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Pregones… y algo más

Hablar de pregones, en Santa Fe, no remite a la época colonial exclusivamente. Eran una forma de vida que se prolongó hasta pasada la mitad del siglo pasado.

Inevitable es la nostalgia que las imágenes y los sonidos dejan grabados en la memoria. Para los santafesinos que peinan canas, todo eso viene al recuerdo cuando pensamos en los antiguos pregones.

Los veranos santafesinos, bochornosos para los adultos, tenían para los chicos un motivo de regocijo: el helado. La espera del heladero congregaba a los adultos que se sentaban en sus sillones a “cuidar de sus hijos o nietos” y a los chicos que, cada uno con las monedas atesoradas para la compra, aprovechaban para jugar. Siempre a la vista de los mayores, hasta que sonaba una estridente corneta. No es fácil comparar este sonido con los instrumentos que conocemos. Podríamos decir que pretendía asemejarse al agudo de una trompeta. Para el oído entrenado, solo quedaba esperar el pregón: ”¡¡¡Helado, heladoooooo!!! Laponia Heladooooooooooo” (u otra marca de las que ya no existen). Entonces se formaba una multitud que pugnaba por llegar primero al carrito del heladero, quien ponía orden y atendía improvisando una parada en cada cuadra.

La corneta de la que hablamos también tuvo su protagonismo en invierno, promoviendo el desayuno temprano en familia, ya que entre las 8 y las 8.30, sonaba insistentemente para hacerse oír a través de las ventanas cerradas por el frío, acompañada del típico canto: “Chuuuuuuuuuuuuurros, a los chuuuuuuuuuuuurros calentitos”.

Entonces, salía un integrante de la familia a proveerse de los riquísimos churros calientes, recién hechos, que eran repartidos en los mismos carritos que en verano transportaban los helados. Este placer tempranero movía el ánimo para resignar un rato más de sueño. Aquellos que optaban por levantarse más tarde, tenían que salir a la “churrería”, que no había en todos los barrios, arriesgándose a no conseguir más o a conseguir y al llegar a casa comer los churros fríos. ¡No era lo mismo!

Negra, ¡traé las tijeras!

Tan estridente como la corneta, pero con un sonido que se parecía mucho al del flautín, desplegando un largo arpegio, era el que anunciaba al afilador. Insistente, contaba también con el pregón, que llegaba después de dos o tres “interpretaciones”: “Cuchillos, tijeras, cuchillaaaaaaaaaaaaaaaaaas”, y las amas de casa salían, instrumentos en mano, a presentar lo que requería el filo imprescindible para todo tipo de tareas domésticas.

Había otro sonido, el de cascabeles muy potentes, para anunciar a los chicos que se acercaba un momento especial: comprar los barquillos, pero con un recurso lúdico que consistía en una ruleta ubicada en la parte superior del recipiente que contenía la mercadería y que, al ser activada, determinaba cuántos barquillos correspondía al cliente de turno.

Los mismos carritos y cascabeles se utilizaban para la venta de maní, con cáscara y en cucuruchos de papel, solo que aquí no se incluía la ruleta.

Un personaje que recorría la zona céntrica, en un amplio radio, era el plumerero. En realidad no vendía solamente plumeros de todos los tamaños y tipos de plumas, sino que, en su carro, tirado a mano, portaba además escobas, escobillones, lampazos, escurridores. Era un amante de la música clásica y se aproximaba cantando arias de ópera. ¡Todo un placer! Sus clientes lo esperaban con mucho respeto y a veces lo interrogaban por ese gusto tan particular, el que transmitió a sus dos hijos, quienes fueron luego estudiantes de música y el mayor de ellos fue un reconocido docente de piano, en prestigiosos establecimientos de la ciudad.

Parecía otro idioma

Capítulo aparte merece el huevero. Ininteligibles sus pregones y por eso ¡todos lo reconocían! Traía en cada brazo un canasto con huevos blancos y colorados y, así como era indescifrable el mensaje de su pregón, lo era la conversación que indefectiblemente había que sostener con él, ya que se ofendía si el cliente no le respondía. Toda una odisea, pero cuando dejó de circular, se sintió su ausencia y se extrañaron esas charlas que no llevaban a ninguna parte, pero que lo alentaban a continuar de buen humor el recorrido.

Antes de que las cocinas se modernizaran con el uso del kerosene, los fogones funcionaban a carbón y entonces el carbonero pasaba en su carro, dejando la provisión que se le requiriera en cada casa. Este era el pregón, para nada original: ”Carbón, carbonero!”, pero lo que sí era original, hablando de sonidos, era el que lo precedía: ladridos de tres perros que lo acompañaban e iban anunciando su llegada.

Los tiempos fueron cambiando y en forma vertiginosa. En menos de cincuenta años surgieron inventos que no habían aparecido en siglos. Los nuevos artefactos para el hogar y las nuevas formas de comercialización de productos brindaron comodidad y agilidad a las actividades domésticas. Pero dejaron en el camino algunas conductas, como los pregones, que promovían un mayor acercamiento entre vecinos y proveedores. Progreso, que le dicen…

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