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Tinto y Soda

Antes, en la época de nuestros abuelos, el vino tinto era eso: vino tinto. Se le echaba soda y se lo tomaba.

Antes, en la época de nuestros abuelos, el vino tinto era eso: vino tinto. Se lo diferenciaba, a lo sumo, del vino blanco y en muchas de nuestras casas venía en formato damajuana. No se lo tomaba en copa grande, no se lo dejaba decantar, no se evaluaba cómo venía de taninos. Nadie miraba el contraste del color sobre una servilleta blanca ni se trataba de identificar si tenía un dejo a compota de ciruela en su sabor. No, no tenía gusto a madera: tenía gusto a vino. A vino tinto. Se le echaba soda y se lo tomaba.

Con el transcurso de las décadas, el vino se convirtió en algo cool y las costumbres cambiaron. Hoy, cuando alguien lleva un vino a una cena, ya no se lo abre y se lo toma: se lee la etiqueta, se analiza la cepa, se lo deja respirar y se degusta lentamente. Antes, tal vez se distinguían el malbec y el cabernet sauvignon; ahora, aparecieron el merlot, el pinot noir, el cabernet franc, el syrah. Pensar en agregarle soda o hielo se convirtió en un pecado.

De cualquier manera, siempre estará el que le eche un chorrito de soda, a escondidas, al tinto estrella de la noche.

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