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Mar del Plata y sus atardeceres infinitos. Yendo de la arena al pub o la discoteca

Hace medio siglo la Ciudad Feliz mostraba una singular vida turística, tiempos donde gran parte de los visitantes permanecían en la playa hasta entrada la noche.

Nostálgicos
Mar del Plata y sus atardeceres infinitos

Era una eterna procesión de ida y vuelta por el camino del Boulevard Marítimo de Mar del Plata. Los más precavidos salían temprano, apenas los relojes marcaban las 9 de la mañana, camino a los balnearios previos al Faro o aquellos de menor porte estructural después del edificio de referencia para los barcos muy cercanos a la costa atlántica. Los autos estacionados cerca o dentro del centro marplatense exhibían a esa altura de la madrugada, la típica celeridad de los actuales boxes de la Fórmula 1 para cargar todas esas cosas imprescindibles.

Reposeras, toallones, dos bolsos con los cambios de ropa necesaria, sin olvidar baldecitos, palitas, el barrenador de telgopor, el canastón de alimentos y aquél envase sellado para transportar bebidas, abarrotabdi los sufridos baúles de los coches de por entocnes, dando pie a memorables discusiones cuando quienes se trasladaban a esos balnearios hacían en voz alta un repaso de todo lo que había que llevar a la playa, como si el fin del mundo estuviese muy cerca en plena estación veraniega. Los que tenían perros en ese tiempo, sabían con antelación que balnearios autorizaban la presencia de los pichichus en esos lugares, quienes se bancaban el calor todo el día con la lengua afuera sin chistar, a la espera de un cacharro con agua para resistir esas tórridas jornadas veraniegas.

Evitando los tradicionales aglomeramientos

La enorme multitud encaraba para todos esos balnearios y quienes salían de sus casas un poco antes de las 10:00 llegaban a los sitios de recreación sin problemas, pero encarar con el auto cerca del mediodía significaba tardar no menos de 45 minutos o una hora en todas esas zona ensambladas para la temporada. Todavía el Boulevard Marítimo no tenía dos carrilles de ida y vuelta, tiempos donde las cincuenta cuadras entre el Puerto y el Faro se convertían en una pesadilla por el lógico aglomeramiento de vehículos.

Los locales de aquellos tiempos ubicados sobre esa arteria, vendían emparedados preparados en pebete, época en la que lo que se vendía con gran elocuencia eran esas naranjas de plástico a las que había que cortarles la punta para beber el jugo congelado con ese sabor. Para aquellos que habían olvidado algún elemento necesario para la playa, un viejo local con un muñeco inflable con forma de Pato de casi 4 metros de altura, daba cuenta de lo que podían hallar allí en esa última ocasión de comprar, desde un barrenador o balde, hasta cigarrillos o los diarios recién llegados desde Capital.

La actividad en la Bristol o en balnearios de Mogotes

En la Bristol, como también en todos los balnearios de Mogotes, imposible resistirse a los barquilleros, que venían con el cilindro metálico con una ruleta arriba para saber cuantos nos darían, mientras los heladeros de Laponia, despachaban los bombones helados para matizar el bloque más tórrido de la tarde. Estaban todos aquellos que antes de ir a la playa, habían comprado en “Monarca” una docena y media de triples, que venían con servilletas de papel en la gran canastita de mimbre, en feliz matrimonio con la heladera de telgopor con gaseosas, jugos y varios kilos de hielo, sin olvidar la fruta de turno para los partidos de truco.

Por aquellos años, los restaurants de los balnearios ofrecían unos fideos impactantes con la salsa más completa, hamburguesas completas, mientras las milanesas al plato o en sándwich acaparaban el pedido de los que volvían a la carpa para comer lejos del ruidoso “gallinero” gastronómico. Ese menú en los balnearios de Punta Mogotes funcionaba sin parar hasta el anochecer, época donde la jarra de clericó era un clásico indispensable para matizar el calor con un poco de alcohol.

Intensidad sin control en la concurrida rambla

En la rambla, cerca del Hotel Provincial, a pesar de las altas temperaturas reinantes, sin titubear estaban los incontables bares con los aperitivos y aquellos icónicos 36 platitos con ingredientes, donde el famoso vermouth de turno asomaba escondido en medio de salchichitas amostazadas, papitas y quesos cortados en milimétricos cubos para cada cliente.

La colocación de oportunas sombrillas permitía sobrellevar el calor y observar a quienes iban puntualmente para sacarse una foto con los lobos marinos, imagen que al día siguiente había que retirar en el mismo lugar por el tiempo de revelado y copia. Muchos vendedores de helados vestidos de blanco recorrían los balnearios y la gente al comenzar la caída del sol, recién ahí se permitía un soñado permiso dulce para combatir días de mucha temperatura y no tantos lugares para cobijarse de los rayos solares. Los cafeteros de aquellos meses después de las 06:00 PM no paraban de despachar vasitos al público.    

Alem, una calle con dos formas de actividad

En la calle Alem, especialmente después de las cinco de la tarde, aquellos que volvían un poco más temprano de la  playa, recalaban en esa “paqueta” calle para tomarse un licuado de frutas o un submarino con masas, recordados tiempos donde las grandes casas de camperas extranjeras vendían ropa a lo pavote. Había disquerías en un par de cuadras donde ponían el parlante afuera y sonaban los hits bolicheros, mientras los heladeros con carritos adosados a la bicicleta vendían la tacita de frutilla y crema para los más pequeños.

Todos a esa hora recorrían fielmente las diez cuadras con diversos negocios, muchos de ellos volcados a esa gran franquicia deportiva local del surf, pero después de las nueve y media de la noche, todas las confiterías del lugar recibían a los más jóvenes para tomar un Bariloche o el clásico destornillador. Eran muchas horas con algún tostado, mientras por los equipos de audio con cassette sonaban The Police, Genesis, Supertramp o la Electric Light Orchestra sin atronar, pero haciéndose presentes en medio del festejo infinito de los más adolescentes. No faltaba algún barquillero que llegaba rezagado de la playa o quienes volvían a la zona céntrica para tomar café o licuados a metros del Casino, mientras el enloquecido tránsito en Alem invitaba a dejar el auto cerca del cementerio y patear muy relajado esas doce cuadras de festín.

Los viejos horarios para ir a bailar

Entre las 18:00 y 20:00, aquellos que oportunamente habían abandonado la playa con antelación, iniciaban el ritual de ducharse, buscar la ropa apropiada, comer algo en el departamento o casa alquilada, para puntualmente estar a las 22 horas en las discotecas o boliches de moda, cuando daban puerta. En esos primeros minutos los lugares de baile ya habían probado sonido y luces con música experimental, porque a las 23 horas sonaban a más no poder los grupos o solistas bolicheros de aquél momento, tanto locales como internacionales que invitaban a sacudir el cuerpo de muy variadas formas. En esos sitios para bailar no había casi comida, o sea que la opción por esas horas antes de pasar la noche allí era una escapada fugaz a las peatonales, donde al menos veinte pizzerías o casas de minutas ofrecían menús muy económicos hasta la 1 de la madrugada.

La mayoría de los boliches terminaban su turno a las 06:00 AM de manera puntual, allí sonaba Sinatra para dar a entender que todo había culminado, mientras gran parte de la gente encaraba para la calle Buenos Aires, buscando las medialunas salvadoras con café en la “Boston”, los churros de la SAO en la peatonal San Martín o las confiterías de Luro, en donde las promociones con pizarrón a la vista eran tentación habitual. Entre las 08:00 y las 14:00 la mayoría de estos locales funcionaban con gente mayor, tiempos donde los adolescentes o no tanto aprovechaban para recuperar fuerzas y energías, después de una larga noche de baile, conquistas y mucho combustible alimenticio para reponer aquél desgaste físico de una vida nocturna muy intensa.        

Imágen: Turismo Mar del Plata

Fecha de Publicación: 27/01/2023

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