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La final más larga del mundo

Fútbol
18 diciembre, 2018

Contra todo pronóstico (ni yo puedo creerlo), por tercera semana consecutiva la superfinal entre River y Boca es el tema de la semana en mis columnas de Ser argentino. Hay un cuento de Soriano que se llama “El penal más largo del mundo” (si no lo leyeron, abandonen esta columna, googleen y háganlo, pero si y solo si me prometen que después vuelven) que, como ya se están imaginando, me recuerda que la realidad a veces supera la ficción. Esta final ya pasó a la historia al margen de quién gane, ya se transformó en “la final más larga del mundo”.

No sé si alguna vez lo dije, pero de mis días de periodista deportivo me queda un grupo de amigos (están por cumplirse 20 años del día en que nos conocimos) y, como la tecnología dicta, los grupos de amigos ahora se transformaron en letritas, dibujitos y videos también conocidos como “grupos de whatsapp”. De ese grupo de siete integrantes, cinco son periodistas deportivos y dos abandonamos las filas. Pero, como no podía ser de otra forma, del tópico que más se habla es de fútbol. Dos de los periodistas más informados y más honestos del país están en ese grupo (no voy a dar nombres por si llegan a leer estas líneas, no quiero escenas de celos). Buscando información para esta columna, toda la semana pasada dupliqué mi actividad habitual en el grupo, al principio exigiendo y después implorando información nueva. Quería saber algo tan básico como cuándo y dónde se iba a jugar este bendito partido. Hoy ya sabemos que es en el Bernabeu el domingo 9, pero la semana pasada desfilaron los nombres más desopilantes: Miami, Medellín, Asunción, Napoli, Doha. En un momento me paré a pensar, estaba convencido de que la situación, delirante por donde se la mire, había hecho que mis admirados amigos se transformaran en lo que odio: tirafrutas que dicen lo primero que se les pasa por la cabeza con tal de no decir “no sé”. Dije eso en el grupo y me respondieron con las capturas de pantalla de funcionarios y encargados de prensa de Conmebol. De ellos salían esas “primicias”.

Algo en mí se rompió el sábado 24 de noviembre a las 2 de la tarde. Si bien siempre tuve clarísimo que el fútbol es un negocio, que los hinchas son clientes, que muchas cosas están “arregladas” de antemano, yo elegía cuidar ese espacio de pasión, ese lugar en el que no siempre gana el que tiene más plata o más contactos. En pocos ámbitos de la vida existe el batacazo y eso para mí es un concepto muy valioso. Pero entender que el fútbol no sólo está manejado por corruptos y por lo peor de la política (acá y en todos lados) sino que además los que toman las decisiones son incompetentes, mediocres e improvisados, me dolió en el alma. Creo que ya lo sabía, pero no lo quería ver. Desde ese sábado horrendo, no me quedó alternativa.

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