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El termómetro del barrio.

Sucede que ciertos oficios tienen un valor social que va más allá de la tarea específica que desarrollan.

Sobre Avenida Rivadavia, a la altura de Flores, un canillita se cansó de hacer trabajo ad honorem de Guía T y cortó por lo sano: colocó un cartel que indicaba la ubicación de las paradas de las distintas líneas de colectivos de la zona, con sus respectivas flechas hacia la izquierda o hacia la derecha, y la cantidad de metros que había que caminar hasta ellas.

Sucede que ciertos oficios tienen un valor social que va más allá de la tarea específica que desarrollan. Invencible a pesar de los diarios on line y las noticias inmediatas en las redes sociales, el canillita se mantiene firme y se adapta a los nuevos escenarios. Su rol va mucho más allá de vender diarios y revistas: es, de alguna forma, el termómetro del barrio. Sabe que, de tres personas que se acercan a su puesto, tal vez solo una lo haga para realizar una compra. Las demás, con seguridad, le pedirán indicaciones o cambio.

El canillita conoce una cara de la ciudad que no muchos vemos. Conoce la oscuridad y el silencio que reinan desde antes de que amanezca. Conoce sus movimientos: lentos, primero; frenéticos con el correr de las horas. Conoce sus secretos, sus huecos, su música, su humor. Por eso, la percepción general es que el canillita sabe. Por eso le preguntamos dónde para el 96.

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