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Buenos Aires - - Miércoles 07 De Diciembre

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Los vendedores ambulantes del ayer de Buenos Aires

Las voces y vidas de los vendederos de antaño moldearon también la identidad porteña. Algunos en el recuerdo, sacando el hollín o repartiendo frío polar. O con la mejor leche, de la vaca al consumidor.

Nostálgicos
Vendedor de hielo

¿Que sería de Buenos Aires sin sus vendedores ambulantes? Multitudes en épocas de vacas flacas, multiplicados cuando brota la bonanza, la manera de vender, para “la cartera de la dama y el bolsillo del caballero”, son un innamovible en las calles y los transportes públicos. Pero si se piensa que la profusión en las veredas y cordones de los manteros de mil naciones posee novedad, basta recorrer la saga porteña, y sorprenderá la cantidad de posibilidades de delivery que existían hace cien años. Sin salir de la casaY también, de una variedad increíble de razas en la humilde labor de vendedor ambulante.

Cualquier vecino, incluso de los barrios más alejados, podía traspasar el umbral y comprar a los verduleros italianos la fruta del día y a los polleros españoles las aves -vivas- del corral. Y si necesita utensillos, pasaban los carros de los turcos -sirios- vendiendo artículos de bazar; que si se rompían, eran arreglados en el momento por los criollos tacheros . Alimentos que podían ser conservados gracias al hielero, varios provenientes del aluvión inmigratorio. “Ya no hay otarios ni chuenga ni baldío”, en el poema de Carlos Penelas dedicado al inefable vendedor ambulante José Eduardo Pastor, que al grito de “¡chuenga!” vendía caramelos al puñado en las canchas, y quedó ángel de la porteñidad entre los 30 y los 60. Pastor que sería referencia urbana también en tangos y literatura, inmortalizando a todos los vendedores ambulantes. De ayer y hoy.

“Ya viene el tano por la vereda/naranca, manana, torano e pero”, en “Talán, Talán” del tango Alberto Vacarezza, dramaturgo que en un sainete incluye el pregrón “Pesca fre” -pescado fresco-. Expresiones que resultan una muestra más de la Buenos Aires de principios del siglo donde la leche podía llegar con la vaca atada, a la puerta de su casa. Aún hasta la década del 40 se podría ver a los animales en el Gran Buenos Aires y los barrios más alejados del centro porteño, extendiendo su producto natural de edad de la ubre al cacharro de las familias.

Era una vieja profesión, la del lechero, que parece ser se originó a mediados de 1850, tal cual aparece en la prensa periódica, “desde hace algunas noches recorren nuestras calles algunos individuos que conduciendo vacas mansas acompañado de sus respectivas terneros, proveen de leche pura la familia que la demandan. Éstos tambos ambulantes han sido mirado simpáticamente por muchas de nuestras niñas que han  empezado a adoptar como moda al apurarse en las copas del blanco líquido, sentadas elegantemente en su ventanas… la leche que venden actualmente los lecheros -en pulperías-  es un compuesto endemoniado, en que según dicen juega un rol no subalterno el almidón”, anotando por ello la preferencia de la compra directa. Serían  los inmigrantes vascos, en su gran mayoría, quienes tomarían esta posta hasta su definitiva prohibición -formal- en 1926. Se publicada en el Diario Crítica del 15 de julio de 1926, “ganará al higiene, pero se perder una tradición. Ahora la leche tendrá en lo sucesivo un despliegue espectacular de envases y estampados, sellados y estampillas, que obrarán a modo de mortaja sobre su origen natural”, cierra.

Leche fresca del productor, la vaca, a la mesa

Para ese momento los tamberos ambulantes, que llevaban al animal, alternaban con los lecheros a carro tirado por caballos. Era un trabajo realmente extenuante ya que no tenía sábado, domingo o feriados. Por la sencilla razón de que debía transportar el alimento primordial a los más pequeños de la casa, por lo que casi se transformaron los lecheros en un servidor público. Tal era la confianza a los lecheros, que podían ingresar a la cocina de muchos de los hogares. La leche provenía de frigoríficos barriales, uno muy famoso en la esquina de Asamblea y Centenera, en Parque Chacabuco, o de los playones del ferrocarril, especialmente diseñados para recibir la leche proveniente de la provincia de Buenos Aires -en actualidad, uno de ellos convertido en un polo gastronómico en la avenida Donato Álvarez- 

Carro lechero 1970

La leche llegaban a los domicilios en tarros metálicos de 20 litros y el fraccionamiento se realizaba en tarros de mano de 5 litros. Generalmente estos se acompañaban con un recipiente metálico, que permitía medidas más pequeñas, de cuartos de litro. Era una alegría vecinal a toda hora cuando llegaban los carros exquisitamente fileteados y, algunas monturas, con detalles de excepción de talabartería. Tanto se cuidaban a los caballos, fuerza de trabajo irremplazable, que existían pasterías y herrerías en varias esquinas de la ciudad, y hasta se llegó a fundar una empresa que se dedicaba a recoger los equinos muertos, La Única.

El hombre de la barra de hielo

Los caballos también centrales en el trabajo de la hieleros, otro de los entrañables vendedores ambulantes porteños y bonaerenses del pasado. Desaparecidos una vez que avanzó la tecnología del frío, con las heladeras, y se dejaron de usar las hieleras de cedro que contenían el agua congelada, muchos fueron verdaderos personajes adorados de su comunidades, como José Lena en Morón, provincia de Buenos Aires. Cuenta el FB “Historias de Morón”, “Llegó a Argentina en 1890 afincándose primero en Ituzaingó y luego en Morón. Trabajaba transportando verduras desde las quintas a los mercados de la ciudad de Buenos Aires (Abasto y Once).  Luego se dedicó al reparto de barras de hielo en Morón, el hielo era vendido en todas las casas y también en las fábricas textiles, donde se utilizaba para teñir los tejidos. El reparto incluso llegó a abastecer a los circos que brindaban espectáculos de patinaje sobre hielo; en esas ocasiones los Lena transportaban hasta 400 barras que acomodaban en la pista”. Dentro de la Capital Federal queda en pie, y aún expendiendo barras todos los días, la fábrica de hielo y manteca "La Morocha" (Mercedes 426), con su orgullosa chimenea traía de Inglaterra, que con 50 metros domina el barrio de Floresta. Regularmente realizan visitas guiadas que refrescan la memoria.

Un pelo ennegrecido que da suerte

En 1914 llegó a la ciudad opulenta, y en rápido crecimiento, un oficio que tenía un largo linaje en Europa para chalets y casas de clase media. Juan Katzenhofer, un inmigrante austríaco, empezó con el negocio de los deshollinadores. Y Buenos Aires se pobló de estos aristocráticos trabajadores de traje de felpa, guantes, galera y las sogas, cepillos y escobas de todo tamaño, que cargaban en las bicicletas. Si bien era un empleo estacional, una aprendiz podría ganar 100 pesos, cuando en fábrica un obrero no llegaba ni a la mitad, en la Argentina del Centenario. Claro que todo se correspondía al insalubre del trabajo, muchas veces metidos los trabajadores domiciliarios en chimeneas de fábricas u hoteles, con gases nocivos, expuestos a enfermedades bronquiales y al oscurecimiento de la piel. Los nuevos sistemas de calefacción hogareñas irían apagando la profesión en los 50, y también dejando en el olvido que muchas familias solicitaban al deshollinador un pelo de los cepillos, ya que lo consideraban un amuleto de la buena suerte.

Barquillero -oblea en forma de abanico-, el hombre de la víbora -supuestamente un vendedor que en la década del 50 vendía baratijas en los alrededores del Obelisco, serpiente en brazo, y de allí el dicho “no me enrosqués la víbora”-, el ruso de la valija -generalmente el inmigrante judío que vendía ropa puerta puerta-, el tachero -que se encargaba de enmendar los cacharros utilizados para calentar comidas o lavar la ropa-, el afilador, el fotógrafo de la plaza, el manisero y el pizzero de cancha -los últimos que aún se pueden observar en barrios populares-; citando más comerciantes de a pie de antaño. “Las ruedas embarradas del último organito/vendrán desde la tarde buscando el arrabal,/con un caballo flaco y un rengo y un monito/y un coro de muchachas vestidas de percal”, describía Homero Manzi un infaltable de las tardes chichas, sin radio ni televisión, en “El último organito” (1949), a un organillero que, “se perderá en la nada/ y el alma del suburbio se quedará sin voz” Voz de los vendederes ambulantes que no se perdió y sigue modulando Buenos Aires.

 

Fuentes: Palermo, M. A. Con la vaca atada y puerta a puerta en “El Diario Íntimo de un país. La Nación”. Buenos Aires. 1999; Molinari, R. L. Buenos Aires 4 siglos. Buenos Aires: TEA. 1980; Puccia, E. H. (comp.) Definitiva Buenos Aires. Buenos Aires: Ediciones del Autor. 1986.

Imágenes: Fotos viejas de Mar del Plata

Fecha de Publicación: 24/11/2022

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