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Había una vez un trencito que se fue al monte

El trencito de Santa Inés funcionó hasta 1952, cuando se reemplazó la leña de monte por la de eucaliptus. Había una vez un trencito...

Los trenes son materia sensible para los misioneros y para todos los argentinos. Desde que se cerró el ramal Urquiza, los de la tierra colorada añoran la época dorada del ferrocarril. Hubo un tiempo en que, en Misiones, todo giraban alrededor de alguna estación de tren. El traqueteo de las vías, los pañuelos blancos de despedida mientras se alejaban los vagones hacia el monte inhóspito. Las cartas y las noticias que llegaban con cada ida y venida del tren.

Hoy, el ferrocarril es recuerdo de hace mucho tiempo, una historia que los padres cuentan a sus hijos. Y, como sucede con las nostalgias de la vida, allí todavía persisten los rieles como testigos mudos de otra época.

Tengo que conseguir mucha madera...

A principio de siglos, un tal Pedro Núñez compró 16.000 hectáreas de campo, situadas a 20 kilómetro de Posadas. Llamó a esta propiedad con el nombre de su hija, Estancia Santa Inés. Pedro Núñez fue un innovador. Fue el primer plantador de yerba en zona de campo de Misiones. Pero tuvo un problema. La secanza del producto requería gran cantidad de leña y la Estancia se encontraba lejos del monte, el único lugar de donde podría conseguir la madera.

Como dice la famosa canción, Don Núñez debía conseguir mucha madera, de donde sea. Solo que no era para construir una balsa, sino para producir yerba. Entonces, el resuelto estanciero decidió hacer una línea férrea que llegara a los montes más próximos. Empezó a construirla en 1921, con rieles traídos del Paraguay. La mayor parte del material ferroviario se trasladó de la estación Garupá a Santa Inés en carretas.

En 1924, la línea del tren llegó hasta el arroyo Pindapoy, pasando en su recorrido sobre las vías provenientes de Buenos Aires. Esto demandó la construcción de un sólido puente que se hizo de urunday y lapacho.

La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar

La primera locomotora de este tren fue una máquina con motor a explosión. Los peones le pusieron el nombre de tarabé, que significa ‘cucaracha’ en guaraní. Probablemente fue su aspecto pesado y su acompasada marcha lo que les sugirió ese nombre a los obreros. Posteriormente, se adquirió una locomotora a vapor más potente, capaz de arrastrar un mayor número de vagones cargados. Así, los rieles se extendieron 12 kilómetros más, y Santa Inés llegó a tener 300 familias viviendo en el campo.

Como muchas de las historias de trenes, esta está destinada a terminar. Sin embargo, no fue gracias a la aparición del automóvil o a la corrupción gubernamental, fue la madera. El trencito del monte funcionó hasta 1952, cuando se reemplazó la leña de monte por la de eucaliptus.


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