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¿Quién dijo que un quiosquero es nada más que un quiosquero?

Quiniela clandestina, desatanudos, curanderos, golosinas y cigarrillos: en el santuario de Don Enrique pasaba de todo.

“Hoy no se fía, mañana sí”. El cartel estaba ubicado en un quiosco pequeño pero muy activo, ubicado en la Avenida Rivadavia al 3500, propiedad de Don Enrique. Era nuestro quiosco de referencia, que nos brindaba acceso a múltiples golosinas, figuritas para el álbum o las pequeñas cajas con “suertes”: una chuchería acompañada de confites. Para los adultos era fuente de cigarrillos y fósforos, pero, por sobre todo, charlas: prolongadas conversaciones, verdaderas confesiones de los habituales clientes con una persona que estaba atendiendo su negocio. Siempre que nos acercábamos, había alguien “consultando” cuál era el curandero más acreditado, cuánto cobraba la “consulta”, qué resultados se obtenían, etc. Don Enrique también manejaba apuestas de quiniela clandestina, otra razón para el constante desfile por su santuario. En más de una oportunidad recibió la visita de la policía, poniendo un compás de espera en su labor. Pero la búsqueda del mejor desatanudos o del armonizador de parejas motivaba visitas de agradecimiento o bien comentarios de frustraciones. Don Enrique tenía una paciencia sin límites, escuchando y asintiendo con leves movimientos de cabeza durante el diálogo en ese verdadero confesionario.
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