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¿Te acordás del Circo Sarrasani?

En el arcón nacional del gran circo, el primer nombre que se viene a la mente es Sarrasani. Tigres de bengala en aros de fuego e increíbles triples saltos mortales. Durante medio siglo el alemán Sarrasani fue sinónimo del gran show favorito de las familias.

Nostálgicos
Circo Sarrasani

“La aguanté de pena/casi cuatro meses,/entre la cachada/de todo el café./Le tiraban nueces/mientras me gritaban:/-¡Ahí va Sarrasani/con el chimpancé”, en el tango de Enrique Santos Discépolo, “Justo el 31”, la velada crítica a la naciente Década Infame, apenas disfrazada de una situación desopilante amorosa. Decir Sarrasini en Argentina era decir circo de los veinte a los setenta. Varias generaciones quedaron marcadas por el “más fabuloso show de dos mundos”, que incluía un hipopótamo y artistas de los cinco continentes, hermanados bajo la carpa de un alemán que tuvo un sueño. El circo más grande, más fraternal, jamás conocido.  El que en 1950 fue el  Circo Nacional Argentino por decisión de Eva y Juan Perón “Le debo mucho a este país. En el 48, llegamos con la señora Sarrasani cargando una valija que pesaba diez kilos. Ahora -1970- estamos como antes del bombardeo –Dresde, 1945-, y queremos devolverle a este país algo más de lo que nos dio. Quedándonos aquí hacemos un servicio cultural, creando artistas de categoría que un día puedan llevar afuera, con orgullo, el nombre Sarrasani y los hermosos colores de este país", diría el húngaro Gabor Nemedi, el “Rey del Circo Europeo”, socio de Trude Sarrasani, nacionalizado argentino. "Patria es allí donde pueda alzar mi carpa", según Gertrude Kunz, más conocida como Trude, homenajeado su circo con una calle en Dresde, Alemania, y quien fallecería en San Clemente del Tuyú en 2009. Unos años antes, en un retorno a suelo germano, la Dama del Circo se emocionó con una nueva vuelta de su carpa, otra gira en el puente de amistad y alegría de Dresde a Buenos Aires, sus dos hogares.

Adoptando el apodo "Sarrasani" de un personaje de Balzac, soñador como él, Hans von Stosch abre su propia carpa el 3 de febrero de 1901, la ciudad de Maisen, Alemania. Experimentado en las artes circenses desde la adolescencia, participa del suceso del espectáculo de los albores del siglo pasado, el circo, admirando las carpas de los exitosos Buffalo Bill o el alemán Kronne. La Argentina no era ajena al fenómeno y en Retiro se construía galpones especiales ferroviarios para albergar a los circos que giraban por el país, varios extranjeros. Para el Centenario el gobierno nacional prohibiría a quince compañías actuar en Buenos Aires por el “mal olor de las fieras”. “Senzationen! Senzationen!” anunciaban el espectáculo de Sarrasani, primero en Alemania, y luego extendido al resto del Viejo Continente, cada vez más convocante en su gran palacio con 5 subsuelos, 300 jaulas y una pista sumergible de Dresde; o con la carpa circular de reminiscencias moriscas que debía ser trasladada en dos embarcaciones, 12.000 toneladas, 400 artistas y técnicos y una cifra similar de animales. La carpa que arribó en 1935 tenía capacidad para 7000 espectadores, había equipo de bomberos y usina eléctrica propios. La fachada estaba iluminada por 30.000 lamparitas.

Circo Sarrasani Retiro

“Funciones a beneficio para escuelas pobres en las provincias argentinas”

Las giras a través de los mares fue una decisión a principios de los veinte de von Stosch, luego de la difícil situación económica heredada de la Gran Guerra, donde el ejército alemán incautó camellos y elefantes para el conflicto -y alimentación de la tropa. El patriarca, experto domador de elefantes y perros, moriría en San Pablo en 1934. Allí había llegado por los conflictos con los nazis, varios de sus artistas eran judíos y rusos escapados de los bolcheviques. Hans Stosch-Sarrasani (h), alias Junior, tomaría la posta, más diplomático, pacta con el régimen de Hitler, vuelve a la casa matriz en 1936, y actúa de número central en los Juegos Olímpicos de Berlín, aunque deja a la mitad de la troupe “no aria” en Sudamérica para evitar las persecuciones.  Apenas sobrevive el circo manejado por Trude Sarrasani, esposa de Junior, al hostigamiento de la Gestapo, son acusados de esconder judíos pese a que el gobierno alemán los usa como arma de propaganda,  y a los bombardeos aliados, que vuelan en pedazos el fabuloso palacio de Dresde con las nuevas bombas de fósforo blanco. En 1948 retornan a la Argentina, que tantos buenos recuerdos le traían, y realizan un humilde espectáculo en el Luna Park. La leyenda de Sarrasani renace, ayudada por Eva Perón. Trude sería una de sus grandes amigas, "era realmente una mujer muy hermosa y muy buena. Me llamaba para organizar funciones a beneficio para escuelas pobres en las provincias argentinas", y recordaba que Perón les impondría la bajada, Circo Nacional Argentino.

Buenos recuerdos que arrancan en la primera vista al país cuando el presidente Marcelo T. de Alvear los recibe en una reunión privada y posibilita que instalen la carpa en Retiro. Seis mil espectadores por función aclaman a las écuyère -jinetas- asombrosas y los tony, payasos, y obligan al empresario a una gira nacional que duró un año. Diez años después repetiría el suceso Sarrasani con la troupe de los Carley, hábiles acróbatas, y los Wortley, eximios trapecistas, los bueyes sagrados watusis, los elefantes Bomba, Odet, Puschi y Claudi al mando de Franz Krami, los tigres de bengala de Fritz Schulz, y la enorme cantidad de atracciones, con la banda musical de varios ejecutantes salidos de los conservatorios de Viena y Budapest; todos que se trasladaban en 200 camiones. Por eso aquella vuelta en pleno peronismo era una nueva esperanza para Trude y Nemedi, que se transformó en su socio tras el fallecimiento de Junior en 1941. Instalados con apoyo oficial a principios de los cincuenta, el Circo Sarrasani volvió a su esplendor a nivel sudamericano, ahora enredado en innumerables litigios alrededor del mundo por el uso del nombre. Varias capitales europeas tenían su propio Sarrasani sin autorización de Trude. La caída del peronismo ocasionó que integren listas negras por sus simpatías al “tirano prófugo”.  Sucesivas malas inversiones, un circo de aluminio y otro de plástico, hacen que Trude se canse de la vida transhumante, y se retire a vivir a una granja de Córdoba, hasta que en 1968 vuelve a la arena.

“Trabajamos en esto por amor al arte”

"La empresa -dijo Nemedi- trabaja los martes a total beneficio de ALPI, el Hospital de Niños, y dos entidades benéficas más. También tenemos un día de descanso; es decir, que la ganancia de los cinco días restantes la absorben los gastos del espectáculo. La señora Sarrasani y yo ganamos muy poco dinero, y lo invertimos en nuevos números. En realidad, trabajamos en esto por amor al arte, porque tenemos vocación de cirqueros", aseguraba Nemedi a la revista Análisis en 1970, y agrega de una nueva etapa, ahora con carpas de menos de 1500 espectadores, 85 artistas y pocos -y viejos- animales, en espacios alejados del centro porteño, "Los sábados, domingos y feriados, que tenemos tres funciones, no nos queda tiempo ni para tomar un café", exageraba Nemedi. "Es siempre lo mismo. A la segunda noche de estar acá, ya ni miraba los números; son todos del tiempo 'e ñaupa -antiguos-", rezongaba en la misma crónica un cafetero. Esta experiencia finalizó a mediados de los setenta y Trude lega la marca a un empresario, que en 2013 intentó reflotar el mito del Sarrasani en el Tattersall de Palermo, con suerte dispar. En 1975, Trude y Némedy retornarían a Alemania para adiestrar caballos.

Trude, la gran dama del circo sin épocas, murió en las costas bonaerense a los 96 años. El día de su fallecimiento, los príncipes Alberto y Estefanía de Mónaco, fanáticos del Sarrasani, publicaron un aviso fúnebre para despedirla en el diario La Nación. Y varios otros personajes, reyes, escritores y artistas, enviaron obituarios a medios argentinos para los desconcertados lectores locales. Sarrasini, maestro en las técnicas publicitarias, que podía hacer pelear a los forzudos en un bar del puerto porteño para llamar la atención, paseaba con un auto lleno de luces en los treinta, enorme león de neón, y con un altavoz embutido que llamaba al circo que unía mundos. Y los chicos argentinos, más que otros menos afortunados, corrían detrás de esa jungla de imaginación y sonrisas.

 

Fuentes: Bernstein, G. Sarrasani, entre la fábula y la epopeya. Buenos Aires:Editorial Biblos. 2000;  El Sarrasani en La Nación, 100 años de vida cotidiana. Buenos Aires: La Nación. 1999; Pasión y muertes del circo en revista Análisis. Buenos Aires. magicasruinas.com.ar

Imagen: El arcón de la historia / Archivo General de la Nación

Fecha de Publicación: 12/05/2022

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