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La plaza del barrio

Con sus encantos y atractivos, era el paso obligado en la vida de los pibes y el punto de reunión de los grandes. La recordamos.

Nostálgicos
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La plaza del barrio estaba dividida en dos sectores: uno para los adultos y otro, el sector de los juegos, para pibes de todas las edades donde el tobogán, era sin duda el preferido. Se empleaban todas las formas posibles para ascender: por la escalera, de frente o de espaldas, por la rampa de descenso o trepando por los caños de sostén. Las hamacas y el sube y baja le seguían en orden de importancia.

Sentados algunas veces pero frecuentemente parados, competíamos en las hamacas para lograr la máxima altura con cada envión. En el sube y baja, sentados en forma individual o por parejas o bien caminando para inclinarlo alternativamente hacia uno y otro lado, eran las modalidades del juego de acuerdo con la edad. En el pasamanos se demostraban las habilidades para caminar con las manos o con los pies, intentando todo tipo de malabarismo y algo similar ocurría con las dos argollas donde se desarrollaban figuras acrobáticas, salvo que se requería la asistencia de un adulto para alcanzarlas, debido a la altura que estaban ubicadas. Una pequeña calesita a tracción manual, en la que se ubicaba 4 a 6 pibes, era otra de las atracciones en la que se alternaban los encargados de hacerla girar.

Los infaltables

Una serie de personajes característicos desfilaban a diario por la plaza: el manisero que soplaba una corneta de metal anunciando su clásica mercancía, caliente y aromática. El barquillero, vestido con un guardapolvo gris y gorra del mismo color, llegaba a la plaza transportando un recipiente cilíndrico de un metro de altura aproximadamente, coronado por una tapa con una ruleta, en la que muchos números uno, alternaban con escasos números 2 al 6; anunciaba su presencia golpeando un triángulo de hierro mientras voceaba el producto. Los pibes se acercaban a probar su suerte haciendo girar la ruleta previo pago de 5 centavos. También estaba el pirulinero con su extraña carga de caramelos puntiagudos y multicolores, alguno de los cuales eran portadores de un premio consistente en 2 o 3 caramelos por el mismo precio de 5 centavos. El vendedor de manzanas, higos secos y pochoclo (palomitas), llegaba en su carro triciclo de color blanco haciendo sonar su campana. El vendedor de globos y molinetes, siempre asediado y el vendedor de turrón japonés, quien al anuncio de “otro que tire, otro que tire”, también ofrecía premios girando una ruleta de burda construcción.

Hilando fino entre los recuerdos

Pretender jugar al fútbol era un imposible, porque donde había pasto estaba prohibido pisarlo. Estaba escrito en unos carteles de madera color negro con letras blancas: “Prohibido pisar el césped”. Era una orden respetada y reafirmada por el guardián, cada vez que era necesario.

En una de las esquinas, se encontraba la casa del guardián, personaje odiado y respetado a la vez. Era un galpón subterráneo, cubierto por el pasto, al que se accedía por una rampa descendente. Allí guardaba sus herramientas de trabajo y riego.  Picos, palas, azadas, horquillas, guadañas y baldes constituían los elementos básico para el trabajo cotidiano, que se realizaba en horas de la mañana.

El riego lo efectuaba con una manguera de grueso calibre, de color rojo. Vestía uniforme negro y gorra del mismo color, y era el encargado de mantener el césped impecable, los canteros, el orden y los buenos modales, con la ayuda de un silbato estridente. Al bebedero concurrían los adultos, los pibes, las palomas y los gorriones. Era el punto de reunión de todos y en numerosas ocasiones, los chorros de aguas provocados por los pibes en sus jugarretas, mojaban a más de un distraído que caminaba por las cercanías.

No faltaba la calesita, movida por un caballo viejo, cansado y aburrido pero ése, es otro capítulo de esa Argentina de ayer.

Fecha de Publicación: 09/03/2020

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