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Entrá al abuelo que está por llover

Sentarse con sillones en la vereda y jugar en la calle. Costumbres santafesinas que se veían hasta en los barrios más céntricos de la ciudad.

“¡Entrá al abuelo que está por llover!”. Así nos expresamos muchos santafesinos, cuando queremos advertir que algo está por pasar. No es una expresión antojadiza, ni surgida del ingenio popular, en realidad responde a una situación que era común en las tardecitas de verano. La costumbre, en los barrios santafesinos, era que las personas “mayores” –es decir, los abuelos–, desobligados de toda tarea hogareña o de trabajo fuera de su casa, se sentaran en la vereda, en sendos sillones de mimbre, de hamaca o fijos. Los niños de la casa, con el consentimiento de los padres, que aprovechaban que los abuelos podían vigilar sus movimientos, también salían a la calle. Ellos, los padres, tenían ocupaciones que no les daban el “recreo” de las generaciones anteriores o posteriores. Papá trabajaba y mamá preparaba la cena, planchaba mientras escuchaba algún radioteatro, o cosía.

Caminar por la calle era serpentear una senda sinuosa que esquivaba a la izquierda a los abuelos en sus sillones y en cualquier dirección a los niños. Entonces, se veían circular tanto peatones como triciclos (las bicicletas solo iban por la calle), patines (no existían las patinetas), niñas saltando la soga que, atada a alguna reja, atravesaba toda la vereda hasta el cordón, chicos jugando con las bolitas de vidrio (las que hoy el doblaje de los dibujos animados las llama “canicas”) o con las figuritas de cartón, que bien podían reemplazarse con tapitas de las botellas de leche. Si en el trayecto se oía  la corneta del heladero, era necesario correrse a un lugar seguro, porque provocaba una avalancha sobre el carrito a pedales, para llegar primeros. No era cuestión de que se terminen las tabletas, que eran lo más económico y aseguraban poder reservar unas monedas para volver a comprar al otro día.

Comunicación era la de antes

Transcurría la tarde en paz, siempre y cuando no amenazara lluvia, en cuyo caso los niños  entraban corriendo, no sin antes ayudar a los abuelos.

La gente de edad madura extraña esta tradición que formaba parte de la rutina y aliviaba el bochorno de la tarde santafesina. También se propiciaba un excelente medio de comunicación con los vecinos. Era recurso infalible para atraer la atención de la familia, al compartir la última novedad del barrio.

¿Por qué decimos que “extraña”? Porque, desde hace un par de décadas, la inseguridad se ha adueñado de la calle y estar sentado a la puerta representa un riesgo que nadie se anima a tomar. Por otra parte, el tráfico se ha vuelto tan intenso en todos los rincones de la ciudad, que no es posible imaginar niños jugando despreocupadamente en la vereda. Para estos, los dispositivos electrónicos vienen a reemplazar aquellas actividades al aire libre por otras que pueden realizarse en soledad. Tal vez ni sepan que en la casa de al lado hay niños de su edad, con quienes compartir la vereda. Pero para los mayores se ha perdido el hábito de conocer a los vecinos. No se sabe quién es nuevo en la cuadra (cuya fisonomía ha cambiado con la proliferación de edificios en torre) y, muchas veces, no se enteran por ellos mismos de quién ha fallecido. Sus hijos trabajan y no tienen tiempo de estar en las novedades del barrio. Y los chicos no tienen interés en conocerlas, porque sus relaciones son casi excluyentemente las que han entablado en la escuela.

Cuando se  escucha “entrá al abuelo que está por llover”, solo los supervivientes de la Santa Fe de aquella época son los que saben el verdadero significado que esta expresión encierra.

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