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Buenos Aires - - Miércoles 17 De Julio

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¿Te acordás de las vitroleras?

Infaltables en cualquier patio, salón o café porteño hasta fin de los veinte “hermoseando” la victrola o gramófono. Dale a la manivela y los suspiros húmedos masculinos.

Nostálgicos
gramófono

La opulenta e impiadosa Buenos Aires alvaerista era una ciudad en ebullición de pava. Junto a las expendedoras automáticas en los bares y los primeros colectivos, la urbe que otorgaba la primera licencia de taxista a una mujer en Latinoamérica, tenía un atractivo extra. Mientras que en Europa existían los “Gramophone Man”, ofreciendo en las plazas por centavos la reproducción de los discos de 78 rpm, en victrolas o gramófonos atados a carros de bebés, en nuestro continente se impusieron las Vitroleras. Cruzadas de piernas y con ojos soñadores, envueltas en humo, fantasía y soledad. Quizá a una de ellas estaba dedicadas estas palabras de Horacio Sanguinetti, en la voz de Armando Moreno, en Café (1946), “Tiemblan viejos tangos/ En la victrola gangosa,/ Sueña, mientras fumo/Mi corazón, tantas cosas./ Aquí, en este cafecito de arrabal.

 

 

Eran los años de las grandes hazañas argentinas. Luis Firpo tiraba afuera del ring a Dempsey en New York, Boca Juniors paseaba la nuestra humillando a los equipos europeos de fútbol, la gesta de los caballos Gato y Mancha marchando 21.500 kilómetros hacia Estados Unidos, y la incipiente industria argentina  que atraía al más de un millón de inmigrantes, la anteúltima gran oleada anterior a la Segunda Guerra Mundial. Eisntein, Ortega y Gasset, Le Corbusier y más, algunos de los apellidos ilustres que viajaban a las tierras al Sur de América del Sur, con el Plus Ultra al mando del español Ramón Franco en 1926 que volaría para unir definitivamente ambos mundos. En los adoquines que parieron el Tango, y que proyectaban ya las alas de Carlos Gardel más allá de las fronteras, la biblia y el calefón se juntaban en los cafés y las tertulias. Con la banda de sonido ciudadana boqueando en las cornetas.

¿A Gardel hay que escucharlo en la victrola?

Y lo que se escuchaba eran la vitrola o victrola. Perdido en el polvo de la historia quedará el por qué se simplificó en vitrola cuando, en verdad, la segunda acepción es la correcta debido a que reconoce a la marca fundacional, Víctor Talking Machine Company, que inicia su fabricación en 1901. La marca de perrito, inspirado en Nipper, el can del hermano del pintor Francis Barraud, que se quedaba escuchando el gramáfono de su dueño fallecido, y que popularizó el logo de la “Victrola”, aparentemente, como una manera de perpetuar la “Victoria” legal frente a la competencia de Berliner Gramophone Company y la Zonophone de Frank Seaman. Berliner, por otra parte, el verdadero padre del aparato. Emile Berliner, que había inventado en 1885 un artefacto superador del fonógrafo a cilindro de Edison. Una bocina, una tornamesa de cuerda con su respectiva aguja de acero, membrana de mica y una manivela, con la revolucionaria idea del disco plano, el disco de pasta abuelo del vinilo, arrasaría con la concepción de consumo cultural. Ahora la orquesta iba a las casas.

En realidad, no tanto. Los aparatos continuaron por décadas teniendo un costo prohibitivo para la mayoría de los mortales, y habría que esperar a las versión eléctrica, más cercana a las actuales tocadiscos, una lenta popularización hacia la explosión a fines de los cincuenta. La aparición en 1949 de los discos de 33 y 45 certificó el fin de máquinas pensadas en pasta a 78, anticipado por la masividad de la radio impulsada desde 1920. Así fueron desapareciendo las vitrolas, salvo algún pueblo lejano de Buenos Aires, en el casco de una estancia, o ciertas pulperías, a la vera de los caminos de tierra adentro. Para cuando Julio Cortázar de París de los sesenta hablaba con nostalgia de que “a Gardel hay que escucharlo en la victrola”, en la comodidad del hogar, era casi un imposible. Como lo fue antes para la gran mayoría de sus compatriotas.

A ver si cambias de disco

La época de oro de los discos acústicos arranca con la Casa Lapage introduciendo los pioneros reproductores de discos planos en 1900. Los mismos que tres años antes habían importado los primeros fonógrafos, que registrarían desde los primeros tangos de Ángel Villoldo -que sabía de eso de componer para las limitaciones de los cilindros porque ya realiza temas para los organitos- al payador Higinio Cazón, pasando por la actriz Lola Membrives. Quien da el salto definitivo es Max Glucksmann porque en 1911 instala la primera fábrica de discos planos en San Fernando, y consigue conjugar el impresionante y vendedor catálogo de Odeon. Y fue también el primero que introdujo la grabación eléctrica en los estudios en 1926. A la vanguardia, cuándo no, Carlos Gardel, registrando “Puñadito de sal”, “Del barrio de las latas” y “Mi diosa”. Los mismos éxitos de los discos acústicos que tenían una sola cara y que las señoritas daban vuelta una y otra vez, girando la manivela al ruego y clamor de las muchachada.  

Esa cultura de la vitrola, luego tamizada al tocadisco, se hundió en la lengua porteña. “A fulano se le rayó el disco”, “se le gastó la púa” , “no tiene más cuerda -o, tiene cuerda para rato-“  o “está repitiendo el mismo disco” son expresiones que un millennials escucha sin comprender; lo mismo que cuando ellos hablan de “se me bugeó spoty” -o sea, fallas en la popular plataforma de música- Pero los que peinan canas sacan un enigmático “a ver si cambias de disco”. Menos entiende el millennials. Y, entre los arcanos porteños, sobrevuela la vitrolera. Conjunción ciudadana institucionalizada de música y erotismo que reinó en Buenos Aires y se despidió con la última victrola que sonó en un zaguán.  O en el escenario del café Homero Manzi de Boedo y San Juan, con algunos vecinos que aún recuerdan a principios de los cincuenta a los dos vitroleras.

Dale manija

Si bien en Latinoamérica eran conocidas, “las Vitroleras eran damas, de preferencia jóvenes, que estaban dedicadas a permanecer cerca de un gramófono, cargando permanentemente la manivela, instalando los discos, cambiando las agujas para reproducir cada disco, atendiendo las preferencias de su ocasional público” señala Marco Peña Aguirre del Casablanca Vintage Lodge Museo de Perú, en la Reina del Plata adoptaron una tarea diferente. Más cercana a un anticipo de trueque sexual que podía acontecer debajo de los palcos.  O sólo la nada, nada y el todo del imperio del deseo. “Los hombres solos escuchaban música y admiraban la belleza de esa muchacha que concedía hacer un cruce de piernas que permitía vislumbrar algo más arriba de las rodillas. Eso justificaba el consumo de café y ginebra” comentaba Mauricio Kartun sobre el inédito “Baco polaco” en 2008. Un texo no publicado especie spin off de la célebre pieza suya “La Madonnita”, donde un Dionisio se enamora de una vitrolera de principios del siglo XX.

Seguramente esta historia de amor, que retomaba Las Bacantes de Eurípides,  acontencería en un café. Y podría ser japonés. Porque los hijos del sol naciente ellos abrieron varios hacia 1910, café más billares más victrolas, muy concurridos y recordados, auténtica novedad. Mikado, Osaka, Kawaji, Japan, El Japonés de Roberto Arlt o el Nippon de Homero Manzi, algunos cafés de esta comunidad que brillaría hasta los cuarenta en la actividad gastronómica, mucho antes de las tintorerías. The Japan Bar fue uno de los más famosos de los nipones en Argentina, abrió en la década del ’20 en 25 de Mayo 427, y sus vitroleras fueron la fantasía más comentada del hombre tanguero que está solo y espera.  De hecho, varios cantores de la relevancia posterior de Horacio Deval esperaban su turno,  en los inicios con el pianista  Enrique Mora en Boedo, cigarro en mano, relojeando bajo el palco. Esperaba a que las señoritas accedieran al último pedido de la muchacha de la mesa 10. Por una vuelta más, vitrolera.

 

Fuentes: Folino, N. Las cosas que se piantan. Buenos Aires: CEAL. 1971; Barcia, J. Definitiva Buenos Aires. Buenos Aires: Ediciones de Autor. 1986; Cantini, C. “Cafés japoneses” en cafecontado.com

Imagen: Pixabay

Fecha de Publicación: 04/06/2023

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