Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Helada y retornable.

Un hombre llega a su casa cansado, va directo a la cocina, abre la heladera y saca una cerveza.

Un hombre llega a su casa cansado, va directo a la cocina, abre la heladera y saca una cerveza. Un porrón de cerveza. Se sienta en el sillón, prende la tele y disfruta de su bebida. Esa escena, que tan acostumbrados estamos a ver en las películas, difícilmente podría darse en una casa argentina.

Acá, la cerveza viene en botella de litro: para nosotros es tan común, que no sabemos que ese formato no es tan frecuente en otros países; y mucho menos lo es la reutilización de envases. Todos alguna vez le prometimos al almacenero de la cuadra alcanzarle los envases más tarde, o los acomodamos en el cajón del chino y le aclaramos: “Te dejo cuatro”.  Y quién no reclamó alguna vez las botellas que quedaron en la casa de algún amigo luego de una fiesta.

Es que –si bien en el último tiempo las latas cobraron más relevancia gracias a una estrategia de marketing que logró reducir sus precios– la botella de litro, marrón o verde, es un clásico en casas, restaurantes y bares. Sus ventajas son muchas.

En primer lugar, claro, es más barata que otros formatos. En segundo lugar –y este es un hermoso efecto secundario–, el envase retornable genera menos desechos y no impacta en el medioambiente. En tercer lugar, la reutilización involucra a las industrias cervecera, logística, papelera, gráfica y vidriera, que forman parte del proceso de reciclado.

Pero el efecto más beneficioso tiene que ver con su modo de consumo: la cerveza de litro se comparte, se abre entre dos, tres o cuatro. Se toma hasta que se termina.  Favorece la democracia de elegir entre todos cuál compramos (o la unilateralidad del que compra la que quiere, sin consultar). En épocas de cervecerías artesanales y porroncito con limón, la birra en botella de litro es una tradición que nunca pasa de moda.

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