le dijo a su amigo: «Gritalo Edmundo; que éste no pierde más». Y así fue.
Cuando el caballo cruzó el disco, Rivero movió sus grandes manos y abrazó a Grela, quien con la revista Palermo Rosa en la mano no paraba de golpear sus piernas. «Con el tiempo que había hecho en la última no podía dejar de ganar», deslizó Edmundo para hallarle algo de lógica a ese gran acierto. 

Los dos, después de ver el regreso del caballo al pesaje, enfilaron hacia las ventanillas de cobro. Los dos sin hablar, muy quietos y esperando que llegara el momento crucial. Grela pasó a cobrar, agarró el dinero, hizo dos pasos hacia el costado y se puso contra la pared para dividir con Rivero. 
«Con esto vamos a tomar un buen vino esta noche», dijo Rivero y Grela respondió: «Con ésto Edmundo, me compro cinco guitarras de las caras». 
Uno y otro pasaron por la confitería París del Paddock y luego enfilaron hacia la cola de los taxis. 
De ahí hasta el boliche «El Viejo Almacén», propiedad de Rivero y por el que pasaron los mejores exponentes del ritmo del «2×4». 

Como todas las noches, Rivero y Grela subieron al escenario para cantarles a un montón de turistas brasileños. Rivero arrancó con «Viejo Baldío» y Grela hizo los primeros acordes. Después vinieron varios tangos en lunfardo para provocar una gran emoción con «Las Cuarenta». 
Del turf al tango, del tango al turf. Un cóctel que funcionó muy bien por aquellos años de una Buenos Aires, con aire a barrio. Cuando Grela hizo los primeros tonos para entrarle al tango «Sur», de Troilo y Homero Manzi, la ovación llegó por anticipada. Un himno que la versión de Rivero inmortalizó. 

La anécdota de esta pequeña historia fue escuchada, vista y vivida por el inolvidable cómico Marcos Zucker, quien años después la contaba como si se tratara de un pequeño libreto para la radio. Zucker, burrero de ley, tenía mil anécdotas del hipódromo. 

Fuente: Télam

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