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El teléfono descompuesto

Somos esclavos de la interpretación del receptor.

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La primera vez que jugué al Teléfono Descompuesto me pareció un juego, digamos, para ser sutiles, un poco pavote. Creo que todos saben en qué consiste, pero por si queda algún caído del catre, lo resumo muy sintéticamente: una persona le dice en el oído una frase relativamente compleja (con un par de oraciones subordinadas, de ser posible) a la persona que tiene al lado. Esa persona se la repite en el oído a la que tiene del otro lado pero cambiándole algo.

El mecanismo se repite hasta dar toda la vuelta a la ronda y luego el primero, el que pensó la frase original la dice en voz alta, el último dice la que le dijeron a él, se comparan y se ríen todos al ver la diferencia. Un poco sencillo, es verdad. Pero hay algo de fondo que, si nos lo ponemos a analizar, le quita sencillez, lo transforma de pavote en casi la premisa de una investigación filosófica y, a mí por lo menos, me ayudó a entender algo fundamental: así funciona la comunicación entre los humanos. Siempre. Es inevitable. Somos esclavos de la interpretación del receptor.

Para aclarar un poco lo que quiero decir podríamos citar a Wittgenstein, Foucault, Chomsky, Saussure, ni hablar de Platón o Séneca. Pero no hace falta acudir a la iluminación de la filosofía; lo que quiero decir ya está iluminado, sólo que nunca nos detenemos a mirar ese rincón. Pongamos, por ejemplo, para arrancar con algo fácil, que en una charla de café le digo a un amigo: “Me compré una casa roja”. Perfecto. ¿Se entiende lo que quiero decir? A priori uno diría que sí, pero: ¿qué es “una casa”? ¿Cuatro paredes y un techo? ¿De 50 metros cuadrados o de 200? ¿Techo cuadrado, a dos aguas, tejas, chapa? Bien. Y ahora, ¿qué es “roja”? ¿El color de una manzana, de un morrón, de la sangre o de una sandía? (Uso deliberadamente sólo ejemplos “naturales” porque si no, el tema se complicaría aún más.

Si no me creen pregúntenle a los diseñadores que tuvieron que inventar el pantone –un catálogo- para no arrancarse o los ojos, o piensen en la última vez que eligieron color en una pinturería). Bueno, ahora pensemos en qué pasaría si a mi amigo le dijera “estoy triste”, “tengo calor” o “ayer fui a una parrilla nueva y comí de diez”. ¿Qué significa exactamente “triste”, “calor”, “parrilla”, “nueva” y “comer de diez”? Significan lo que el receptor armó en su mente con ese sonido, lo que muy factiblemente sea completamente diferente de la imagen que yo tengo en la mía. Es decir, el receptor entiende lo que él quiere (o puede) entender, al margen de lo que yo diga (y eso suponiendo que yo, mediante el lenguaje, reproduzca exactamente la imagen que quiero transmitir, cosa que debe pasar máximo diez veces por año).

Es decir: si lo pensamos, el Teléfono Descompuesto no es tan pavote. Nos enseña de chiquitos que la comunicación entre seres humanos es prácticamente imposible, y que vamos a tener que conformarnos con que el receptor entienda más o menos lo que le queremos decir. Además, claro, de enseñarnos que por más rigurosos que seamos con lo que queremos decir, es posible que no logremos ser fieles ni a nuestras propias ideas. Ninguna pavada.

Fecha de Publicación: 20/04/2018

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