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El tango en el café

Al sonar los primeros compases del tango, se suspendían los comentarios y los gritos de los mozos durante tres minutos.

En sesiones vespertinas o nocturnas, los aficionados al tango tenían la oportunidad de disfrutar las ejecuciones de las orquestas de tango mientras saboreaban un café.

Eran épocas donde la concurrencia era toda masculina, se usaban sombreros de fieltro, con predominio del color gris; numerosas perchas estaban distribuidas a lo largo de las paredes para colgarlos. Una nota destacada era la presencia de un agente de policía en un rincón, para garantizar el orden.

La orquesta ejecutaba sus tangos en un palco, generalmente pequeño, dispuesto a regular altura, que permitía fuera observado por toda la concurrencia, así como también por los que no entrábamos al local, y lo hacíamos desde la vereda, curioseando a través de las ventanas, por los reducidos espacios que dejaban las cortinas blanco amarillentas con argollas de madera.

El palco era de madera, al cual se accedía por una escalera pequeña. Fue el sitio donde se destacaron los grandes conjuntos de la Guardia Vieja y de la Guardia Nueva. También el palco era el sitio del café más observado, cuando ante la ausencia de la orquesta típica, en su reemplazo estaba la victrolera pasando discos, con su ropa ajustada, de color negro, cruzando las piernas, en épocas donde la moda precisamente las cubría.

La atmósfera dentro del café estaba inundada por el humo de los cigarrillos y cigarros, sumado a toda la gama de sonidos provenientes de los corrillos de los asistentes y gritos de los mozos, al ordenar los pedidos. Al sonar los primeros compases del tango, se suspendían los comentarios y los gritos de los mozos durante tres minutos. El tango era allí señor y dueño de las miradas y oídos de la concurrencia. Se lo escuchaba y disfrutaba con pasión en ese Buenos Aires de ayer.

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