Ser Argentino. Todo sobre Argentina

El Sifón

A veces tomo soda sólo para usar un sifón.

A veces tomo soda sólo para usar un sifón. Si bien un físico podría decirme que soy un salame (ignoro cualquier principio de la física; en el colegio me costó entender el Movimiento Rectilíneo Uniforme), para mí es magia. Apretar una palanquita y que salga agua y encima ¡con gas! El summum de la emoción me llegó cuando descubrí el sifón hogareño. Mencionemos la marca, se lo merece: el famoso Drago. Todavía me acuerdo del día que me fue presentado. Estaba en Munro, en la casa de mi abuelo, y lo ví meter agua de la canilla en un recipiente de metal, cerrar a rosca la tapita y usar una garrafa para darle gas. Recuerdo el miedo que me dio, pensé que iba a volar la cocina (en mi casa había garrafa de gas y mi papá había sido muy elocuente con la cuestión de no tocarla, de que era muy peligrosa). Pero no. No voló nada y encima mi abuelo había transformado agua en soda. Me sentí como cuando Aureliano Buendía conoció el hielo de la mano de su padre. Magia.

Hoy tengo el mío. Y entiendo algunas cosas más, y la magia se da cada vez menos (¿por qué cuando crecemos vemos menos magia en el mundo? ¿Deja de haberla o dejamos de percibirla?, pero hay algo del sifón (de cualquier sifón) que me sigue maravillando. Es un objeto construido para durar. Se usa, se recicla, se usa de nuevo. Viene el repartidor, se lo lleva y te deja unos llenos. Si sos comprador asiduo, se genera una relación con el sifonero. El día anterior al reparto tenés que acordarte de dejarlos en la puerta. En un momento en el que estamos ensuciando el mundo a niveles insospechados, en el que todo es descartable (desde las servilletas hasta las relaciones personales) creo que usar sifón es una manera de resistencia. Quizás por eso me gusta la soda. Al tomarla me siento libre.

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