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Agó Páez: “Lo primero que me enseñó mi papá fue a pintar el sol”

Es hija de Carlos Páez Vilaró y heredó de él su mística y el amor al arte.
Notas del lector
Agó Páez: “Lo primero que me enseñó mi papá fue a pintar el sol”
14 octubre, 2019

Por: María Cabeza

Al igual que su padre, su lugar en el mundo es Punta Ballena, donde instaló su taller de mandalas y meditación. Su amiga, María Cabeza, le hizo esta entrevista, y su hijo, Horacio Reyes Páez, las fotos.

La entrevista es a las 9.30 de la mañana en su lugar, en Punta Ballena. Voy en taxi. Comienzo mi camino observando, pensando en Agó Páez -se llama Magdalena pero le dicen Agó desde chica- y en su padre, Carlos Paéz Vilaró. Imposible no recordar al mío -quien murió hace tres meses- en este viaje: nuestras visitas, desde niña, a Casapueblo, mi familia hospedada en la Posta del Cangrejo, las medialunas de “La Fragata”… Me dejo llevar, la arboleda me atrapa y me abraza. Llego a la puerta, una tranquera de madera. Se acerca Agó Páez. Vestida de blanco, bronceada por el sol que tanto ama y amaba su padre. Me abraza. Anclo en un lugar cálido. Sus perros -Chelo, Margarita, Chocolate y Loli-; sus gatos -Lucero, Estrella, Micha y Marina- y hasta su gallina Pepa me reciben con alegría, al igual que su cuidadora, Alicia. Tiene dos hijos: María-María (el nombre es así, doble) Scarpa, hija de su primer matrimonio con un brasileño, vive en Nueva York y le dio tres nietos; y Horacio Reyes Páez –hijo de su segundo esposo-, fotógrafo y autor de las imágenes que ilustran esta nota, además es música y vive en Viena.

La dueña de casa me invita a pasar a su lugar espiritual donde nos sentamos sobre acogedores almohadones de colores brillantes y cinco minutos después, Alicia nos trae un delicioso de cedrón, made at home. 

-¿Por qué pintás mandalas?

– Cuando tenía 3 años comencé a colorear con mi padre. Lo primero que me enseñó fue a pintar el sol. Al trabajar con el círculo descubrí mi camino espiritual, sin saber que estaba haciendo mandalas. Comprendí que tenía que ver con una forma similar a muchas culturas como los tibetanos, los mayas, los aztecas y, luego de meditar, sentía que tenía que trabajar dentro de esa forma circular. Decidí enseñarlo y abrí una escuela- ya van 17 años- en Rosario, con una amiga escultora, Karina Beltrame, a quien le interesó mucho mi trabajo cuando estuvo en Uruguay; juntas comenzamos a trabajar en la UIA (Universidad Interdisciplinaria de Argentina) en un Master en Arte Terapia a través de los mandalas. 

-El círculo, la forma de los mandalas, tiene que ver con lo femenino.

-Con la madre, es el planeta, es la barriga de la mamá, es la célula, el óvulo. En el arte con papá éramos el yin y el yan; él trabajó cantidad con la línea negra del África, las raíces, la música, el tambor, el candombe y yo con los colores del arco iris: no utilizo el negro para mis pinturas. Sé que soy un canal, soy consciente de eso. Se trata de ir descubriendo, un día después del otro. Como dice una amiga mía -muy espiritual- de Córdoba “No es un café instantáneo sino que se va haciendo de a poquito” y somos guiados para hacerlo. Mi historia empezó a los 3 años cuando pintaba soles con papá. Él siempre me decía “Tenés que seguir el sol”; entonces yo me preguntaba: “¿De qué me habla?” Él amaba el sol y llegaba el invierno y se iba a donde lo hubiera. En Casapueblo, donde tenemos esa puesta del sol maravillosa y ese amor al sol, un día me cayó la ficha y me dije: “ Papá me está indicando que tengo que seguir mi sol interno”. Ése fue y es mi gran camino. En el aquí y el ahora, te puedo decir que soy feliz.

-¿Sos muy creyente?

-Yo nací y me eduqué en la iglesia Católica pero me revelé en un momento y empecé a buscar en todas las técnicas: hice yoga, Tai Chi, meditación, todo lo que te puedas imaginar ya que la curiosidad me llevaba a probar hasta que un día escuché a un mexicano, Jaime Díaz, que vino a Uruguay a hablar de la palabra de Jesús y ahí volví; regresé a Cristo en mi corazón, a Cristo en Libertad, a sentir esa esencia divina, el Espíritu Santo y, de verdad, soy cristiana. 

 “Vos sabes que papá decía: “El trabajo es mi mayor descanso” y yo aprendí eso de él también: permanentemente estar en el jardín, hacer algo, estoy creando todo el tiempo. Pero también existe como un hastío y el tema del dinero. En la época de la cordillera no teníamos un mango y necesitábamos porque papá se tenía que mover, debía ir a buscar cosas, alquilar aviones, y tuvo dos años en los que unos amigos le dijeron: “Vos tomá este dinero, gastalo y el día de mañana cuando tengas ganas, si quieres…” Eso es la verdadera amistad. A mí me cuesta el tema del dinero”, afirma Agó.

-¿Qué pasa con el mundo y los seres humanos, el calentamiento global, la contaminación, desastres naturales, la agresión, la destrucción, intolerancia, amoralidad?

-Yo siento que todo lo que está pasando tiene que ver con un cambio en la humanidad. También está relacionado con este despertar. Todo el universo se está manifestando para que nos hagamos cargo. Hay que cambiar. Yo siento que en Argentina ya comenzó hace tiempo. Tal vez todo los que les ha pasado y les sigue pasando tiene que ver con esto.

-Yo estoy esperanzada. ¿Vos?

-Sí, plenamente. Estamos en el medio de la ola pero va a ser todo para bien. Este enorme despertar da una gran felicidad pero uno va por un camino enormemente solitario. Si miro para atrás nunca me imaginé vivir hoy un momento de tanta apertura cuando inicié esta construcción. ¡Todo lo que soñé! En el 2003 creé un camino que se llama “El Camino del Interior” del Uruguay que se recorre a pie como el camino de Santiago de Compostela. Hice varias veces el camino de Santiago y, en uno de mis viajes, cuando volvía en el avión, me pregunté por qué voy siempre a España a caminar si tengo un país tan divino. Así desarrollé este camino que nace acá, en la Punta de la Ballena, y recorre de Este a Oeste todo el Uruguay. Lo recorremos todos los años en otoño, 100 km hasta la virgen de Verdún que queda acá en Minas; viene muchísima gente.

-¿Alguna vez te preguntaron algo en una entrevista que te haya molestado?… Carlitos, tu hermano, ¿el de la tragedia de los Andes?

-Sí. Nosotros vivimos la búsqueda que fue una historia totalmente diferente de la que vivieron ellos. Es otro libro. Lo que me parece un poco repetitivo es que hace 46 años que sucedió y la gente sigue hablando.

-¿Por qué pensás que sigue vigente?

-Me parece que lo toman como una historia de héroes, que lo fue, pero también de una forma superficial porque, en realidad, haber vivido esa experiencia es algo imponente y también pienso que les tocó porque les tocó, que es karmático, era a ellos, no a otros. Justo ayer me encontré con la hermana de uno que no volvió; cuando te pasa eso, se te remueve una cantidad de cosas.En nuestro caso fueron 72 días sin saber lo que estaba ocurriendo. Imagínate mi pobre madre, mi abuela, mi padre. 

-¿Lo superficial tiene que ver tal vez con que la gente lo vive como una película? Te lo digo con todo respeto: lo que más me molestaba y desagrada aún es: “ ¿Se comieron…? “¡Dios! ¡Qué morbo!

-Es morboso. A mí me sorprende que alguien te pueda preguntar eso. Pero jamás me afectó. Me acuerdo papá, el día en que ellos aparecieron; nos agarró a mi hermana y a mí y nos dijo “Chicas, les tengo que contar algo. Era Navidad, y fue muy fuerte y nos dijo “Carlitos tuvo que comer a sus amigos” y nosotras nos miramos y sin juzgar, lo fuimos aceptando… Quizá a él le pegó mucho más, por ser el padre, por ser más grande. Mi hermano, después del accidente, entró en la droga y estuvo 10 años metido en ella. Él dice que fue su segunda cordillera. Ahora da conferencias sobre lo que pasó en el accidente. ¡Tiene un éxito terrible! Habla maravillosamente bien; su caída en la cordillera le trajo esta profesión: ser conferencista. 

-¿Qué es lo primero que hacés en la mañana?

-Medito. Me despierto y hago la meditación trascendental hace muchos años, para mí fue una herramienta maravillosa.

-¿Y antes de irte a dormir?

-Tengo una reflexión. Repaso mi jornada, yo estudio a Rudolf Steiner y aprendí mucho sobre observar/me y ver qué pasó en mi día: lo que fue bueno y lo que no fue tan bueno, para mejorar. 

-Te casaste por segunda vez…

-Hace muchos años que estoy con mi segundo marido, me conoció libre. Me eligió artista, independiente, yo viajo mucho y trabajo afuera; él también ya se había casado y tuvo hijos de otro matrimonio y nos encontramos y decidimos estar juntos en libertad. El amor verdadero es espiritual. En la medida en que descubras el amor en vos, se manifiesta y se impregna todo: el amor a los hijos, al marido, a la familia, amigos, a tu casa pero tenés que descubrir ese amor que es el más grande que hay y que es espiritual, a mi entender.

Me abraza, otra vez su inmensa e inagotable calidez. Le pido compartir un silencio, que ella sea mi guía. Accede. Cierro los ojos, huelo a vida, respiro, siento el sol sobre mi corazón, se agranda mi fe, disminuye mi ansiedad. Me trae a la realidad una voz “Nos vamos despertando de a poco, en el aquí y el ahora…”. Abro los ojos y la miro. Se ha producido un intercambio mágico: fui a entrevistarla y a ofrecerle mis letras, mi mano para escribir; me voy plena. Ella me ha entregado su corazón. Nos damos otro abrazo, distinto, fraterno, profundo. Mi despertar a comenzado. Amén.

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