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Una historia del bandoneón. La fatalidad del Tango

De cómo un instrumento pensado para iglesias alemanas acabó en las manos rioplatenses, y dio personalidad definitiva al único género urbano del siglo XX.

La historia musical contemporánea tiene al jazz y el rock como los grandes corrientes populares, nacidas en el tantán africano y el lamento esclavista, aún escuchable en la electrónica y el trap. Parecida la hermana samba brasileña, con la coloratura de América Latina. Pero el Tango es algo totalmente diferente, cero campero, menos rural, puro adoquín y electricidad. Nacido mistongo el 2x4 entre los firuletes de las influencias negras y europeas, sin reconocerse en ninguna raza ni etnia, ciento por ciento criollo, a la par que se transformaba la polvorienta aldea en la mole de altos edificios y arrabales infinitos. El Tango contiene valencias de una originalidad que impactan todavía desde Buenos Aires a Tokio ¿Cuáles? ¿Usted conoce otra música masiva que utilice un instrumento con 71 botones, 4000 piezas y una dificultad extrema para arrancar una nota? El bandoneón, invento alemán, alma rioplatense, confirió a la música ciudadana el quejido que remitía perfecto a la melancolía porteña, nuestro spleen o saudade, aquella tristeza y soledad inherente a la gran urbe, como no hacen ni la armónica en blues, ni el acordeón en el chamamé. Además el fueye, ralentando la música creada para los pies, como casi toda la contemporánea, hizo el patio de juegos para que los poetas tangueros, luego rockeros, escribieron de los mejores versos de habla hispana. Porque, estimados lectores, qué otro instrumento podría inspirar semejante genialidad, gentileza de Homero Manzi, “si el alma está en orsai, ¡che bandoneón!”

 

 

Rastrear los orígenes del bandoneón nos ubica en Europa y las posteriores derivaciones de instrumentos más parecidos a una flauta como el tipótono y la guimbarda del siglo XVIII. Hacia 1830 en Viena a estos sistemas aerófonos con lengüetas empezaron a complejizarse con un fuelle y teclas. Nacen los populares acordeones. Las limitaciones musicales de éstos empujan a la aparición de la concertina, que es un primo lejano del bandoneón, con sus dos fuelles embutidos en cajas hexagonales. Las mayoría de las historias del tango señalan a Don Heinrich -o Vertag- Band como el inventor del bandoneón en 1835, aunque Horacio Ferrer indica a un tal Herman Uhlig como antecedente. Lo cierto es que Band era un industrial de Krefeld, Alemania, y tuvo la capacidad de fabricar los primeros de 44 botones. Creía que haría un negoción ya que se necesitaba un instrumento que reemplace los costosos órganos en las iglesias rurales alemanas.

“Es un instrumento músico de viento, portátil. Emite sus voces, sucesiva o simultáneamente, por la vibración de dos sistemas de lengüetas metálicas – canto y bajo- respectivamente alojados en el interior de dos cajas acústicas de madera en las que van dispuestos los teclados, provistas de aire a presión y unidas por un fuelle de cartón, badana y accesorios de metal”, en la descripción de Ferrer. Enseguida Band fue llevando los botones de 44 a 53 y 65, aumentando el tamaño del instrumento, lo que obligaba a ejecutarlo sentado, apoyado sobre las piernas, y no más colgado como los protobandoneones. Pero nadie se interesó y fue un estrepitoso fracaso comercial, quizá muy potente para las misas, muy triste para las fiestas populares. De aquella primera mala experiencia quedó el nombre en homenaje a Don Band, bandolium, bandoneón.  

 

El bandoneón, la fatalidad del Tango

Aquí uno de los grandes misterios nacionales. Cómo llega un instrumento rechazado, casi desconocido en Alemania, al Río de la Plata. Curioso ya que se sabe casi con precisión que el acordeón ya se ejecutaba en tiempos de Rosas; y la concertina se escuchaba en 1856. Ciriaco Ortiz, el gran bandoneonista cordobés entre la Vieja y Nueva Guardia, aseguraba que su padre fue el primero que lo tocó en las Sierras. Se habla de Bartolo, el Brasilero, otros, de un marino inglés, Thomas Moore. En esa trama de dimes y diretes surge primero el soldado José Santa Cruz en la Guerra contra el Paraguay. Un criollo analfabeto que Humberto Constantini en el bello cuento “La llegada” ubica en un bar de mala muerte del puerto, contemplando una rara caja envuelta en el estaño -barra-, dada parte de pago por un marino alemán con ganas de seguir tomando. José no aguanta más y se lleva el instrumento, y sin saber nada de música, se encierra días y noches en un conventillo. Un tiempo después pone música a la negrura de la selva chaqueña en los campamentos, quejas de bandoneón primitivo, de 44 teclas, sumadas a las quejas y dolores de americanos. Años más tarde, la leyenda dice que lo primero que se escuchó en la flamante línea telefónica entre Moreno y Plaza Miserere, fue el sonido grave de la jaula de Santa Cruz.  El bandoneón siempre fue futuro. Lo que no sabía José es que en aquel mismo momento Ernest Arnold en Hamburgo perfecciona el fueye, con una lenguetas metálicas de una aleación secreta que se llevó a la tumba, y aparecen los actuales 71, con los 38 para la caja del canto, la derecha, y 33 para el bajo, diatónico. Nacían los famosos Doble A.

El Tango brota en los bajos fondos y márgenes después de 1870, no era candombe, ni milonga, ni habanera ni pasodoble, y era mucho más que eso, misterioso génesis, en la conjunción imbatible de violín, guitarra y flauta. Para lugares tristes y lúgubres, vidas duras, música alegre y juguetona, como se escucha en el prostíbulo de “Lo de Laura”, actuales Pueyrredón y Paraguay, y allí se estrena el fundacional “El entrerriano” en 1897, incorporando al piano porque era un negocio de categoría. A nadie se le ocurriría acompañarse con un bandoneón, difícil de ejecutar, costosísimo, que no se sabía ni cómo funcionaba, o sea la “fatalidad del Tango” diría Ferrer. Pero el destino quiso que el género rioplatense encuentre a SU instrumento en una entelequia germana. Y aparece la humilde figura Sebastián Ramos Mejía, un mulato hijo de esclavos de una familia tradicional, empleado de tranvías a caballo, que en sus ratos libres entusiasma a cafetines y conventillos desgranando tangos. Simplemente tangos. Y si bien no existen registros del novecientos, el negro Ramos Mejía contagió a una pléyade de seguidores como Antonio Chiappe, que ya tocaba ante auditorios pagos, y Jorge Piazza, el maestro del enorme Pedro Maffia.  Aún era como solista, tal cual también se destacaba el hijo de José, Domingo Santa Cruz, que formó a Juan Pacho Maglio, uno de los grandes bandoneones de la Guardia Vieja, y legó el tango “Unión Cívica”, en honor a Bartolomé Mitre.

 

 

Los primeros maestros del fueye

La primera década del siglo XX resultaría fundamental en la reinado futuro del bandoneón en los Orquestas Típicas, tal cual aparece en el célebre cuadro de Antonio Berni “Orquesta típica” (1939-MNBA), tres fueyes en primerísimo plano. Varios motivos podrían señalarse en este desplazamiento de las flautas -y guitarras- a favor del extraño instrumento, en principio el arribo de músicos formados al Tango; el caso más notable son los hermanos De Caro, que abandonan los estudios de música clásica encandilados por el bandoneón de Vicente Greco. Otro no menor sería la fascinación que todavía ejerce el movimiento del bandoneón y la manera de ejecutar que no se compara con nada. “Tango y bandoneón vivieron juntos su bohemia” ha dicho Vicente Rossi de aquel instante en que pasaron mano a mano al concierto de la música popular universal.

Correspondió a Greco, que había dicho con increíble acierto que el pibe Julio de Caro sería de grande un “catedrático del Tango”, denominar Orquestas Típicas Criollas, luego simplemente Orquesta Típica, a las iniciales formaciones de piano, guitarra, violín, flauta y, claro, bandoneón. Con él toca un muchachón que definiría una época desde los piringundines de la calle Necochea, Francisco Canaro, de La Boca a París. Ellos grabarían para Columbia el primer tango, “Don Juan” de Ernesto Poncio, estampando en pasta para siempre el sonido profundo y misterioso de la jaula. Sin embargo el primer bandoneonista que vendería miles de simples sería el creador de “Sábado inglés”, Pacho Maglio, tan famoso que en las disquerías se pedía “Dame un Pacho” en 1910. Aquellos pioneros eran intuitivos, con grandes limitaciones musicales, en comparación al primer bandoneonista virtuoso, de sólidos conocimientos, Arturo “El Alemán” Bernstein, que improvisaba contrapuntos entre la música popular y la música clásica. Este excepcional intérprete, que se ganó la vida más bien enseñando que ejecutando en vivo, fue el Piazzolla de la Vieja Guardia, y compartió su talento con Ciriaco Ortiz y Juan Carlos Cobián, alumbrando la evolución tanguera.

 

 

Esta primera etapa del ascenso irrefrenable del bandoneón, desplazando a la flauta y la guitarra en las formaciones -salvo en cantinas y pulperías-, va aparejado a las mejoras en el instrumento, ya impuesto el modelo de las 71 teclas, y el surgimiento de los grandes primeros maestros. Ellos delinearon un acentuado vuelco a composiciones de mayor musicalidad, uniendo la simpleza de las estructuras pensadas para la danza a sutilezas armónicas. Eduardo “El Tigre” Arolas, nacido en Francia, empezó con la guitarra con un estilo canyengue, orillero, y pronto levantó pasional un bandoneón, para no soltarlo más, siendo la sensación de los Diez, y revolucionado el ambiente tanguero. Compositor proficuo y descollante, con temas que siguen infaltables de las Típicas,  “Derecho viejo”, “Lágrimas” y, claro, “La Cachila”, consagra un juego orquestal con el resaltamiento del bandoneón como solista, en particular con fraseos improvisados y lentos,  que adelantan a los de Aníbal Troilo.  En el horizonte de la Guardia Nueva se abrían las puertas para los dos Pedros, Maffia y Laurenz, renovadores del bandoneón y el Tango.

 “Lo que eras antes de ser” definía Ernesto Sábato al bandoneón, aquel fracaso teutón que se clavó adorable puñal en el alma rioplatense. Un instrumento que sin embargo no fue reconocido cabalmente en toda su dimensión clave de nuestra identidad. En los inicios, Fray Mocho en 1903 auguraba que el Tango había muerto con la llegada de sus melancólicos y quejosos tonos, ni mucho después, y Jorge Luis Borges lo acusaba de “bandoneón cobarde” Y que de todos modos siguió siendo imprescindible en la música popular pese a que la fábrica de Doble A cerró en 1949 para fabricar motores diésel, si bien ya durante la Segunda Guerra Mundial se había interrumpido el flujo de decenas de bandoneones alemanes, que únicamente se confeccionaban destino Buenos Aires. Y allí empieza otra historia, los fabricantes argentinos, hoy representados en los luthiers Ángel Zullo, Baltazar Estol y Oscar Fischer, entre otros, que tienen el ejemplo de los pioneros Mariani, de la mítica casa de la calle Paraná el 700, aquel punto obligado de reunión de los bandoneonistas de la Década Dorada de los Cuarenta. Contaba Duilio Mariani a Roque Casciero en la revista La Maga en 1994, una anécdota de las tantas con apellidos ilustres que tocaron las bandoneones Mariani, por ejemplo Maffia o Laurenz, “El Gordo Troilo era un tipo muy particular, venía al negocio siempre a probar las bandoneones o a afinarlos, repasarlos, a poner una lengüeta rota. Un día apareció y se puso a tocar los bandoneones usados que teníamos a la venta y uno le gustó tanto que le dijo a papá que ese era el mejor bandoneón que él había tocado. Por supuesto, mi papá Luis se lo regaló. Ese bandoneón hoy lo tiene Osvaldo Piro” Perdón maestro Manzi, que cambiemos la letra de “Che bandoneón”, una gema en las alas de Pichuco y la voz del Polaco Goyeneche, pero nuestro bandeoneón “es el canto de amor que se nos dio”

 

 

Fuentes: Scenna, M. A. Una historia del bandoneón en revista Todo es Historia Nro. 87 Agosto de 1974. Buenos Aires; Sierra, L. A. Historia de la Orquesta Típica. Buenos Aires: Peña Lillo SA. 1976; Zucchi, O. El tango, el bandoneón y sus intérpretes. Buenos Aires: Corregidor. 1998.

Imágenes: Télam

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