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Maestros.

No dejemos que ciertos intereses que nada tienen que ver con la labor del maestro diluyan la fuerza de esa presencia que siempre fue tan importante para todos.
Educación
14 diciembre, 2019

Cada año, cuando se acerca el comienzo del ciclo lectivo, dos palabras resuenan por todos lados: conflicto docente. Una amenaza que, tristemente, se vuelve real. Otra vez, las clases no van a empezar cuando deberían. Paro. De alguna forma, la figura inmaculada del maestro fue demonizada en los últimos años con la acusación más grave que se les puede hacer: no quieren trabajar.

Si bien es real que siempre hay alguna manzana podrida en el cajón, esa acusación no representa en lo más mínimo a la mayoría de los maestros de nuestro país. Ser maestro no es para cualquiera. Requiere, ante todo, vocación: pararse frente a un aula llena de niños, lograr su atención, su respeto y –esto es lo más importante– su cariño. Moldear personas, enseñarles no solo el contenido formal, sino también valores y herramientas para que puedan moverse en la vida. Claro que no es para cualquiera.

Cada día, los padres le confían lo más preciado de su vida a una persona fundamental para sus hijos: la seño. Decir que la seño no quiere trabajar es duro, duele y, sobre todo, es falso. No dejemos que ciertos intereses que nada tienen que ver con la labor del maestro diluyan la fuerza de esa presencia que siempre fue tan importante para todos.

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