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El radioteatro.

Lo que tiene la radio y, en especial, el radioteatro, es que incentiva a la imaginación de una manera especial,

Me hubiera encantado ser actor de radioteatro. Alguno quizás pueda llegar a pensar que es una profesión extinta hace tres siglos, pero no es así. Recuerdo, cuando iba al secundario (en el ´95, más o menos), que me despertaba 8:30 (iba a la tarde, cometí ese error) y me quedaba en la cama remoloneando hasta las 9:30/10. La mayoría de las veces leía algo, pero cuando no tenía el espíritu necesario para empezar a mover neuronas recién despertado, ponía la radio. Y en ese momento histórico, cualquier adolescente que se precie de tal tenía que escuchar “¿Cuál es?” con Pergolini, De la Puente y Gantman. Bueno, en ese programa había radioteatro. Y era la sección que más me gustaba.

Quizás, aún mejor que actor, lo que me hubiera gustado es ser encargado de efectos especiales de radioteatro. Con dos cacerolas, una birome, una goma de bicicleta desinflada y tres potes de helado (dos vacíos, uno lleno), estos verdaderos magos de la imaginación te toman la Bastilla, viajan a la Luna, operan a corazón abierto o corren en un fórmula uno.

Lo que tiene la radio (y, en especial, el radioteatro) es que incentiva a la imaginación de una manera especial, casi como la literatura. Porque uno escucha, es verdad, pero luego debe imaginarse cómo es lo que están narrando. Y ahí es donde el oyente completa con su propia experiencia, sus vivencias, sus convicciones y su gusto. La tele, y ahora la internet, nos dan todo demasiado digerido. Nos estamos olvidando de cómo era imaginarse cosas. Y eso es bastante peligroso, porque el futuro sólo existe si lo imaginamos y lo planificamos. Porque algún día, ese futuro va a ser el presente. Pero para construirlo primero hay que imaginarlo.

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