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Un juego para volar con la imaginación

El ingenio suplía a la pobreza económica y lograba que la diversión sana fuera pareja

Remontar un barrilete ha sido desde siempre, un entretenimiento infanto juvenil muy atractivo. El diseño de estrella, bomba o granada, dependía de los elementos disponibles. Las cañas provenían de algún cerco o potrero cercano. Se las cortaba longitudinalmente y de acuerdo al modelo que se iba a armar, se ataban con piolín y se colocaban sobre el papel barrilete, muy delgado y de distintos colores. Muchas veces se elegían los colores del club de fútbol favorito, combinando distintos trozos que se pegaban con engrudo casero, una mezcla de harina de trigo y agua, que se transformaba en un buen adhesivo. Una vez pegados y afirmados cada extremo de las cañas al papel, se pegaban los flecos. Finalmente se colocaba el piolín, proveniente de un carrete hecho con un trozo de rama, donde se había arrollado toda una variedad de piolines de distinto aspecto y estructura, como producto de una recolección indiscriminada, perfectamente atados extremo con extremo. Se colocaban una o dos colas de género, provenientes de alguna sábana o camiseta en desuso y el barrilete estaba listo para volar. El entusiasmo y ansiedad acumulados durante el proceso de la fabricación se exaltaba cuando el barrilete remontaba con facilidad y se mantenía quieto flameando sus flecos. Pero con mayor frecuencia, cuando aún no había alcanzado la altura deseada, comenzaba a girar en forma concéntrica, alocada; no siempre se lo controlaba y caía vertiginosamente al suelo. A veces no le ocurría nada pero en otras ocasiones, se destrozaba parcial o totalmente. Entonces se modificaba la longitud de la cola o el diseño de los tiros y la situación mejoraba. Algunos colocaban en la cola una hojita de afeitar, procurando cortar el piolín de un barrilete ya remontado. Este procedimiento se utilizaba en las competiciones. Como rara vez se disponía de los 20 centavos que costaba el papel barrilete, se usaba papel de diario eligiendo los de gran formato como “La Nación”, “La Prensa” o “Crítica”. Pero no era lo mismo, carecía de color. Los pibes más pequeños se conformaban con remontar una “Pajarita”, el barrilete de los pobres: una hoja de cuaderno con 2 dobleces laterales, una paja de escoba arqueada, unos 5 metros de piolín y a correr; así se elevaba y mantenía en lo alto. Era obra de los más chicos, pero el ingenio suplía a la pobreza económica y lograba que la diversión sana fuera pareja, entusiasta e incluso competitiva.

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