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El sodero

El sodero ha generado mitos, historias, chistes de maridos engañados y hasta una telenovela.

Ciertos oficios tradicionales no se dejan arrasar por los cambios de épocas: se afianzan, se reinventan y buscan nuevos caminos. Así como antes se comercializaba una amplia gama de productos con la modalidad “puerta a puerta” (vino, cerveza, leche), hay uno de esos oficios que sobrevivió a través de las décadas: el sodero.

Más allá de las virtudes de la soda–que, como ya sabemos, en nada se compara al agua con gas–, existe algo en ese intercambio personal que el sodero ha logrado conservar en los barrios. Incluso cuando los modos de consumo han cambiado, los clientes fieles no reemplazan por nada la confianza que les da ese señor que les baja el cajón lleno de sifones de su camión.

A la par de los tiempos, el sodero ha ido incorporando otros artículos además de la soda. Los bidones de agua fueron, quizás, una de las formas que encontraron de reinventar su negocio, pero hay algo más que hace que permanezca inalterable: el valor del oficio. El del sodero es un rubro anclado en la familia, y es común encontrar varias generaciones dedicadas al oficio.

El sodero ha generado mitos, historias, chistes de maridos engañados y hasta una telenovela. Algunos afirman ser una suerte de psicólogos de sus clientes, y tal vez allí esté la clave.

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