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Remembranzas

En los hogares se comía locro y empanadas, y por la tarde, chocolate con churros.

El 9 de julio, fecha de la Declaración de la Independencia en 1816, me trajo el recuerdo de cómo se festejaba en la escuela dicho acontecimiento. Durante la semana, las aulas se adornaban con motivos alegóricos. Inducidos por la maestra, colaborábamos en su confección (en realidad lo hacían nuestros padres). Llevábamos el guardapolvo blanco muy almidonado, una peinada con gomina, zapatos marrones o negros con medias tres cuartos y pantalones cortos. Siempre había un abanderado de cada grado superior y las escoltas de los otros grados. Formábamos en el patio central, en doble fila, separados grado por grado y con la maestra encabezando la fila. Ese día toda nuestra vestimenta debía estar impecable, con el agregado de una escarapela bien visible, en el lado izquierdo del guardapolvo. Los padres concurrían orgullosos al acto para ver a sus hijos. Era un acontecimiento muy importante para todos. La ciudad se vestía de fiesta, color blanco y celeste. Durante el acto, se cantaba el Himno Nacional ejecutado por la profesora de piano, y alguna marcha alusiva a la fecha. Se bailaba folclore, en especial malambo, para lo cual los varones, vestidos de gauchos con un pañuelo blanco al cuello, pantalón negro, camisa blanca y una faja demostraban sus habilidades. Otros disfraces complementarios eran el de farolero, aguatero, lechero, o vendedores de pasteles, con la cara ennegrecida con un corcho quemado. La directora leía un discurso incomprensible e interminable. Lo mismo el presidente de la Cooperadora y algún chico, una composición alusiva. Finalizado el acto, nos ofrecían un vaso con cascarilla caliente, acompañado con un alfajor y a la salida, nos regalaban una banderita de papel y una escarapela. Ese día en los hogares se comía locro y empanadas, y por la tarde, chocolate con churros. Una verdadera fiesta.

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