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¿Te acordás del funyi a lo Maxera?

Sombrero de las clases populares en los albores del Tango, inmortalizado en la voz de Carlos Gardel y letra de Homero Manzi, marcó la pista y la estampa eterna del arrabal.

En el imaginario popular gana el sombrero de Carlos Gardel en el podio de la esencia arrabalera de Buenos Aires. El gachó gris, compadrón, que retratara sublime, inmemorial, José Silva en la testa del Zorzal Criollo. Pero aquel no era el del compadrito de Buenos Aires que soñaba el arrabal amargo, cuna del Tango. Ese era puro teatro, o más bien cinematógrafo, como Alfredo Le Pera-Gardel celebrarían, en “La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser/Bajo el ala del sombrero, cuántas veces embozada/Una lágrima asomada yo no pude contener”. El último guapo, el obrero de la fábrica, o el bailarín de la milonga de la Vieja Guardia en Pompeya, de La Boca a Palermo, usaba el funyi, sombrero, de Maxera. “Me gusta lo desparejo/y no voy por la vereda/Uso funyi a lo Maxera/ Calzo bota militar”, en “Milonga del 900”. Homero Manzi y Sebastián Piana semblantean allí a lo hijos de barrios populares, a quienes el joven Manzi daba alas de poesía más allá del paredón y después. “Con el funyi tirao sobre un ojo/y un amago de tango al andar,/ sin apuro, sobrando de reojo,/el último guapo vendrá al arrabal”, tango de Abel Aznar, anuncia que siempre vuelve con sus atavíos ancestrales, no importa dónde vayas o quién corrás, la música ciudadana te llega. El seminal Tango con el sombrero a lo Maxera que danzaba en taquito militar.

Después de “Tango Bar” (1935) toda Buenos Aires empezó a usar el gachó gris, sobrio y de afinación galeruda, que impuso Gardel. Pero en los suburbios, o en algún rescate evocador del cine contemporáneo como “Así es la vida” (1939), continuaba altivo el modelo que hizo tremendamente popular el genovés Pascual Maxera desde local en la avenida Almirante Brown 1319, La Boca, inaugurado con pompas en 1902. Aún los memoriosos recuerdan una gigantesco volcán despidiendo sombreros de la fábrica en la barrio. El funyi Maxera, que rápidamente fue imitado por las sombreras rivales, jamás superado, era de paño gris blanquecino, cinta ancha y negra, ala regular y ribeteada con seda del mismo tono del paño -a veces el ribete negro- y un gran bollo longitudinal, dolicocéfalo, coronado de tres bollos más pequeños de cada lado. Como el paño, el raso y el tafilete eran de primera calidad. Y coronando el trabajo de los talleristas italianos, la marca, con símbolos xeneizes, a todo color en el fondín de raso importado. Un lujo para pobres. Y no tanto como atestigua Norberto Folino contando que el guardarropas de lo de Hansen, el mítico café-restaurant reo de Palermo donde se cruzaban los niños bien y los compadritos, circa 1905, fue desesperado al local boquense por su sombrero Maxera.  Había guardado más de 400 sombreros la noche anterior. Y todos Maxera.

¿Quién era Pascual Maxera?

Pascual Maxera había arribado al país en 1862, luego de participar de las luchas por la unidad italiana junto a Garibaldi. Venía con una infinidad de oficios pero decide probar suerte fabricando sombreros en un taller-local de la calle Cuyo (actual Sarmiento) hacia 1866. Casado con Santiaga Scorza, también genovesa, tuvo tres hijos que continuaron la tradición hasta 1955 en La Boca, y luego un nieto, Alberto, siguió en Colegiales. El iniciador del linaje obtuvo una infinidad de premios nacionales e internacionales, un segundo premio en la Exposición del Club Industrial Argentino de 1882 por un “sombrero hecho con materiales del país”, firmado el diploma por el presidente Roca, a medida que aumentaba su prestigio en el ramo. Hasta que en 1895 presenta su famoso modelo Maxera copa alta, de unos quince centímetros, y que expandió la firma por Belgrano y San Nicolás. En una entrevista de 1958 a Oscar Maxera, el nieto, realizada por el investigador del lunfardo Luciano Payet, “estos sombreros, por su calidad, en esa época no tenían competencia: fueron premiados en seis exposiciones en el país y el extranjero con seis medallas de oro. Este sombrero que creó el señor Maxera tenía todo lo necesario para gustar a los del medio ambiente, por considerarlo esta gente complemento indispensable para considerarse un “verdadero” compadrito o cafisho. El “funyi” Maxera, como ellos lo llamaban en esa época, era sinónimo de cafisho o de compadrito. Podría citarle muchos que hoy son señores respetables y conocidos que han usado el famoso “funyi” Maxera. Le diré que en un baile del salón Verdi (Almirante Brown 736), el encargado del guardarropa pudo contar que de 170 sombreros, 161 eran “funyis” Maxera. El nombre de “funyi” por sombrero tiene su origen en La Boca porque todos hablaban el genovés – José Gobello en 1975 lo atribuye a una cruza rioplatense entre el italiano fungo con el genovés funzi, “hongo”, aunque hay evidencia que desde el Medioevo en la jerga carcelaria peninsular así se llamaba a los sombreros- . En la actualidad, en la calle Federico Lacroze 2829 viven las descendientes del famoso creador, nietas ellas, que aún se dedican a la venta de sombreros de la marca Maxera”, acotaba. Don Pascual fallecería el 2 de mayo de 1919 dejando un estandarte a Buenos Aires.

Vida y resurrección del funyi a lo Maxera

Los Maxera eran la alternativa del buen vestir para la clases bajas, que no podían comprar en Gath & Chaves los señoriales Henry Heath a 14 pesos en 1914. Tampoco los clasemedieros bombines a 12 pesos. Un Maxera se cotizaba entre 2 y 5 pesos. Y cuando salían al boliche, o la milonga, calzaban esa prenda infaltable junto el traje entallado, la bota militar y el pañuelo al cuello. “Bajo el ala del chambergo/ genio y figura sensacional/a mí me llaman Juan Tango/para que voy a contar”, en la inconfundible voz de Hugo del Carril, quien más hizo además en su cine para perpetuar el funyi rey del novecientos. Que curiosamente, luego de la virtual desaparición a mediados del siglo pasado, retornaría con los migrantes internos, que lo folklorizan a lo gaucho. Y el Maxera vuelve a brillar desafiante, “con su vieja careta abollada y broncuda”, en los trabajadores de Liniers, Mataderos, Avellaneda o el Bajo Belgrano. “Aquel que solito entró al conventillo/ echando en los ojos /el funyi marrón/ Botín enterizo/ el cuello con brillo/ pidió una guitarra/ y pa’ ella cantó”, se anticipaba Pascual Contursi en “Ventanita de arrabal”. Aún el Maxera matrero cabalga por el interior de Buenos Aires, o el Litoral, en los paisanos de facón. 

“Mientras haya un desacomodado, habrá funyis a lo Maxera”, señalaba Folino en 1971, “persisten aún, camuflados, en la gorra de repartidor de telegramas, en el birrete de vendedor de café, el gorro del heladero de triciclo, la gorra del soldado raso, el casquete del albañil… por ver si Dios comprende de una vez por todas este asunto del dolor de ya no ser y el coraje de vivir, como diría Gardel

 

Fuentes: Folino, N. Las cosas que se piantan. Buenos Aires: CEAL. 1971; Payet, L. El funyi a lo Maxera. Buenos Aires: Academia Nacional del Lunfardo. Comunicación Académica n° 1574; Sabugo, M. S. Del barrio al centro. Imaginarios del habitar en las letras del tango rioplatense. Buenos Aires: Café de las Ciudades. 2013.

Imágenes: Pixabay

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